Elogio de la lentitud

El consumismo que es el hijo predilecto del capitalismo, gobierna hoy -más que nunca- las rutinas humanas, exponiéndonos a una suerte de tensión cotidiana de dimensiones patológicas.

No en vano la enfermedad contemporánea más común y expandida es el estrés, vocablo posmoderno asociado al exceso de actividad y al vértigo de la vida cotidiana.

Aunque es naturalmente universal, este fenómeno tiene orígenes diferentes, que están ligados a las características y al modelo de desarrollo de cada país.

En el denominado primer mundo, la causal de este síndrome vertiginoso está intrínsecamente relacionado con las dos hermanas gemelas del sistema capitalista: la oferta y la demanda.

Estos dos vocablos de la terminología económica y hasta doméstica son siempre simbióticos, porque no pueden existir en forma independiente.

La situación es radicalmente diferente en los países periféricos, donde la mayoría de los trabajadores deben multiplicar esfuerzos para sobrevivir mediante el multiempleo, renunciando, por razones de extrema necesidad, a su indispensable calidad de vida.

En estas sociedades subdesarrolladas de las cuales la nuestra es un buen ejemplo, el exceso de trabajo suele ser un privilegio y no una condena. El desempleo, en cambio, es una suerte de estigma, que siempre discurre entre la angustia y el menoscabo de la autoestima individual.

En «Elogio de la lentitud», el periodista e investigador canadiense lanza un dramático alerta a la humanidad, al denunciar los devastadores efectos del vértigo contemporáneo.

En la propia introducción de este inteligente libro de autoayuda, el investigador advierte que esta doctrina emergente no renuncia ni al confort ni a los beneficios de la tecnología moderna.

El autor considera que el culto a la velocidad comenzó con la Revolución Industrial, avanzando  en el transcurso de algo más de un siglo- hacia su punto que considera de ruptura.

Honoré construye un discurso ácidamente crítico, mediante el cual fustiga el descontrol que se ha apropiado de la sociedad contemporánea, transformando a la humanidad en una virtual esclava del tiempo.

En tal sentido, aborda las consecuencias de vivir al ritmo de esta cultura tan acelerada, que acota radicalmente las posibilidades de gozar plenamente de la vida.

Carl Honoré se transforma en vocero de los movimientos defensores de la lentitud, que están ganando espacios particularmente en las sociedades más desarrolladas.

No obstante, aunque sea ciertamente muy compartible, su discurso se adecua mucho más a las naciones del primer mundo que a nuestra realidad cotidiana, que  en la mayoría de los casos- privilegia más la supervivencia que el mero consumo o la acumulación de bienes materiales.

El alegato del autor vale por sus críticas a algunas de las más nefastas consecuencias del sistema, pero se desdibuja cuando reivindica a algunos de sus más conceptuados paradigmas.

De todos modos y más allá de que Honoré no es ciertamente un disidente, «Elogio de la lentitud» constituye un valioso insumo de debate, que coadyuva al abordaje crítico de uno de los fenómenos más traumáticos de este mundo globalizado: la paranoia colectiva. *

(Editorial del Nuevo Extremo)

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