Flagelaciones del análisis
Nunca hemos podido entrar en esta obra de Strindberg. Los defectos más graves del autor son inmediatamente notorios: situaciones arbitrarias o inverosímiles, generalmente malignas y hasta perversas; molesta proclividad de los personajes por el ánimo persecutorio, el sadismo, el masoquismo, la destrucción y las auto y heteroflagelaciones y, finalmente, un desarrollo de la acción a menudo confuso y casi siempre divagador (confesamos, en este último punto, que debimos ver cuatro veces, luego de leer la obra, a Sonata de espectros, para creer que empezábamos a comprender su sentido).
En Acreedores, pasados los diez primeros minutos de suspensión de la incredulidad, la extraordinaria y rapidísima seducción o avasallamiento del imperial Gustavo (Antonio Larreta) sobre un Adolfo (Franklin Rodríguez) sumiso hasta la inercia, comienza a parecer, más que una conversación entre dos amigos, un duelo siniestro en el que ambos agonistas apuestan, mucho más que al triunfo o a la derrota, a perpetuar sine die su lacerante diálogo. El espectador se dice que no son normales, no se identifica con ninguno de ellos y, como consecuencia, tiende a desconectarse del escenario.
Pero aun admitiendo el considerable descuento de este nuestro rasgo personal de resistencia a Strindberg, creemos que la obra, tal como se dio, en una versión con escasas modificaciones respecto del texto original, no es actual. Posiblemente no sea un reproche válido desde el punto de vista estético, y es posible que la era informática nos haya hecho perder el conocimiento de nosotros mismos y nos haya reducido o coartado la facultad de pensar; pero la aceleración de la vida nos ha desembarazado de buenas dosis de masturbatoria introspección y análisis a dúo.
Sin juzgar negativamente a Acreedores por esta sola circunstancia, hubiera sido conveniente establecer un nexo, por arbitrario que fuere, con el espectador de hoy, explicarle la razón de este reestreno; aun subrayar, para nuestra necesaria ilustración, los méritos de la obra. Tal como está, la razón de ser de Acreedores nos parece muy remota; tan remota, digamos de paso, como la relación del título con la trama.
La puesta en escena de Ricardo Beiro es impecable. Hay una razonable simplificación del espacio escénico, puesto que las palabras lo son todo; hay un ritmo bien medido, un movimiento ascendente que parece arrollar a los agonistas en un naciente tornado, que se resuelve al final.
En la actuación, Antonio Larreta mostró una clara comprensión de su Gustavo, y lo ofreció desde su interior. María Mendive actuó con no menor excelencia: es una actriz en ascenso que debió afrontar la dificultar de que para Strindberg, como ya se sabe, las mujeres apenas existen. Franklin Rodríguez, en cambio, en un personaje lejos de sus tipos habituales, y esto dicho no obstante su solvencia general, no pareció adentrarse en su muy difícil personaje.
Acreedores, de August Strindberg, con Antonio Larreta, Franklin Rodríguez y María Mendive, dirección de Ricardo Beiro. Estreno del 25 de agosto, en Teatro del Centro.
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