Una segunda muerte de Willy Loman
Todos esos planos, esos ámbitos virtuales que hay que suplementar con la imaginación, no sólo no funcionan sino que distorsionan la obra. Cuando aparece Walter Etchandy caminando allá por los techos (tal vez una alusión a su superioridad económica y social), cuando el afán por ocupar el espacio de una sala demasiado grande, que no fue construida para teatro, conduce a diálogos imposibles donde las personas que deben tener una conversación íntima están desesperantemente lejos unas de otras, adivinamos las consecuencias. Los diálogos han de tender a ser gritados; no será fácil identificar, a falta de una información supletoria que pudo y debió proveerse, en qué lugar hablan los agonistas. Todo parece ocurrir en el mismo sitio: la entrevista de Willy Loman con su frívolo patrón parece suceder en el cuarto del motel donde el hijo descubre la infidelidad matrimonial del padre y bajo las mismas luces.
Las distancias inficionaron al estilo de actuación. Héctor Guido, en el papel de Willy, pasaba sin más del autoritarismo machista a una ridícula jactancia acerca de los éxitos de sus hijos, todo en una voz alta que no tenía justificación; casi parecía aquello un esquema para una ópera, donde todo debe resonar. Nosotros no alcanzamos a ver otras expresiones. Todas las escenas que supusieron intimidad o simplemente privacidad perdieron fuerza, precisamente por demasiado volumen de voz. El personaje es trágico; pero para que se cumpla el propósito de Miller, el espectador debe acompañarlo, aceptando sus flaquezas y compartiendo su vía crucis. El espectador debe estar con Willy, aunque sea más ineficaz que autoritario, aunque en el fondo se engañe a sí mismo con las maravillas de sus hijos. Pero Willy es vulnerable y compartible, y deberíamos morir con él; y sin embargo nos es ajeno y a las primeras de cambio lo rechazamos. Es demasiado molesto y desagradable. Quienquiera haya visto en el cine las interpretaciones del inolvidable Frederic March y de Dustin Hoffmann, comprenderá la diferencia.
«La muerte de un viajante» es ya un clásico, y podría aspirar al título de la gran tragedia del siglo XX. Tiene todo; sobre todo tiene al héroe al que persiguen las furias de circunstancias que están más allá de su contralor. Alrededor de Willy, más mortífero que su patrón, está el capitalismo, que, como lo vemos en los informativos sobre las guerras santas, produce cadáveres, y no ya los de aquellos obreros que cumplían horarios imposibles. Nada de esto es claro en la puesta en escena de Aguilera. La versión ha sido desinfectada de cualquier virus contestatario y amputada de todo sentido social. No hay gérmenes nocivos; pero era exactamente su carácter subversivo, removedor, conmocionante, lo que hacía de «La muerte de un viajante» una obra maestra. *
La Muerte de un Viajante, de Arthur Miller, obra en dos actos y un réquiem, en traducción y versión de Antonio Larreta, por teatro El Galpón. Con Héctor Guido, Maruja Fernández, Dino Gauto, Daniel Cardozo, Ximena Ferrer, Pablo Pipolo, Arturo Fleitas, Walter Etchandy, Pablo Dive, Javier Barboza y Guadalupe Pimienta. Escenografía de José Luis Ardissone, vestuario de Nelson Mancebo, iluminación de Carlos Torres, ambientación sonora de Fernando Condon. Músicos: Pablo Osma (flautas), Gian Di Príamo (viola), Roberto Martínez del Puerto (violoncelo), dirección general de Carlos Aguilera. En Teatro El Galpón, sala 1.
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