"El disparo" en El Galpón

Estela Golovchenko dio una nota de autenticidad en «Vacas gordas»; ahora, con «El disparo», la inautenticidad es evidente, sin perjuicio de la destreza de la escritura, que se mantiene. Aquella obra era un pequeño milagro hecho con elementos simples, diríamos que humildes; lo natural se alzaba hasta un significado; «El disparo» está en el mundo del artificio, de lo antinatural. Sobran recursos, efectos, sorpresas, giros inesperados, revelaciones súbitas, sombras de la muerte. Hay una alusión a la dictadura militar y sus torturadores; hay sexo repentino y dos disparos de arma de fuego, de los que no se sabe bien si alguno es real. El joven inocente que huye del peligro no es tan inocente; la profesora no es lo que parece y debemos creer que hay un designio criminal, muy neurótico, bajo su capa de equilibrio y serenidad; el rutinario vecino no es un rutinario vecino. Habrá ingenio, pero no hay arte, y los personajes son de papel.

Minuto a minuto perdemos la fe. Suspendimos la incredulidad; pero pronto la recuperamos. A partir de cierto momento, en que advertimos que la autora derechamente nos ha engañado, soltamos amarras. No hay más comunicación entre el escenario y la platea.

La interpretación (Graciela Escuder, Federico Galemire) es inconvincente. Con un texto tan artificioso como el de «El disparo» era imposible otra alternativa. *

 

EL DISPARO, de Estela Golovchenko, con Graciela Escuder y Federico Galemire. Escenografía de Beatriz Arteaga, ambientación sonora de Marcelo Gezzio, iluminación de Juan José Ferragut, dirección de Jaime Yavitz. En el teatro El Galpón, sala Cero.

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