Amores invernales en teatro de Agadu
Puede rozar la tragedia. El filo del tiempo se aguza con los años: ¿perderemos el último tranvía llamado deseo? A veces las vidas que se cruzan son dolorosamente desiguales: la mujer mayor con el hombre joven, como en «Le Képi» o aún «Le blé dans l’herbe» de Colette, o viceversa, como «El último tango en Paris» (Bertolucci). Si volvemos la atención a la pieza de Caro Berta, encontramos que, pese al título, le falta un tema. Hay una actriz retirada a quien invitan a entregar un premio a una ex competidora y hasta enemiga; hay un inseguro enamorado, del que no se explica satisfactoriamente el retraso con que declara su amor: debemos creer que la buscó y no pudo encontrarla por años, aquí, en la provinciana Montevideo, donde todos nos conocemos. A partir del encuentro sólo veremos el rápido progreso del enamorado, tan insistente y tenaz hoy como remolón ayer, hasta la conquista, que ocurre en minutos, pese al desgano de la mujer. No identificamos un tema: la anécdota no tiene ninguna significación por sí misma, salvo que ilustre el «más vale tarde que nunca», y nada pretende revelarnos. No hay una idea que tenga un rostro; y en el teatro necesitamos mucho más que anécdotas, siempre son demasiadas. No hay nada ejemplar, nada heroico o conmovedor, nada que sorprenda, nada que aluda a algún suceso real, nada que nos saque de quicio. Tratamos de imaginar cómo se gestó la obra y suponemos que surgió de un acto de voluntad, de una decisión, escribir una obra de ciertas características; no de un momento de vida, de una experiencia superior, de algo que sentimos, a veces sin explicarnos bien por qué, destinado a perpetuarse. El amor sería el hilo de Ariadna; pero el desarrollo de la obra es errático y el amor, que se siente poco, parece refugiarse bajo el ridículo, que lo invade todo.
A falta de esqueleto, «La mejor historia de amor» pudo tener nervio, chispa, ingenio, ya fuere de situaciones o de diálogo: no encontramos nada de esto, e inclusive tenemos la impresión de que el autor no se ha interesado, aquí al menos, en el arte de la palabra. Se diría que Caro Berta, a partir del momento en que imaginó la situación, soltó los controles y se libró a la inercia de la psiquis, al piloto automático. No fue una experiencia entretenida para un espectador.
Para una historia de amor, la interpretación es fría. La actriz (Raquel Gutiérrez) parece totalmente fuera de juego, ausente; ni la llegada del hombre la sacude. Enrique Martínez Pazos pone un poco más de vapor, pero se desliza hacia lo cómico, que la obra no parece indicar. Muy poco queda de ese fervor otoñal para justificar el ampuloso título de la pieza. *
LA MEJOR HISTORIA DE AMOR JAMAS CONTADA (CURSI Y CON FINAL FELIZ), de Andrés Caro Berta, con Raquel Gutiérrez y Enrique Martínez Pazos, dirección de Andrés Caro Berta. En teatro AGADU.
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