Qué pasó con el Oscar?

A pesar de que ya pasó más de una semana desde la entrega del Oscar, algunos todavía se preguntan qué fue lo que ocurrió en esta oportunidad donde, rompiendo todos los pronósticos, el filme Vidas cruzadas de Paul Haggis le arrebató la estatuilla a Secreto en la montaña, que era el largometraje favorito.

Es cierto que, con los resultados a la vista, uno puede elucubrar sesudos análisis aunque en realidad las variables expuestas parecen estar ofreciendo un par de razones que se descubren por el simple sentido común. Una de las causas, por ejemplo, puede ser la enorme presión que ejerció la comunidad cristiana en contra del largometraje dirigido por Ang Lee sobre la relación de dos vaqueros homosexuales en la década del sesenta. Si bien la espinosa temática fue tratada por el cineasta taiwanés con refinada sensibilidad, los católicos de todo el mundo pusieron el grito en el cielo e hicieron saber a viva voz su radical discrepancia con la propuesta desde un primer momento. Es probable que muchos votantes de la Academia hayan cedido a dicha presión, otorgando el premio consuelo de Mejor Director a Lee mientras le escamoteaban el puntillazo final como una manera de quedar bien con Dios y con el diablo. (También es posible que algunos hasta hayan decidido, directamente, no ir a ver la película por el tema tratado. Y punto).

Algo similar puede haber sucedido con Capote, título dirigido por Bennet Miller sobre aspectos biográficos del escritor estadounidense Truman Capote que también puede haber acusado el negativo impacto homofóbico que registró Secreto en la montaña. Si bien el prodigioso trabajo actoral de Phillip Seymour Hoffman constituyó el eje central de la obra, el tema homosexual se repetía en pantalla y quizás haya caído en desgracia por los mismos motivos.

Munich, el largometraje de Spielberg, podría haber perdido su chance por la equilibrada objetividad que propuso en esta crónica de una venganza anunciada por parte de los servicios secretos israelíes, una mirada que no debe haber sido recibida con agrado por la ortodoxia judía. (Es que en el cine, el pueblo judío aparece siempre como víctima y no como victimario). Aquí, el problema descubre un costado político-religioso que junto con el sexo son los puntos más difíciles de trabajar en una obra artística sin que genere polémica.

Pensando en política, Buenas noches y buena suerte de George Clooney era el filme candidato que menos posibilidades tenía de resultar electo como Mejor Película. Filmado en blanco y negro, el título en cuestión abundaba en diálogos, concentrando su espacio temporal en el macarthysmo y sin mayores despliegues espaciales que el de un estudio de televisión. Impecablemente documentada y dotada de un guión inobjetable, la obra constituye una feroz crítica a la intolerancia pero también dejaba entrever una contemporánea vigencia (Bush, por supuesto) que debe haber molestado a más de uno. En resumen, luego de esta operación descarte, el título que resulta invicto de probables críticas es, precisamente, Crash (Vidas cruzadas) un largometraje que, en definitiva, se eleva como canto a la tolerancia en medio de una sociedad babilónica. Otra decisión política, después de todo. La Meca es sabia. *

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