El Hot Club de Montevideo: la mitológica cueva del jazz uruguayo
Para los músicos no hay peaje alguno, aquel que quiera tocar lo puede hacer siempre que cumpla con un nivel de exigencia mínimo y entreverarse con los temas del más puro jazz moderno, jazz de fusión, bossa o latin jazz, que desfilan por ese lugar.
Ese sótano es una verdadera cueva, un lugar especial para escuchar jazz. Claro, desde el punto de vista de la comodidad no es lo más adecuado: hay mucho humo (en ocasiones parece una cámara de gas), y la mayor parte de las veces hay que estar parado pues las mesas y las sillas son pocas para lo apretado del lugar.
Pero uno puede llegar allí un viernes cualquiera –hoy, por ejemplo, empieza la temporada– cansado después de la semana de trabajo y entonces sucede el milagro: se llena de energía. Cada noche en la que se llega al Hot Club de Montevideo, es recibido por el multifacético piano de Rolo Suzacq y su grupo, un perfecto anfitrión musical para luego ser arrollado por la música de un piano furibundo a manos de Ricardo León, un virtuoso que con un cigarro mordido entre labios y una copa de vino a su costado, hace de goma el piano, al que además, bien a la uruguaya y por la falta de presupuesto, le faltan algunas teclas. El «Bocho» Horacio Pintos, con muchas notas arriba del lomo, sigue llevando con mano fuerte al club y se enoja cuando el volumen está alto. El es el presidente, pero en el saxo es un maestro.
El pelado Julio Guglielmi detrás de los parches parece que no luce, rara vez hace un solo, pero tiene un swing impresionante y es una muralla de sonido. Julio, maestro de bateristas que hoy brillan, está allí en el Hot Club. La noche se hace larga y los más noctámbulos siguen en escena y allí en la guitarra está siempre, al firme, acompañado por su familia los Labrada: el padre, Fernando, y el hijo, uno en la guitarra desgarrándose cuando hace sus solos y Nacho, el chico, en el piano. En los bajos siempre hay alguien dispuesto a tocar toda la noche, pero el que llama la atención es el gordo Alvaro Pacello, que en cada tema parece que está en medio de un orgasmo, pero cuando no está aparece un chiquito, Nicolás, que toca y toca horas y horas con seriedad y solvencia. Y cuando nadie lo espera llega un tótem de la música popular uruguaya: Chichito Cabral. Si alguien quiere ver a uno de los referentes de lo mejor de la historia de la música uruguaya está allí, al alcance de la mano, y capaz que hasta le pide un cigarro. Es Chichito, inconfundible.
Y por si faltara algo, muchos músicos jóvenes de jazz que se han integrado en los últimos años y que cada vez que pueden se hacen presentes. O las sorpresas de músicos del exterior que silenciosamente llegan y deslumbran.
Es el Hot Club un club que llena de magia las noches de los viernes de un Montevideo que a veces es gris, pero que allí en la cueva del jazz es luminosa.
El Hot brilla desde 1950 cuando fue fundado y eso lo hace ser el más antiguo de América latina y por el que han pasado los mejores músicos del medio y del mundo, sin duda. Un club que no cobra entrada y un portal de ingreso que se abre viernes a viernes y permite el ingreso a un mundo diferente e inesperado. *
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