Eduardo Markarian, pintor uruguayo al otro lado del río

El verano y la relativa tranquilidad de una ciudad con menos habitantes, propicia el encuentro con algunos visitantes. Eduardo Markarian es el único de tres hermanos nacido en Montevideo. Sucedió en 1930, luego que sus padres armenios recalaran en 1927, como tantos otros compatriotas que los antecedieron. Les costó llegar a tierras americanas. A partir de 1915, cuando se produjo el genocidio de un millón y medio por los turcos, los armenios que sobrevivieron, emigraron o fueron deportados a Siria y el Líbano. De allí, buscaron tierras más prometedoras.

En Montevideo, Eduardo Markarian hizo estudios primarios y secundarios. Le tocó el Liceo Joaquín Suárez. Allí tuvo un elenco de profesores de inusual jerarquía, presidido por el director Sábat Pebet, acompañado por Emir Rodríguez Monegal, Lauro Ayestarán, Gastón Blanco Pongibove y Perla de Artucio, mientras leía el semanario Marcha. Una doble formación intelectual que lo aproximó a Mauricio Muller, Hugo Alfaro y H.A.T. y a la revista Número.

El ambiente cultural montevideano atravesaba un período brillante. La Comedia Nacional, los cine- clubes, el teatro independiente, la Facultad de Humanidades donde pontificaban Jorge Romero Brest y Borges, entre otros, las conferencias en el paraninfo de la Universidad (Julio Payró, León Felipe) y Amigos del Arte confluían en la creación de un espacio de altísimo nivel que fue, como el país todo, a fines de los sesenta, deteriorándose en una caída libre imparable.

Markarian recuerda ese pasado sin nostalgia, hablando con pronunciación muy marcada, como si pensara las palabras antes de enunciarlas, disfrutando, al mismo tiempo, el placer del habla. Pero sus afinidades literarias derivaron hacia la pintura. De formación autodidacta, comenzó a la sombra tutelar de Klee y Max Ernst que le dejaron el sabor por lo onírico y lo real maravilloso. Radicado en Buenos Aires desde 1950, se mantuvo en contacto con el lugar de nacimiento y expuso en Galería U de Enrique Gómez. Luego se sucedieron 25 muestras individuales donde afirmó el estilo propio. A fines del año pasado exhibió numerosos óleos vinculados a escritores argentinos (Sarmiento, Hernández, Lugones, Guiraldes, Borges, Marechal, Saer, Rodolfo Alonso) activadores de la imaginación y no pretextos para la ilustración. Trabajos enigmáticos, con cierta resonancia de Pierre Klossowski, otro escritor-pintor, que atrapan incluso desde la reproducción del catálogo y que, realizada en la Biblioteca Nacional, le cayó «como un manto de armiño», un reconocimiento no sólo al notable pintor sino al escritor ocasional (publicó, entre otras colaboraciones, Al rojo vivo, una carpeta libro con textos propios y prestados, 1999), al militante del pensamiento.La charla con Markarian resultó el reencuentro con un viejo amigo, un transcurrir por referentes comunes, desovillando un pasado brillante, auscultando un presente sembrado de exitismos y triunfalismos rápidos, a los que observa con implacable ironía, como lo dejó escrito en su concisa y afilada Difamación autobiográfica. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje