Arte

La aplastante rutina de siempre

Hay casos de excepción. Hecho acá, por ejemplo. Dos pabellones del LATU padecieron el abarrotamiento de centenares de pobres manualidades para satisfacción de la ansiedad de numerosas señoras ansiosas de colaborar con la populista iniciativa de Mercedes Menafra, ex primera dama que supo seducir a directivos de APEU como madrina en sus ferias mercantiles del Molino de Pérez con obras hechas acá, naturalmente. Una demostración palmaria de que alguna neurona está mal conectada entre los uruguayos en esta danza provinciana y minúscula de la actividad artística.

Cajas viajeras se titula la muestra que hasta el domingo se hospeda en el lejano Molino de Pérez. Presentada por la desconocida organización DUAC (Difusión Uruguaya Arte Contemporáneo), apoyada nada menos que por tres ministerios (Cultura, Exteriores, Turismo) y la embajada uruguaya en México, la curadora Graciela Kartoferl (refuerza su firma con el resonante título de «curadora internacional, residente en Nueva York») tiene algún estimable antecedente. Cajas viajeras es una colectiva muy modesta para su ambicioso recorrido por varios países, en también modestos lugares. Es preferible ignorar el origen de la propuesta que no obedece a ningún rigor conceptual o de calidad. Hay de todo y mal elegido. Los más atractivos y por su orden: Federico Arnaud inventa cajas de madera con deliciosas imágenes y, de lejos, es el que cumple el acuerdo continente-contenido, la impecable factura de Alvaro Gelabert es otro acierto y la sensual recreación de Margaret Whyte también. Sorprenden Olga Bettas y Cecilia Mattos por la ausencia de mayor elaboración de los materiales que en otras ocasiones documentaron con refinamiento.

Otras son las distancias para desplazarse hasta el Museo Blanes. Entre los inamovibles Blanes y Figari, se efectúa un nuevo homenaje a Julio E. Suárez (1909-1965). Anteriormente la Junta Departamental publicó un lujoso, poco inspirado libro, en una edición que costó 70 mil dólares y ahora, sintonizando con la tendencia de la cultura oficial, se vuelve a recordar la figura de un historietista que supo interpretar (en personajes, en caricaturas) lo esencial del fugaz momento en una sociedad. Legítimamente popular, Peloduro merecía una exhibición más inventiva y no la aburrida sucesión de revistas, fotocopias y originales, algunos (los menos) bien enmarcados y de fácil lectura para el visitante.

La inseguridad se palpa en la Ciudad Vieja a tempranas horas de la tarde por calles solitarias cargadas de tensión como un cuadro de Edward Hopper. Por 25 de Mayo está el Museo de Arte Precolombino e Indígena (MAPI) con Memorias ancestrales. Una mezcla absurda de esqueletos fósiles, cuadros de Blanes y Figari y numerosas piezas, sumamente valiosas (provenientes de varias colecciones) pero escasamente potenciadas en su significación. La ambientación, con luminosa claraboya, conspira para la adecuada recepción de las obras, con una cartelería vulgar, excesiva en los textos y en los colores. No estaría mal dar una vuelta por la recién inaugurada sala precolombina del Museo Nacional de Bellas Artes porteño para verificar cómo se hacen las cosas.

Siguiendo por Pérez Castellanos, el taller Rossi recoge pinturas recientes de Walter Aiello, un otrora excelente dibujante que debutó en Galería del Notariado en 1987, y luego fue diluyendo su impacto en la orientación pictórica. Aquí, dedicado a la temática de la mujer, en cierta medida retoma la dinámica gráfica de ayer y sin aflojar el ritmo nervioso de las composiciones, no trasciende las convenciones del género. Muy bien presentada.

Por la calle Colón, Marte, esa galería innovadora y prometedora, aunque no siempre mantenga (y es inevitable) el interés de los primeros meses. Entre muebles intervenidos por el cumpleañero Gustavo Tabares y la atractiva Laura Olivera, un talento emergente a tener en cuenta, se despliegan proyectos del Centro de Diseño Industrial y un trabajo de Lacy Duarte.

El ánimo se recupera por Alzáibar y Reconquista con la blanquísima galería nómada de harto——-(espacio) con aciertos de montaje en los dos pisos (será el taller de Marco Maggi y Patricia Bentancur) y el miércoles presentarán el catálogo de la muestra de gran interés que pergeñaron. Vale la pena visitarla antes de su inminente clausura.

Una nueva casa, un palacete espléndido, espléndidamente reciclada por el arquitecto Siccardi, Sarandí 420. (remodela el Hotel Pyramides), de propiedad particular, cuelga displicentemente fotografías del Montevideo que fue, pinturas más o menos recientes de Miguel Battegazzore, con acertados homenajes a varias personalidades en su estilo característico pero renovado, y otro pintor de origen español, sin interés. Dos guardianes (uno poco amable), desconocedores de los antecedentes y propósitos del lugar donde trabajan fueron incapaces de informar sobre la futura orientación de la casa, a falta de una modesta hoja fotocopiada que lo comunique. Sin catálogo o indicaciones sobre las obras. A la uruguaya.

Como el desastre diseñado en el pavimento de la peatonal Sarandi (con horrorosas esculturas, ya depósitos de colchones y frazadas de los sin techo) donde, para estupefacción del caminante, inscribieron en letras de bronce, los nombres de los siete arquitectos que perpetraron el atentado urbanístico, mientras adentro del perímetro de la fuente de la plaza Constitución se instalaron, desde hace un año, dos baños químicos para uso de los feriantes. Aunque parezca increíble. Una ofensa al patrimonio de los uruguayos, cometida y tolerada por las propias autoridades de gobierno. Una vergüenza.

Como ironía del destino, en la Sala Carlos F. Sáez, Rincón 575, en la muestra Arte y comunicación (excelente catálogo de Maca, discreta selección con puntos altos en Beatriz Battione, Jorge Casterán, Hogue, Marcos Larghero, José Prieto, Hugo Alíes y Maca), uno de los anuncios políticos registra el rostro satisfecho de Mariano Arana, responsable de la vulgaridad montevideana, y la leyenda «Montevideo es Arana». Un enfoque de soberbia en una gestión cultural negativa de un arquitecto que defraudó con sus desplantes autoritarios y falta de transparencia. Por Juan C. Gómez, sin entrar a jugar al futbolito en el Cabildo, se encuentra la Galería Río de la Plata, resuelta a organizar exposiciones, luego del entrañable Atilio Buriano, presenta una muestra de Sergio Viera, en una nueva fase, más libre, de su lenguaje pictórico.

Ya en el primer tramo de Soriano, la Galería Puerta de San Juan, justo al lado del recién inaugurado centro artístico del Bar Tasende: el Grupo La Cantera nació en 1953 (no en 1955) y merecía una retrospectiva analítica de sus integrantes que variaron con los años. Nada de eso se hizo. Quedó el talento de Almada, con obras significativas y se omite, por imposibilidad de encontrar sus obras, al jefe del grupo, Glauco Téliz. Que Nelson Ramos, Angel Damián y Octavio Podestá adquirieran luego notoriedad es diferente a la correcta estimación en el tiempo. Una ocasión absolutamente desperdiciada que no ayuda a escribir la historia no oficial del arte nacional. *

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