LUCES DE BOHEMIA Y QUE EL PLACER NO DESIDA", DE ADRIAN BORNES, EN ARTEATRO

Dos obras que muestran interés en el arte

Ciertamente, los amores no siempre son correspondidos; pero ya es mucho que el escritor o el actor quiera verdaderamente a su tema.

«Luces de bohemia» tiene el gran mérito de la elección de la obra, que parece inmortal. El «Teatro de la Memoria» se atreve y trata mano a mano con un clásico. Hemos visto la pieza de Valle Inclán en escenarios abstractos y quintaesenciados, como en la frígida versión de Lluis Pascual; la hemos visto por El Galpón, con la última interpretación de Luis Cerminara; la vimos en un teatro aún más pequeño que la sala de Arteatro, en «El picadero», con Oliver Luzardo y Carlos Rodríguez y dirección de Rocío Villamil. Siempre escuchamos la voz rota del poeta, Max Estrella, un autoproclamado rebelde que claudica al fin y acepta una pensión del poder, del mismo poder que apalea y corrompe. ¡Cuántas pensiones graciables cobran hoy los contestatarios de anteayer!. «Luces de bohemia» volvió a sonarnos a verdad. Son verdad, también, las mujeres sometidas, las prostitutas despersonalizadas, los presos políticos que serán asesinados cuando traten de «fugarse», las redacciones de los diarios, siempre con el rabillo del ojo en el poder, los pasillos de los ministerios, las traiciones abiertas a la amistad y hasta a los recuerdos. No hay una nota falsa; no hay una nota que no tenga actualidad, hoy y aquí, en el 2005.

La obra es simple y directa, y no se requiere ni preparación especial ni conocimiento de España para comprenderla. Requiere, aunque parezca paradójico, olvidarse de las teorías; y sobre todo, olvidarse de las teorías del autor. «Gris es la teoría», escribió Goethe, «pero es verde el árbol de la vida». Sucede con Valle Inclán y sus «esperpentos» lo mismo que con Fernando Pessoa y sus heterónimos, con los estruendos del surrealismo, con la explosiónde los «beatniks» en la prensa occidental.

Son bromas, bengalas y petardos, quizás sólo chistes, de escritores muy imaginativos, que tienden una trampa a los eruditos y a los «periodistas culturales», que a veces lo tona en serio y otras veces fingen tomarlo en serio, porque da para escribir unas cuartillas sobre anécdotas y fantasías y así ahorrarse el trabajo de pensar.

Quizás esto fue la causa de la aparición de un maquillaje payasesco y de unas máscaras que deforman el apasionante paisaje del rostro humano. Hasta allí la directora Carla Cámara había hecho todo bien.

Pero no siempre más es mejor, y hubiera sido preferible dejar a «Luces de bohemia» en su pobreza, decente y sin adornos. No bien aparece el maquillaje estrafalario, nos preguntamos a dónde va la obra; cuando aparecen las máscaras, esperamos un circo.

«Que el placer no deSida» tiene todas las buenas intenciones. Quiere hablar de nuestros jóvenes; quiere divulgar el uso del preservativo en las relaciones sexuales; nada podemos decir contra tan sano propósito y más de una obra desde «¿Hay tigres en el Congo?» hasta la más reciente y muy meritoria «H.D.P.» de Gustavo Bouzas, realizó ese propósito. Pero el teatro no es un folleto del Ministerio de Salud Pública; y, posiblemente el verdadero tema no es la enfermedad y el contagio, sino el lugar que ocupa el sexo en los valores sociales, la relación del hombre de hoy con sus pasiones, el culto de la espontaneidad y del primer impulso. Consciente de aquella no identidad, el autor Adrián Bornes no ahonda en el tema y decide adornar la pieza.

Recurre a un breve apunte de amor juvenil, o casi infantil, que es un antecedente posible de lo que va a ocurrir; recurre a música y canciones, que no logran agregar nada a una trama que no llega a armarse. Cuando finalmente se descubre la enfermedad y el contagio, Bornes revela no tener más maestros para el diálogo que el teleteatro argentino. Cuando oímos el clásico «¿Qué te pasa? Pero decime, ¿qué tenés?¿pero qué te pasa?» ad nauseam, ya sabemos de donde vienen esos gritos, que, vaya a saberse por qué, debemos tomar por intensidad, drama y sentimiento.

Lo lamentamos, porque Bornes actor, lo mismo que sus compañeros Natalia Bolani, Cecilia Scheps y Javier Martínez, demuestra competencia. *

QUE EL PLACER NO DE SIDA, DE Adrián Bornes, con Cecilia Sheps, Natalia Bolani, Javier Martínez y Adrián Bornes. Vestuario de María Esther Rethemias, iluminación de Darwin Rodríguez, sonido de Ximena Rebella, coordinación general de Adrián Bornes, música, su interpretación y dirección general de Gustavo Aguirre. En Arteatro.

LUCES DE BOHEMIA, de Ramón del Valle Inclán, por Teatro de la Memoria, con Rafael Seitún, Beatriz Pellegrino, Ana Laura García, Pablo Soler, Sandra Herold, Vanessa Peluffo, Marga D’Almeida, Sebastián Bandera y Mauricio Zabalegui. Vestuario de María José Fábregas, ambientación de C. Liguori, máscaras de Ma. Lucías Scaniello, dirección de Carla Cámara. En Arteatro.

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