La ciudad de las herejías
En «La ciudad de los herejes», el controvertido narrador argentino Federico Andahazi ensaya una mirada ácidamente crítica sobre el autoritarismo espiritual característico de la Edad Media, el flagelo de la ignorancia y hasta las prácticas aberrantes que sucedían detrás de los muros de los propios monasterios.
Este relato de trazo elocuente y perturbador, se ambienta en la Francia del siglo XIV. En ese contexto, el autor narra una historia de fanatismo, doble moral y represión, en un tiempo en el que la Iglesia Católica lideraba la vida espiritual de Europa y afirmaba su poder hegemónico que trascendía a lo meramente religioso.
La novela, que mixtura la arquitectura novelesca con el formato epistolar, narra la turbulenta peripecia de una pareja de amantes, circunstancialmente separados por «la culpa» y una cultura terriblemente castradora.
El personaje protagónico es Aurelio, un hombre de origen noble, que permanece voluntariamente recluido en un monasterio de rutinas austeras y rígidos códigos morales aparentes, al cual acudió para expiar su presunto pecado de amar y experimentar el placer de la carne.
A consecuencia de su abrupta partida y renuncia a una vida presuntamente licenciosa, su amada Christine también se integra a una comunidad religiosa de monjas de clausura, tras ser expulsada de su hogar y desheredada por haber desafiado la voluntad paterna.
Ambos comparten el calvario de ser segregados por una sociedad sometida a los designios del oscurantismo eclesial, que gobierna a todos mediante el temor a la eterna condena.
Federico Andahazi integra paulatinamente a la escenografía del relato a un tercer y no menos relevante personaje, el duque Geoffroy de Charny, un ambicioso noble que aspira a que el clero financie la construcción de una iglesia, para así obtener jugosos réditos por la vía de las donaciones, la venta de reliquias y de indulgencias.
Durante la Edad Media en la que se ambienta el relato, esa práctica era un inmoral comercio que medraba con la credibilidad de los fieles, a los que se solía ofrecer apócrifas espinas de la corona del profeta, los clavos de la cruz y otros objetos de veneración, los que, según se afirmaba, eran auténticos testimonios del martirologio de Jesucristo.
Obviamente, lo más preciado era el santo sudario que cubrió el cuerpo ultrajado del líder religioso, lo que propiciaba toda suerte de fraudes promovidos por oportunistas.
El narrador retrata con descarnada elocuencia un tiempo de oscuridad y ceguera espiritual, en el que el pecado asumía el rango de delito. Esta acusación, que naturalmente devenía en un grave castigo, se aplicaba, por ejemplo, a las mujeres que osaban transgredir las reglas de la moral dominante.
Como lo corrobora el escritor, para el sexo femenino -tal es el caso de la propia protagonista- estaba prohibido amar, lo que era considerado casi una herejía.
Cuando ya estaban en edad de procrear, las mujeres -que naturalmente debían permanecer vírgenes hasta el matrimonio- eran literalmente «vendidas» contra su voluntad al mejor postor, a cambio de una generosa dote.
Mientras describe minuciosamente este paisaje opresivo, Federico Andahazi comparte la traumática peripecia de sus personajes, ambos presos de conciencia, de sus conflictos y de los sentimientos de culpa propios y ajenos.
El escritor e investigador retrata con rigurosa elocuencia, las miserias de una sociedad que se exorciza a sí misma de los supuestos demonios mediante el miedo y la sumisión, así como la radical dicotomía entre el fanatismo y la razón.
Simultáneamente, el narrador se adentra en las perversas cavilaciones de ese duque inescrupuloso y de doble moral, que no dudó en expulsar y destruir la vida de su propia hija. Ahora, este oscuro personaje, que miente presuntas hazañas en las cruzadas contra los infieles para ganar prestigio, pretende inmortalizar su poder y medrar con la ignorancia.
Más que un santuario de veneración religiosa, la iglesia que aspira a construir es un auténtico monumento a la vanidad y también un muy lucrativo negocio. Para ello, no duda en urdir un maquiavélico plan tendiente a obtener el quimérico santo sudario.
El escritor corrobora que, más que una expresión de fanatismo colectivo, la obsesión por la sábana que habría cubierto el cuerpo martirizado del profeta judío, era el sustento de una industria del fraude.
Esa parodia era una de las armas de la institución eclesial, para seguir gobernando las voluntades de los fieles, coagular el razonamiento y establecer una suerte de dictadura teocrática.
Mientras denuncia las intrigas de ese personaje sórdido e inmoral que se parapeta detrás de su supuesta fe para satisfacer sus intereses personales, el novelista construye un conmovedor romance a distancia vía epistolar, de dos jóvenes almas desgarradas cuyo único pecado es pretender ser felices según sus propias reglas.
Fiel a su estilo osado e iconoclasta, el escritor fustiga ácidamente la arquitectura del poder de la Iglesia Católica medieval, su discurso represivo y su prédica castradora.
El estudioso autor confronta al antiguo con el nuevo testamento, buscando, mediante ese entrecruzamiento de documentos, las claves de la libertad individual y la legitimación del amor carnal.
El fruto de esa ardua investigación está elocuentemente representado en las cartas que intercambian a la distancia los dos amantes, que permanecen en sus claustrofóbicos encierros.
El autor establece un parangón entre la peripecia de los reprimidos y el propio calvario de Jesucristo, que pagó con su vida la osadía de enfrentar a los falsos profetas de su pueblo.
Andahazi marca también fuertes contradicciones entre lo que emana de las escrituras y la praxis del clero, en lo relativo a la reproducción de imágenes y la idolatría. Del mandato bíblico se infiere la abolición de toda eventual representación iconográfica.
Incluso, el narrador transforma a su relato en una suerte de epopeya, cuando un grupo de monjes y monjas desafían al poder religioso, al abandonar sus espacios de reclusión y emprender el camino del compulsivo exilio.
El escritor describe esta desafiante experiencia emancipadora como una respuesta necesaria a tan despiadada represión, sometimiento físico y espiritual. El novelista transforma a los protagonistas de esta gesta en héroes y partícipes de una sublevación colectiva contra la intolerancia.
En cierta medida, esa huída rumbo a la libertad es una suerte de nuevo éxodo, como cuando el pueblo judío abandonó Egipto y las cadenas que le mantenían cautivo en la tierra de los faraones.
Una comunidad sin ley ni reglas que constriñan las voluntades, cuyo único poder es el amor y la solidaridad, fue aplastada por un poder demoledor que no admitía esas actitudes de rebeldía.
El relato evoluciona simbólicamente hacia la tragedia, con una recreación de la pasión y la muerte de Jesucristo con nuevos protagonistas, que Andahazi presenta en varios episodios.
Sin embargo, en esta oportunidad, a diferencia de las versiones anteriores en las que los verdugos eran los judíos, los autores del crimen son los propios católicos.
Sin embargo, la circunstancia es la misma, lo que corrobora la universalidad del autoritarismo, que no repara en medios, por más deleznables que éstos sean, con tal de aplastar toda expresión de disidencia. En esta historia, la responsabilidad del deicidio es de la Iglesia, que pese a las atrocidades cometidas en el pasado- siempre invoca la tolerancia como discurso pastoral.
«La ciudad de los herejes» en una novela osada y contundente, que corrobora las inclinaciones de su autor por transitar los tortuosos territorios de la historia.
Si bien en
este caso la realidad se nutre de la ficción, el autor imprime a su relato una escritura de trazo deliberadamente contundente, para denunciar las aberraciones que se cometían en la época evocada.
Como si se tratara de un cirujano, el autor de la controvertida «El anatomista» no teme meter el bisturí a fondo en las regiones tumorales de la ignorancia, la doble moral y la desmesurada ambición.
El avezado investigador exhibe su habitual talento narrativo, para construir un fuerte alegato contra la intolerancia, la asfixia de conciencias y la hipocresía, sin soslayar referencias a la violencia, la crueldad, la homosexualidad habitual en los monasterios y hasta la práctica de la pedofilia.
Aunque su enfoque peca por momentos de excesivamente maniqueísta y hay una explotación del heroísmo algo desmesurada, esta novela es igualmente un contundente y revelador ensayo sobre la barbarie. *
(Editorial Planeta)
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