Infancia

Domingo 23 de octubre de 2005 | 3:00
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El autoritarismo en tanto flagelo histórico, ha sido siempre una suerte de partero de injusticias, angustias y tragedias colectivas.

Resulta sumamente complejo determinar los orígenes de este fenómeno humano, que ya era perceptible en las sociedades primigenias de organización tribal.

Luego, en la antigüedad, la mayoría de las emblemáticas civilizaciones tuvieron una estructura autoritaria, encarnada en la figura de un rey y una corte de privilegiados, que concentraban todo el poder.

Otro tanto sucedió durante la denominada Edad Media, cuando los señores feudales eran propietarios no sólo de la tierra, sino también de las propias vidas de sus vasallos.

Las monarquías, que en su período de mayor auge se expandieron por toda Europa, constituyeron también modelos rígidamente autoritarios, que ignoraban la soberanía y solían arrasar con la voluntad de los pueblos.

Sin embargo, el abusivo ejercicio del poder no se agotó en esas experiencias históricas, sino que se proyectó a los mutables tiempos de la modernidad.

En tal sentido, el siglo XX fue uno de los períodos de la historia más azotados por despiadadas dictaduras, que tuvieron sus expresiones más terribles y grotescas en el fascismo y el nazismo, hasta su ocaso de 1945.

Imposible soslayar ­obviamente- a los gobiernos autoritarios que asolaron América latina durante la época más álgida de la denominada guerra fría.

Las heridas derivadas de estas experiencias de horror continúan abiertas en muchos de los países del balcanizado continente, transformándose en una suerte de pesadillas recurrentes.

Un ejemplo concreto de esas herencias malditas es naturalmente lo que sucede en nuestro país, que aún no logró cerrar definitivamente el capítulo de los desaparecidos durante la dictadura cívico militar que asoló al país durante once años.

En “Infancia”, el escritor judeo alemán Jona Oberski narra su propio padecimiento en un campo de concentración nazi, a donde fue trasladado en 1943 junto a sus padres, cuando era apenas un niño.

Los recuerdos de esta terrible experiencia quedaron impresos en la memoria del autor, que ­en una suerte de indispensable catarsis- construye un relato tan conmovedor como revelador.

Esta novela autobiográfica plasma ­a través de los sentidos de un niño de apenas tres años- lo que significó para tantos seres humanos el ascenso al poder del nazismo, los primeros síntomas de racismo, la marginación social y el enajenamiento.

El escritor reconstruye sus propios fantasmas y pesadillas, en un discurrir literario realista y conmovedor, que da cuenta de la pérdida de la inocencia de un niño enfrentado al suplicio.

El relato es, en más de un sentido, la crónica ingenua sobre un infierno entendido a medias, que discurre entre el amor, el sentimiento de la pérdida y la barbarie.

Narrado con la sencillez de un niño, este libro es bastante más que un fragmento de historia personal. Es un crudo testimonio de uno de los tiempos más oscuros y despiadados de la historia contemporánea.

Alternando pantallazos del horror con las imágenes impresas en la memoria del autor, Jona Oberski construye una narración de conmovedora intensidad dramática. *

(Ediciones B)

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