Tres versiones de la vida
El teatro industrial, como todo lo que se hace en serie, se replica como un virus o un prión, y no es de extrañar que en «Tres versiones de la vida» veamos, no sólo tres versiones de un mismo y trivial episodio, sino varios temas rancios. Nos entera la Sra. Reza que hay matrimonios mal avenidos; que puede haber, oh audacia, un amago de infidelidad, con una pizca, no mucha por favor, de proxenetismo. Como actualización, para convencernos de que vive en el mundo de hoy, está la astrofísica, el equivalente en novedad del cuadro abstracto de «Arte».
Sonia, una abogada (Laura Sánchez) y su marido Enrique, un astrofísico (Juan Antonio Saraví) invitaron a cenar a Huberto (Roberto Jones), astrofísico y jefe de Enrique, y a su esposa Inés (Nidia Telles); por error, los invitados acuden un día antes de lo previsto. Suceden los contratiempos del caso, agravados por Arnoldo, hijo de los dueños de casa, que llora en off, con lo que molesta hasta al público, que no se convence de que ha ido al teatro para presenciar una discusión sobre si se le da o no una galletita a un niño, después que se lavó los dientes, para que se calle. Enrique es servil con su jefe Huberto; en el último episodio hasta le sirve a Sonia, propuesta indecente; pero esta clase de transacciones abundaba ya en la literatura de los siglos XVIII y XIX para no hablar de Bocaccio o Shakespeare. Por nuestra parte declaramos que la discusión sobre el poder está a la altura de aquella historieta de «Patoruzú», «Don Fierro», siempre acosado por su jefe o, en la televisión, los esquicios del sumiso Fasulo y el señor Despotini. Concluye la obra y hemos visto a cuatro personajes sin color ni sabor. Tres de ellos son francamente repelentes, la cuarta es tonta sin remedio. No nos extraña esta debilidad, porque ni «Arte» ni «El hombre inesperado» eran mejores.
La obra ha tenido éxito en el mundo, se nos dice, y el lector se preguntará cuál es la explicación. Es su misma tontería, vestida con una presentación rebuscada que hace pensar en destrezas artísticas. Una vez que aceptamos que «Arte» era una obra valiosa, original, hasta intrépida, los criterios de valoración cambiaron, y la vulgaridad pasa por belleza. La zoncera es contagiosa. Se trató de contagiarnos «Arte»; recuerden los apóstoles del «éxito» que en nuestro medio fue un fracaso.
Mario Morgan dirige con precisión y cuidado. Está todo bien presentado, medido y pulido; todo es sobrio y equilibrado. El arte del director se proyecta sobre la pieza y nos hace creer en un producto superior. La interpretación de cuatro bocetos esquemáticos no da para mucho, y todos los actores sobran a sus personajes. Ello no obstante, hemos encontrado en Jones y en Telles defectos y dificultades vocales que conspiran contra el fluir de la obra y que, pese al tiempo transcurrido, no parecen poder resolverse ni superarse. *
TRES VERSIONES DE LA VIDA, de Yasmina Reza, en versión y traducción de Fernando Masllorens y Federico González del Pino, con Laura Sánchez, Juan Antonio Saraví, Roberto Jones y Nidia Telles. Vestuario de Oscar Alvarez, María Fernanda Cadenas y Studio Muto, iluminación y dirección de Mario Morgan. En Teatro del Centro.
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