"Fiebre", de Diego Caraballo, en Arteatro
«Fiebre» es la reaparición en nuestras tablas del teatro comprometido. La acción sucede en el Uruguay de la epidemia de aftosa; más aún, la pieza está concebida como un homenaje a los trabajadores rurales afectados por la enfermedad del ganado y aún por las medidas draconianas del gobierno para volver a ser un país «libre de aftosa sin vacunación», esa especie de «investment grade» pecuario que requieren los compradores del extranjero; los mismos que ahora, en plena aparición en Texas de los peligrosísimos priones de la «vaca loca», hacen muy pocos aspavientos y mucho silencio.
Hoy, en plena discusión de la «refinanciación» del «endeudamiento», «Fiebre» es el equivalente escénico del proyecto de suspensión de «ejecuciones» del senador Saravia o de las críticas del Ministro Mujica a la forma en que se interpreta la «voluntad política» del Presidente de la República, que dijo que se protegería al «deudor» que tuviera «voluntad de pago», mala moneda que, conforme a la ley de Gresham, desplazará a la buena moneda del pago puro y simple. Hemos puesto entre comillas a las palabras que pretenden designar objetos que no existen: uno de los peores males de nuestro país es el tiempo que se pierde en debatir sobre palabras que nada significan de modo que los verdaderos temas no llegan, y que si llegan vienen torturados por el lenguaje.
La pieza es ingenua, como sus equivalentes políticos, pero llega a la platea. El autor, actor (por partida doble) y codirector Diego Caraballo ha tenido la humildad de reconocer sus posibilidades y recurre, como armazón o esqueleto, a Florencio Sánchez. Esta humildad estuvo a punto de salvarlo; pero sus traslados son demasiado evidentes y no llegan a organizarse bien. Así, «Fiebre» proyecta el drama del tambero arruinado por la aftosa sobre el esquema de «Barranca abajo» más una pizca de «M’hijo el dotor»; este respaldo da a la pieza cierta carpintería, aunque el conjunto no pase de un cuadro de costumbres, como el de los cuadros campestres de Blanes o los sainetes rioplatenses de comienzos de siglo. Dentro de ese esquema, el padre autoritario (José Luis Cazeres) tiene algún buen momento en el diálogo de la petición de mano y la pareja de enamorados (Carina Pera y Diego Caraballo) logra convencernos de sus sentimientos.
Esto dicho, a «Fiebre» le falta todo lo que una pieza de teatro debe tener. La aftosa no es, por sí sola, un drama. Los noticiarios atruenan nuestros livings con palabras como «tragedia» cuando alguien muere en la ruta, como si no muriera nadie en el silencio de los hospitales. Hay un culto de lo anecdótico y contingente, que olvida que el teatro surgió del mito (Esquilo, Shakespeare) y no del cuadro de costumbres; y no se encuentra en «Fiebre» un tema doloroso distinto de la fortuita ruina de una familia, que pudo tener, con la misma legitimidad, un sinnúmero de causas distintas, como el despido, la vejez, las drogas, la cárcel o la «violencia doméstica». Pero no hay leyes para la miseria de los ancianos, ni financiación para la mujer golpeada hasta morir. Hay aquí una muerte, pero no es fatal ni detonada por la pasión; el autor comprende que no puede explicarla bien, no va a las causas últimas, no menciona las alternativas posibles, la despacha en dos líneas. El espectador ve venir el desastre, desde que se nombra a la aftosa; lo ve venir en las cubiertas de la 4 x 4 de Oscar, el cuñado homosexual y contrabandista, tan mariposo e incómodo como caído del cielo y sobre todo tan mal apoyado en la realidad como para arriesgar a la siempre inminente confiscación una camioneta que vale cincuenta mil dólares.
La interpretación abundó en furcios y pérdidas de letra; pero hubo convicción y fuerza, dentro de una pauta de sobriedad y buen gusto. La dirección empleó de la mejor manera las posibilidades de la sala de Arteatro, e instaló un clima, bien anotado por detalles característicos, sin intentar, Dios sea loado, el «color local». *
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