Cuando lo peor haya pasado

La vida es siempre una prolongada peripecia de experiencias abigarradas, que discurren  alternadamente- entre el júbilo, la plenitud, la angustia y la incertidumbre.

Suele afirmarse que, en todos estos procesos, inciden en forma determinante las coyunturas históricas y los factores ambientales, aunque lo que siempre resulta crucial son las condiciones sociales.

La sociedad es, en efecto, un espejo de sus integrantes, una suerte de amalgama entre la idiosincrasia y el imaginario, que se nutre no sólo de la realidad, sino también de los mitos y de las leyendas.

En toda aventura colectiva hay un componente de responsabilidad compartida, porque  evidentemente- nada sucede ciertamente por azar ni por casualidad.

No en vano la historia ha sido definida como una larga secuencia de causalidades, en la que un acontecimiento se concatena con el siguiente, en una sucesión aparentemente interminable.

No obstante, cada proceso tiene desenlaces a menudo trágicos, porque en todo relato de la realidad hay muertes anunciadas y un casi siempre inevitable componente de previsibilidad.

En «Cuando lo peor haya pasado», el escritor argentino Pablo Ramos construye variados micromundos humanos, que describen situaciones a menudo dramáticos y en otro caso irónicas, pero siempre peculiares.

El narrador, que adquirió notoriedad en 1997 con su libro de poemas «Lo pasado pisado», impactó el año pasado con «El origen de la tristeza», novela comentada hace algunas semanas en esta sección literaria.

En este nuevo libro, el autor ratifica plenamente su agudeza para describir la cara más sórdida de la sociedad contemporánea, que retrata con su habitual sentido implacable.

Los personajes de Ramos tienen la cualidad de ser casi siempre perdedores empedernidos, marginados no sólo sociales sino también afectivos, que procuran una imposible redención.

Estas criaturas literarias viven en el dudoso límite entre la salvación y la condena y luchan obsesivamente por sobrevivir en un medio que casi siempre resulta adverso a la consagración de sus sueños.

En los territorios literarios del talentoso narrador, que son obviamente suburbanos, abundan los drogadictos, los chicos que venden flores para comer, los diletantes, los aspirantes a escritores, los esperanzados, los desesperanzados, los cínicos, los obsesivos, los alcohólicos y los fracasados.

La pluma de Pablo Ramos traspasa transversalmente los mundos íntimos de estos personajes, cuyos refugios pueden ser un mísero conventillo, un vagón de tren o un apartamento de dos ambientes.

Los espacios físicos son casi siempre tan opresivos como la atribulada aventura cotidiana de los actores de ficción, para quienes el mañana es una suerte de desafío o de quimera.

El creador revela una particular sensibilidad para capturar emociones humanas a flor de piel, en una experiencia literaria siempre removedora.

En esta novela está retratada -sin eufemismos- la vida a la intemperie, el mundo oscuro del alcohol, las inclemencias de

la calle, el sexo de pasillo, la pérdida de la inocencia y hasta situaciones que mixturan el drama con la ironía.

(Editorial Alfaguara)

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