Cómo ponerse de acuerdo con la vida
En su película anterior a ésta llamada Maborosi, nunca estrenada en Uruguay, el cineasta había planteado un acuerdo reflexivo con el duelo: cómo adaptarse, cómo sobrevivir, cómo seguir viviendo luego de la muerte de un ser amado. En La vida después de la muerte se trata, en cambio, de cómo ponerse de acuerdo con la vida. Pese al título y a su propia anécdota, esta no es realmente una película sobre la vida después de la muerte sino antes de ella.
En alguna parte entre el cielo y la tierra, en un paisaje absolutamente terrenal, en medio de un bosque perdido, hay un hogar donde sobrenaturales trabajadores sociales ayudan a los recién muertos a dejar atrás sus memorias, liberarse del peso del pasado y aprender a adaptarse a la existencia en el inminente Más Allá. El propósito del operativo es rastrear el último momento de plena felicidad en la vida de esos difuntos para que puedan llevárselo al cielo: a partir de ahí, ese momento privilegiado se convertirá en su paraíso personal. El propósito es difícil (¿realmente, en algún instante de nuestras vidas, hemos sido verdadera y completamente felices?) pero resulta al mismo tiempo absolutamente necesario, porque el que no lo logra es condenado al purgatorio.
En un estilo que se nutre al mismo tiempo del documental y de la ciencia ficción, el filme se centra en un grupo de recién llegados. Los recuerdos que el libreto les adjudica fueron recogidos por Kore-Eda y su equipo a lo largo de cientos de entrevistas con la gente más diversa, y los personajes son interpretados por actores que, durante el rodaje, recrearon sus propias memorias. Pero el eje de la acción la constituye la relación entre uno de los jóvenes «guías» (digamos, ángeles) y un hombre de setenta años que necesita reconocer que su vida fue muy común, y que no se distingue de la del resto de la humanidad.
En el pasado Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay se vio Nadie sabe, una película posterior del director Kore-Eda acerca de cuatro hermanos abandonados por su madre que se esforzaban por sobrevivir en un universo hostil: a cierta altura surgían entremezcladas la añoranza por la madre, la fascinación del mundo exterior y la necesidad de apelar al ingenio y al valor para salir adelante. Una fábula contemporánea que era también una despiadada acusación contra un mundo no menos despiadado.
Ese filme y este otro arrojan algo de luz sobre la trayectoria del director Kore-Eda, nacido en Tokio en 1962, diplomado en Literatura en la Universidad de Waseda en 1987, volcado luego a la televisión y el cine. Su película hasta la fecha han sido mayormente documentales muy críticos sobre la sociedad japonesa, en Shikasi indagó los entretelones del suicidio de un funcionario del Ministerio del Medio Ambiente tras la investigación de una epidemia; en Otra educación examinó la situación de la educación campesina; en Agosto sin él contó la historia del primer japonés que reconoció públicamente estar enfermo de sida; en Sin memoria trazó el retrato de un enfermo y su familia, con sus alcances sociales y humanos. Su primer largometraje, Maborosi, fue premiado en Venecia en 1995, dando comienzo a una carrera de reconocimientos internacionales que se reiteraría en filmes posteriores (La vida más allá de la muerte; la posterior Distancia, 2002). Es uno de los nombres más reconocidos del cine japonés de los años noventa y más acá, con una actitud de apertura hacia su realidad y su tiempo. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad