Matemos a la mamá
Ultimamente Dino Armas se ha propuesto ser algo así como una parodia de Roberto Cossa, lo que es una parodia de una parodia: aquí, con toda evidencia, la pobre Mimí es una forma alotrópica de la Nona, insoportable majadería que ha suscitado, no entendemos por qué, la admiración de público y crítica. Los juegos con que se divierten los personajes de esta obra pertenecen al mundo del delito: estratagemas, engaños, hasta un crimen, toco lo cual los agonistas pretenden convertir en dinero. Hay algunos escarceos secundarios, como un conato de infidelidad matrimonial y un amor homosexual, pero la vocación de los personajes es la canallada. De entrada organizan un fraude, que culminará en un homicidio: nadie siente el menor escrúpulo, como si el crimen fuera de rutina.
En este temprano punto, como nos sucede con las obras de Armas, el espectador se despega de la obra. Que uno de los personajes porte las banderas del dramaturgo y lleve en alto su ética y sus creencias, no es un elemento necesario del teatro; pero es siempre conveniente contar en la escena con alguien que sea buen conductor de los sentimientos generales del público. Armas parece creer que realismo es maldad carbonizada, como si la conmovedora despedida de Simón Chachaba y Grushka («El círculo de tiza caucasiano» de Brecht) fuera menos verosímil que las cargosas rumias de Raskolnikov en «Crimen y castigo». Si agregamos que los diálogos son vulgares, que la trama, una vez esbozada, progresa en la dirección más crasa y previsible, tenemos un producto final insuficiente y desprovisto de interés.
Pero no terminan aquí las desdichas del espectador. Como toda esa abyección no da para una obra de teatro, Armas recurre a artificios teatrales a lo Roberto Cossa (o Ionesco): cada uno de los personajes jugará a ser la fatal Mimí, componiendo su figura e imitando su voz y sus gestos. Más aún ella misma aparecerá en escena y doblará los parlamentos de sus parodistas y futuros verdugos. La obra pega un salto a la fantasía pura, a la invención sin límites ni objeto, lo que destroza todo el efecto de realismo que se pretendió; pero tampoco se sostiene en el mundo de la imaginación.
Item más: la desheredación no es una disposición testamentaria tan fácil de llevar a cabo como se supone en la obra. Armas ha consultado al Código Civil en la parte de desheredación, pero no tuvo presente las legítimas, que prácticamente destruyen la mera posibilidad del argumento que ha ideado. *
TODOS LOS JUEGOS, EL JUEGO, de Dino Armas, por «Habemus Teatro», con Cynthia Patiño, Daniel Garín, Celena García, Fabián Silva y Stella Palazzo. Música de Yim Hok Man, dirección general de Ximena Rebella. En Arteatro, Canelones 1136.
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