Un bello y deslumbrante ejercicio épico
Una mítica de guerreros voladores y proezas marciales que van más allá de toda posibilidad lógica pero que rigen como coordenadas del relato plasmado en pantalla. No adecuarse a esta mirada supone quedar fuera de una tragedia heroica que, además, concibe su argumento en medio de una escenografía de abrumador cromatismo. Tal es el caso de La casa de las dagas voladoras de Zang Yimou, realizador que anteriormente nos entregó una propuesta similar, aunque quizás más majestuosa, con Héroe y que ahora repite la experiencia en medio de una ambientación paisajística de intensa fascinación.
En un segundo plano, el argumento presenta una lucha por el poder contextualizada en el marco medieval de la Dinastía Tang, por donde circulan algunos soldados del régimen que pretenden desbaratar a los rebeldes organizados en la denominada Banda de las Dagas Voladoras.
Este punto de partida que inicialmente nos lleva a un mundo de geishas dejará lugar, en el transcurso de los acontecimientos, a otra historia dentro de la historia con drama pasional incluido.
Pero, a decir verdad, en este caso, la trama parece no importar tanto como los lujos visuales con que Yimou enmarca cada situación incluyendo una sofisticada estética de violencia sublimada. Por este costado visual, vistosamente grandilocuente, es donde, a juicio de quien suscribe, se produce el verdadero placer cinéfilo de gozar cada fotograma.
Apoyada en un cuidadoso diseño de producción que retrotrae a otro tiempo y otra cultura, la película ratifica, una vez más, las cualidades del director de Esposas y concubinas, un realizador perfeccionista y casi obsesivo por cada detalle que sale en cuadro.
Un público que se autocalifique como sibarita de la imagen podrá disfrutar, por ejemplo, la escena de la danza del eco (donde una bailarina debe repetir, mientras danza, los sonidos que produce un guijarro al golpear en los timbales que la rodean) o un combate «aéreo» (en medio de un bosque verde intenso y afiladísimas cañas de bambú), entre otros momentos de verdadera satisfacción para la platea. No pasa lo mismo, como decíamos, con la suerte de melodrama de pasiones cruzadas que el largometraje propone a la manera de argumento; una especie de anécdota «romántica» que no logra la estatura que su propio telón de fondo. (Un escenario de naturaleza salvaje que, curiosamente, no forma parte de la China monumental ya que buena parte del largometraje fue filmada fuera del país).
De todas maneras, la grandiosidad del filme pasa por otro lado y el espectador inteligente sabrá sacarle el provecho que corresponda. Vale. *
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