Paneo breve de muestras recientes

Aunque están ocupadas las numerosas salas montevideanas con diferentes muestras, ninguna posee esa carga eléctrica que atrae de inmediato a la entrada. En la jerga del ambiente, les falta polenta.

Parece un despropósito, oscilante entre el infantilismo y la adaptación, sin asimilar, de formas ajenas, empleando materiales que se rechazan mutuamente, por lo menos, de la manera como están utilizados la instalación de Nora Kimelman (Alianza Francesa). Hizo una sobria exposición el año pasado (Cabildo); sus esculturas eran más acumulativas que estructuradas desde adentro pero, de igual manera, significó un encomiable esfuerzo expresivo en una trayectoria ondulante. En pocos meses dio un giro imprevisto: 15 pilares de viejas, hermosas vigas de madera a modo de instalación, a las que agrega telas de colores cálidos montadas en alambre como alas de mariposas (en una indisimulable carnavalización de los vidrios de Águeda Dicancro) mientras otros pilares están atados con restos de tejidos usados y/o pequeñas formas larvarias de colores similares a los mismos de los anteriores, en una alegoría elemental que se regodea con lo kitsch, en un pugilato de materiales sin ninguna afinidad, como pegotes en la madera. Hay un curador, esa inflación que aflige el arte nacional, y un autor del texto no registrado en los créditos del catálogo aunque sí como montajista, sin clarificar las funciones específicas de cada uno.

Los desaciertos continúan, la fatiga del visitante aumenta. En el Instituto Goethe, en la acertada denominación de El pasillo para la galería, invaden las paredes De los sueños, organizada por CETU, una treintena de minitapices (o algo parecido o lejano), donde se transita por los convencionales gobelinos, la obviedad testimonial, la cursilería, las repeticiones de materiales sin la poética necesaria (plumas, perlas, algodón reiterados), las abstracciones retorcidas y penosas, los paquetitos atados, todos productos de una imaginación primaria que al contrario del título de uno de los cuadros, Los sueños son construcciones frágiles, parecen el despertar de una pesadilla sin consecuencias. No se entiende bien que algunos talentos hayan incurrido en una equivocación sin atenuantes, con pobres ejercicios experimentales que no debieron salir del taller.

Sorprende, desde la invitación encabezada por el intendente Ricardo Ehrlich y no el director del museo (quizá un nuevo hábito de las nuevas autoridades) para asistir a la muestra de Anhelo Hernández, titulada De antes y durante, en el Museo Blanes. Un museo lejano y mustio en el interior, que las reformas y la agitación de espectáculos no han conseguido disipar, con escaso atractivo en el diseño de la cafetería (es difícil competir con la refinada del museo del Parque Rodó), la variedad de sillas y el color de la mantelería, el pesado mueble que oficia de mostrador que vulgarizan el ambiente del hermoso patio neoclásico.

La muestra de Anhelo Hernández es retrospectiva, limitada al grabado y al dibujo, con alguna pintura aislada, un autorretrato de 2001 extraño, de inquietantes connotaciones. Hay descuidos en la ausencia de fechas y las dimensiones de las reproducciones del catálogo, las obras no tienen uniformidad en el enmarcado (asoman los clavos, aquí y allá) y aunque son numerosas faltan obras que se conocieron en anteriores exposiciones del artista, de las muchas que hizo. Pero lo interesante de Hernández, un talento con oficio dominado, lector y teórico lúcido, hombre dialogante y cordial, viajero y conocedor del arte de buena parte del mundo es la relación y dependencia permanente con dos genios españoles, Goya y Picasso (también Piranesi), con los que dialoga permanentemente, los cita (a la manera del torero), los atrae (Los caprichos, Guernica, entre otras obras fácilmente localizables), actualiza la temática en función de sucesos contemporáneos (Vietnam, la represión policial) y, como esos maestros, despliega intensos recursos románticos cargados de furia, de grises opresivos y contrastes de blancos y negros que, en los trabajos de mediano formato (hay uno, el mayor, de gran calidad), se expanden en plenitud. Las primeras obras, retratos más naturalistas, excepto Cañero, así como los experimentos digitales, en una muy legítima línea de incorporación de nuevas tecnologías, no resultan tan convincentes.

Como en Hecho a mano del año pasado, un virtuosismo técnico al servicio de un diseño anacrónico, la muestra El caballo, plata y pintura del Perú (Museo Zorrilla), adolece de limitaciones. Organizada por el Patronato Plata del Perú, falta un ensayo en profundidad sobre las piezas exhibidas y la diferenciación de las escuelas pictóricas del virreinato que, comparadas con otras muestras provenientes de ese país, como la organizada hace algunos años en galería Sur de Punta del Este y de Ecuador en la desaparecida galería Moretti, no tienen la jerarquía e invención plástica que las caracteriza. Pertenecientes a una colección privada, obligadas a ilustrar la temática del caballo peruano, diluidas entre la platería (algunos ejemplos admirables, los estribos y sillares femeninos) y rodeadas en suntuosos e inventivos marcos dorados labrados, la muestra, sin un guión curatorial firme y una presentación más integradora e incisiva de elementos disímiles, no alcanza a coronar el deseable propósito con el acierto profesional deseable. Es una lástima. Pocas embajadas como la del Perú aparecen tan preocupadas por difundir la cultura por el continente y en Uruguay, como lo demuestran las regulares exposiciones que se efectúan en diversas galerías montevideanas

Como siempre, y la cartelera de exposiciones lo indica, hay más exposiciones para ver entre Ciudad Vieja y Punta Gorda, entre El Prado y Punta Carreta, un recorrido que no todos están dispuestos a ejercer. Sin embargo, no hay que perder las obras de Mario D´Angelo en Marte upmarket y las de Javier Abreu en la sala menor del Centro Municipal de Exposiciones. *

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