Escrito por: NELSON DI MAGGIO

Desde Juan Manuel Blanes, Pedro Figari y el italiano Goffredo Sommavilla, la enseñanza del arte en Uruguay estuvo en los propósitos de algunos uruguayos. Muchos pintores daban clases en su taller (la pintura, como el piano, formaba parte de la educación de la mujer y una exposición del CÃrculo Católico en 1905 asà lo documentó) y la Escuela Italiana, a donde asistió Pedro Figari, tuvo, por largos años, aulas permanentes.
Pero a partir de la fundación del CÃrculo Fomento de Bellas Artes en 1905 es que se crea un instituto más ambicioso dentro de las iniciativas particulares. Nada extraordinario en su programación, limitándose a clases de dibujo, pintura y modelado (luego se agregarÃa de anatomÃa). Una iniciativa de personalidades universitarias, entre las que se encontraban el historiador José MarÃa Fernández Saldaña, el pintor Carlos A. Castellanos, en cuyo domicilio se hizo la primera reunión, el dibujante Julio Micoud, el escultor Felipe Pedro Menini y el arquitecto Alfredo R. Campos. El primer director será el pintor Carlos MarÃa Herrera, que marcará una orientación estética diferente a la del dibujante catalán Vicente Puig, más académico. El CÃrculo Fomento de Bellas Artes (luego se eliminará Fomento) será hasta la oficialización de los cursos en 1943 con la aparición de la Escuela Nacional de Bellas Artes, el centro formativo por antonomasia. Otorgó becas de estudio a Europa, organizó salones anuales (de Primavera, de Otoño) y envÃos al exterior, con el apoyo del Estado.
Por sus aulas desfilaron los que posteriormente serán los maestros de la pintura uruguaya: Carmelo de Arzadun, José Cuneo, Manuel Rosé, Guillermo Laborde, Domingo Bazurro, Andrés Etchebarne Bidart, Bernabé Michelena, Humberto Causa, José Luis Zorrilla de San MartÃn, José Belloni, Antonio Pena, alumnos que, una vez consolidados sus conocimientos en Europa, se convertirÃan en profesores.
El CÃrculo está indisolublemente ligado al planismo, esa tendencia pictórica derivada del cubismo vÃa el Art Déco, que encarnó como ninguna otra la sensibilidad de la burguesÃa vernácula diseminada a todos los ámbitos de la sociedad. Precisamente, los años veinte, en su pleno auge, prolongado hasta la década siguiente, constituyeron el primer gran momento del arte nacional: el optimismo arraigado de la clase media proyectado en la claridad de las composiciones (arquitectura, pintura, escultura, diseño gráfico, utensilios) y el estallido del color de una potencia hasta entonces desconocida y que no se repetirá, inclusive en la exaltación neoexpresionista de los setenta y ochenta.
La exposición que se realiza en el Museo Nacional de Artes Visuales permite comprobar el admirable nivel técnico de la mayorÃa de los artistas (hay dos o tres que no superan la medianÃa, entre ellos Eduardo Amézaga, sobrestimado por algunos), la fuerza expresiva de sus telas que se mantiene intacta hasta hoy. No es por casualidad la enorme estima que tienen los argentinos por muchos pintores uruguayos. Entre el compacto núcleo reunido se destaca el anuncio de la Exposición de AgustÃn Ezcurra de César A. Pesce Castro, un óleo sin fecha pero sin duda de los años veinte, que oficia de afiche y de una excelente factura planista. Otro detalle, ya conocido entre especialistas, es descubrir (en los archivos de la institución) que Manuel EspÃnola Gómez no fue autodidacto como siempre afirmó, sino becado en dos oportunidades por el CÃrculo Fomento de Bellas Artes y tuvo como maestro a José Cuneo, quien presentó un informe poco favorable a su actuación. Lentamente, se levanta el velo de opacidades que encubre la historia del arte uruguayo.
Con todos sus méritos, el CÃrculo no fue, ni en su época dorada ni después, una escuela moderna, atenta a los movimientos internacionales, con teóricos conocedores de las ideas más removedoras, de la audacia en la creación. Al igual que los becados, ignoró las principales tendencias del siglo (cubismo, dadaÃsmo, surrealismo, expresionismo, neoplasticismo, constructivismo), los protagonistas del siglo XX (Matisse, Picasso, Duchamp, Malevich, Mondrian), la ampliación de los lenguajes (la fotografÃa, el diseño gráfico, el cine) ya instalados en 1919 por la Bauhaus. Será, en mÃnima parte, la tarea de JoaquÃn Torres GarcÃa a su regreso en 1934 con la creación de su propio taller que tampoco entendió las vanguardias históricas. El Arte MadÃ, desplazado del horizonte nacional, constituyó el grupo revolucionario no reconocido en tiempo y forma. Ni aún hoy.
No obstante, Pedro Figari, durante la breve experiencia de la Escuela de Artes y Oficios, en 1916, abrió una perspectiva diferente, más amplia y atenta al entorno, que le impidieron consolidar. Posteriormente serán los múltiples talleres particulares que competirán con los convencionalismos o crispaciones, según los momentos históricos, del propio CÃrculo y la ENBA. De cualquier manera, la muestra que celebra el centenario del CÃrculo, deja bien claro la excepcional calidad de la pintura uruguaya, la lección de los maestros en el seguro oficio que contrarÃa la apresurada opinión de Torres GarcÃa que no supo ver, como muchos durante el auge del arte abstracto y su rechazo masivo de la figuración, la calidad de un legado pictórico, sin audacia estética, pero de formidable sabidurÃa técnica y que, en gran medida, recogió el Zeitgeist de la sociedad epocal uruguaya. *
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