"MADAME LYNCH", DE MILTON SCHINCA, EN LA SALA ANTONIO LARRETA

¿Eva Perón o Lady Macbeth?

Es absurdo que una de nuestras principales avenidas se llame General Flores y que una de las calles de la Ciudad Vieja se llame Bartolomé Mitre; es también absurdo que, con imparcialidad e ironía, el nomenclátor llame hoy a la ex calle Comercio Francisco Solano López. Como en toda tragedia, el mariscal del Paraguay, cuyo modelo fue nada menos que Napoleón III, incurre en el pecado de exceso y merece ampliamente el castigo. Pero tiene demasiados defectos para ser un héroe trágico: protofascista, paranoico, mujeriego, narcisista y autodestructivo. Una especie de Hitler del siglo XIX, que busca el trueno más que el triunfo, la aureolada muerte más que la gloria; un poseso, que en mala hora identifica, no a su persona con el Paraguay, sino al Paraguay con su persona. Sus últimas palabras, en Cerro Corá, muestran su egolatría: «Â¡Muero con el Paraguay!». A partir de la caída de Asunción (y aun antes), el heroísmo se tornó masoquismo: nada justificaba continuar una guerra que aniquilaría a un pueblo, y López, que en los últimos días parece presa de un delirio, es responsable de muchas muertes paraguayas. Pero antes, cuando iba a suceder la masacre de Paysandú, prototipo de la siniestra Alianza, López tuvo la lucidez de amenazar con la guerra. Mal o bien entrevió, como más tarde Saravia, el significado del capitalismo que avanzaba hacia nuestras tierras, y luchó con lo que tenía a mano, que era poco.

Mitre y Flores tienen todo lo necesario para ser los villanos, pero López logra eclipsarlos.

«Madame Lynch» observa la guerra desde el ángulo de la irlandesa Elisa Lynch, una prostituta amante de López. La mujer hace muy poco para el prestigio póstumo del mariscal: expropia en su beneficio decenas de miles de hectáreas del Paraguay y joyas de la burguesía; su viaje a Asunción desde París, donde conoció al futuro mariscal, parece una expedición a las colonias, aunque los hechos tomarán la palabra por ella y habrá otra melodía. Como posiblemente haya sucedido con Eva Perón, el personaje devoró a la persona y la máscara sustituyó al rostro. El retrato estaba pronto para una Lady Macbeth de Asunción, pero Milton Schinca se restringió a una versión equilibrada, sin idealizaciones ni condenas, que anota todos los debe y todos los haber y deja la conclusión al espectador.

La pieza se plantea con claridad las condiciones del drama histórico: una trama individual paralela y articulada con los acontecimientos políticos y militares. Es sobria y está bien escrita, lo que es habitual en Schinca, con escenas muy bien ideadas para hacer progresar la doble acción dentro de los estrechos márgenes de un teatro de cámara, con no más de seis actores. Aún se hace oír la guerra, un fondo de epopeya que a veces hace sonar el cañón en el proscenio, guerra que rima con la tormentosa relación de los amantes.

El equilibrio de la obra, no obstante, llega a operar en su contra, porque al fin y a la postre «Madame Lynch» parece, más que un drama, ilustraciones para unos «Episodios Nacionales» de la cuenca del Plata. Hay en la pieza, esbozados, gran variedad de temas, como el amor, la pasión, el patriotismo, la política, las relaciones entre Estado y religión y hasta la relación entre América y Europa, que tanto y tan bien trataría Henry James; pero no hay un conflicto propio de «Madame Lynch», no hay una idea que lleve su rostro. El único drama que concebimos en la irlandesa, el de su zigzagueante identidad, resolver si era una prostituta, más frustrada que redimida por el amor y la selva virgen, una madre y amante abnegada o una soñadora sin escrúpulos, no aparece en escena.

Cecilia Patrón tiene en el papel protagónico una de sus mejores actuaciones, con los rasgos atrayentes y repelentes en su justo lugar, delineando una frescura y un encanto que debieron ser los principales atractivos de Elisa. Está muy bien secundada por Ariel Caldarelli en el papel de Francisco Solano López; el resto del elenco, en el que se luce Roberto Romero, es eficaz; en la dirección Elena Zuasti reitera sus virtudes al poner en escena la obra con economía de medios, eficacia y sobriedad.

Una mención especial merece la música de Alfredo Leirós, con un buen empleo, nada folclórico, del arpa paraguaya. *

MADAME LYNCH, de Milton Schinca, con Ariel Caldarelli, Cecilia Patrón, Christian Fall, Verónica Caissiols, Roberto Romero, Marcelo Pons y Juan Methol. Vestuario de Nelson Mancebo, música original de Alfredo Leirós, luces de Claudia Sánchez, dirección general de Elena Zuasti. Estreno del 16 de julio, sala Antonio Larreta de Carrasco Lawn Tennis.

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