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El origen de la tristeza

Cuando ese despertar transcurre en un período histórico crítico, la esperanza se consume rápidamente y afloran entonces la angustia y la incertidumbre.

En «El origen de la tristeza», el escritor argentino Pablo Ramos retrata un cuadro humano de impactante y contundente realismo, en el que un adolescente se asoma abruptamente a las miserias, los tormentosos conflictos y la descomposición social de un mundo de adultos que se desmorona.

El autor construye una historia despiadada, ambientada en los suburbios de Buenos Aires, en una geografía desolada donde la pobreza convive cotidianamente con el dolor.

Esta es una peripecia de almas inocentes, de niños que comienzan a descubrir un mundo real muy distante de sus sueños. Se percibe un claro sesgo autobiográfico, que se consagra en la minuciosa recreación de ambientes y una contundente apelación a la sensibilidad colectiva.

En el relato, abundan los niños que comienzan a transitar por los sinuosos laberintos de la vida y adultos ebrios que ahogan sus penas en el alcohol, tal vez para no olvidar que están vivos.

La novela narra historias de vagabundos errantes como itinerantes aves de paso sin rumbo, de marginados fagocitados por el desamparo, que representan el rostro más grotesco de una sociedad en acelerado proceso de descomposición.

Si bien Ramos no ubica su historia en el tiempo, es claro que la anécdota literaria se desarrolla a comienzos de la década del ochenta del siglo pasado, en pleno tránsito de la dictadura a la recuperación democrática, que para numerosos argentinos no disipó los nubarrones de la pesadilla cotidiana.

En ese escenario humano de perfiles agudos y desencantados, transcurre la historia de Gabriel, un preadolescente que  a pesar de todos los pesares- no ha perdido la capacidad de soñar, por más que la realidad sea una frontera a menudo infranqueable.

Entre borracheras precoces, osadas curiosidades y desafiantes despertares sexuales, el relato evoluciona rumbo a las entrañas de una experiencia cotidiana intransferible, de convivencias familiares complejas, secretas amistades y aprendizajes en paisajes extraños y a menudo hasta tenebrosos.

El viaje iniciático del joven protagonista, que presuntamente simboliza la vida y el futuro, contrasta radicalmente con la confrontación al tan temido fantasma de la muerte.

Ese cementerio que el adolescente recorre de noche con Rolando, que es uno de los cuidadores de la inmensa necrópolis, representa- en buena medida- una experiencia de enfrentamiento a la realidad y a un fragmento del mundo de los adultos.

El narrador exhibe un minucioso y decantado poder de descripción, para construir el universo paralelo de los muertos, con sus silencios inmemoriales, sus sombras, sus monumentales panteones, sus lápidas que brillan a la luz de la Luna como espejos y las osamentas cautivas en sus moradas definitivas.

Los ojos casi infantiles observan absortos miles de inscripciones, que evocan nombres del pasado, sólo atesorados por el recuerdo y la nostalgia de los dolientes deudos.

Bajo cada mármol descansa una historia de alguien que fue y ya no es y el presente de una familia desintegrada y acongojada por la pérdida inexorable.

El novelista pincela la heterogénea «fauna» que frecuenta estos jardines de piedra, almas solitarias que acuden habitualmente a rendirle pleitesía al recuerdo y al amor por quien ya no está.

Rolando es un personaje arquetípico de los cementerios, sin techo propio, que vive del dolor ajeno y  a partir de la muerte- reaprende la experiencia de la vida.

El autor entrecruza esta historia de vivencias precoces y transgresoras y de educación callejera, con amores imposibles y

la peripecia de seres que respiran un presente sin futuro.

Sin abandonar el curso del itinerario de sus personajes, Pablo Ramos describe cuadros sociales elocuentes, en los que denuncia   sin discursos ni poses panfletarias- la inequidad de las villas miseria y la pesadilla de la pobreza que comienza a apropiarse de los territorios humanos.

Sin expresarlo explícitamente, el autor insinúa que el fantasma llega para echar raíces y quedarse un buen tiempo, con las graves consecuencias por todos conocidas.

El escritor pincela contundentes imágenes que sugieren que un estilo de vida se está derrumbando y el inminente advenimiento del colapso social.

Los cuadros impactan las retinas del protagonista, que   por su incontaminada inocencia- no alcanza a comprender la magnitud del desastre que se está apropiando de la vida de un pueblo.

Una de las caras más despiadadas de esa realidad que se hace carne literaria, es la prostitución barata sin cotización de mercado.

En este caso concreto, el ejercicio del meretricio es una mera estrategia de supervivencia, una práctica ejercida por mujeres vulnerables a la realidad, que para los adolescentes representa la oportunidad de tener la primera experiencia sexual. Otra rémora del desolado paisaje que describe el narrador, es la droga, ese flagelo que comienza a gobernar, al igual que el alcohol, la voluntad de los jóvenes.

Es el retrato de una sociedad que está perdiendo el rumbo y que navega en las aguas turbulentas de una crisis de valores, en lo que representa la antesala de un abismo insondable, del cual quizás jamás de logre emerger.

El autor insinúa que, en este ambiente de extrema hostilidad, hasta los juegos de un grupo de adolescentes pueden resultar peligrosos, porque, cuando se está conociendo el mundo, incluso la más cruda realidad parece ser parte de la fantasía y la propia irresponsabilidad puede conducir a un callejón sin salida.

Ramos despliega toda su sapiencia narrativa, para construir múltiples micromundos humanos, donde, mientras los adultos

se debaten en ácidos conflictos de convivencia, los jóvenes elucubran sus fantasías cotidianas distantes de lo real.

Las sensaciones de unos y otros están en las antípodas, porque si bien ambos comparten los mismos espacios físicos, la radical diferencia reside en las percepciones emanadas del conocimiento empírico.

El escritor aporta a su historia otros sucesos que asumen un carácter simbólico, como el incendio de un territorio semidesierto y cruzado por un arroyo altamente contaminado por residuos industriales, que constituye una metáfora del estado de vulnerabilidad que padecen los habitantes de los parajes suburbanos. Esas precarias viviendas de madera, cartón y lata donde sobreviven miles de seres humanos expulsados por el sistema, pueden transformarse   como ha sucedido también reiteradamente en nuestro país- en auténticas trampas mortales devoradas accidentalmente por el fuego.

En esta historia de inocencias robadas por la realidad, no faltan la intolerancia hacia lo diferente, las dobles morales, los suicidas que fracasan incluso en su intento de autoeliminación y hasta la tragedia de una vida joven inmolada por la indiferencia, la incomprensión y la desidia de los adultos.

Construyendo dos mundos paralelos en la misma geografía- el de los adolescentes y el de los mayores- Pablo Ramos retrata a una sociedad que va quedando paulatinamente vacía de esperanza.

Renunciando a toda apelación política y hasta a la descripción de eventuales coordenadas históricas, el creador sugiere igualmente al lector que se observe en el espejo de la realidad.

Ramos asume que sería redundante escribir sobre la pesadilla conocida, optando  empero- por delinear el origen de la tristeza, esa que se ha apropiado de un pueblo aún fuertemente sacudido por las tormentas del pasado reciente.

Esta novela, narrada con la elocuencia de una experiencia autobiográfica, es una cruda radiografía de una trama social

que se va desgarrando dramáticamente, hasta romper
se definitivamente varios años después del tiempo en el que está ambientado el relato. El autor observa a la sociedad a través de los ojos absortos de un adolescente que vive intensamente todos los sucesos cotidianos, asumiendo que -en algunos casos- el humor es un vehículo expresivo más poderoso que la autocompasión.

Mientras experimenta acelerados cambios biológicos, el joven protagonista comienza a sentir los devastadores efectos de la crisis económica y social que castigó y aún castiga al vecino país.

La pluma de Ramos ingresa osadamente a la intimidad de una familia sacudida por el temor a perderlo todo, los conflictos cotidianos y los desencuentros afectivos. «El origen de la tristeza» es una novela de lenguajes crudos y desencantados que confronta al lector a una realidad perversa, estremeciendo la sensibilidad de quienes hemos compartido un tiempo histórico complejo y desafiante.

(Editorial Alfaguara)

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