Los coristas: la música del alma
El largometraje en cuestión obtuvo cierta notoriedad durante la entrega del Oscar ya que Los coristas detentaba dos nominaciones a la famosa estatuilla (una de ellas como Mejor Canción, lauro que finalmente recayó en nuestro compatriota Jorge Drexler). De todas maneras, más allá de dichas nominaciones, la película (remake del título La jaula de los ruiseñores dirigida en 1945 por el cineasta Jean Dréville) defiende legítimamente su propuesta donde -quizás en forma inconsciente- el director debutante Christophe Barratier rinde tributo a un clásico esquema de hacer cine que nos remonta varias décadas al pasado. Ese «clasicismo» está dado tanto en su formato (la muerte de un ser querido desencadena una prolija retrospectiva en forma lineal hasta la última página de un diario íntimo que relata la historia) como en su contenido, donde los valores básicos aparecen a flor de piel en cada fotograma mientras casa personaje es esbozado a través un estereotipo primario y elemental que no admite confusiones.
Esa historia relatada, en definitiva, ubica la acción por 1949 en un particular centro educativo para huérfanos en medio de la campiña francesa.
Hasta ese lugar llega un compositor y ex profesor de música para cumplir funciones como celador aunque prontamente advierte el riguroso sistema disciplinario que lleva adelante su tiránico director. De aquí en más, la trama registra el proceso de sublimación que una impensable experiencia musical puede promover entre los sufridos alumnos a partir de una propuesta extracurricular, llevada adelante por este singular celador, que pone en práctica la creación de un coro estudiantil.
Esa evolución toma nota del escepticismo original de las autoridades, el éxito de la propuesta y la progresiva desconfianza de la dirección frente a una actividad que adquiere tonos subversivos desde una mirada inepta y con anteojeras.
Es probable que dentro de estas variantes conceptuales se concentre lo mejor del filme; una idea simple que desarrolla la inmensa capacidad del arte como lugar de encuentro, superación, solidaridad, catarsis y autorrealización, entre otras infinitas posibilidades.
El mensaje es claro, accesible y logra redondear la formulación más lograda del filme a pesar de las simplificaciones ya citadas en cuanto a las actitudes, estados de conducta y perfiles psicológicos de los protagonistas.
En su conjunto, el largometraje resulta un lujoso envoltorio que descifra estos códigos de manera llana en medio de las destacadas interpretaciones con que la película Los coristas rinde tributo a la lírica, ese medio expresivo por excelencia que saca lo mejor del alma humana y lo convierte en canto. No es una mala idea para contextualizarla en muchos contextos críticos que nos rodean, después de todo. Vale. *
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