"HISTORIAS DE CRONOPIOS Y DE FAMAS", DE JULIO CORTAZAR, EN EL GALPON

La magia teatral de la palabra

Cronopios, famas y esperanzas no están definidos como seres humanos. Tampoco son animales; el autor dice al pasar que los cronopios son objetos. Son géneros en sí mismos, entidades híbridas o intermedias pero inquietantes, como el hombre es, para los gnósticos, un escandaloso híbrido de ángel y animal. Las características de cronopios, famas y esperanzas son, para una rutinaria adhesión a la lógica, algo contradictorias; y pese a la evidente predilección del autor por los cronopios, simpatía que debe provenir del hallazgo de la palabra que los nombra, los cronopios no son del todo buena gente. Son verdes, erizados, desordenados, tibios y húmedos; son pequeños, tienen «bracitos». Suelen ser torpes: hacen ruido, molestan a sus vecinos, golpean puertas; cuando cantan se ensimisman tanto que son atropellados por camiones y ciclistas (aunque los cronopios no andan por las calles), llevan relojes que atrasan e ignoran que abusan de ellos hoteleros, taxistas y empresas de ferrocarriles. Son ingeniosos: saben trinchar el pollo en cuarenta y dos movimientos, han inventado el reloj – alcahucil y un termómetro de vidas, se reciben de médicos. Hasta aquí son seres ingenuos y bonachones; en negativo, se notará que «por principio» no son generosos, que no quieren tener hijos, por lo que acuden a los famas para que fecunden a sus mujeres; cronopios conscriptos disparan sobre una multitud y tiran pasta de dientes desde sus balcones. Los famas tienen menos interés: son prolijos, quizás obsesivos, poseen automóviles, tienen momentos de generosidad y montan fábricas donde emplean cronopios.

Las dificultades de un libreto así son evidentes. La puesta en escena de Horacio Buscaglia, apreciada desde el punto de vista del original de Cortázar, no va mucho más allá de las lectura del libro; y cuando va más allá, con una serie de marchas y evoluciones propias de una clase de gimnasia, el espectáculo pierde puntos. En cambio, la valorización imaginativa de la palabra, su papel evocador, tanto de lo real como de lo irreal, es todo un hallazgo; y es un hallazgo que posiblemente se perdería con una «teatralización» más afín al movimiento y a la acción. En un escenario despojado, del que se destaca un piso en damero que alude al juego y a la mezcla de realidades y fantasías, hechos y abstracciones, los actores se desplazan con variedad de mímica, movimientos y gestos, según un ritmo marcado y ágil.

El espectáculo que resulta ha eludido todo exceso de ambición, pero, en sus limitadas pretensiones, es muy entretenido. Podrá decirse que el mérito principal es de Cortázar; pero quien haya leído el libro original reconocerá que las dificultades de la escenificación fueron superadas y que no podría ponerse en escena de otro modo. Si las distintas partes de la obra, que sólo en sus últimas páginas trata de los cronopios, los famas y las esperanzas, han sido ubicadas en esta pieza de manera distinta al original, la obra que vimos en la sala Atahualpa de El Galpón» logró su carácter propio de juego fantástico y a la vez humano, bien apoyado en el poder mágico de la palabra.

 

HISTORIA DE CRONOPIOS Y DE FAMAS, de Julio Cortázar, versión de Horacio Buscaglia. Con Pelusa Vidal, María Varela, Diego Rovira, Gabriel Hermano, Jimena Pérez y Pablo Grimoldi. Escenografía y vestuario de Pilar González, movimientos coreográficos de Cristina Martínez, luces de Richard Sosa, banda de sonido y dirección de Horacio Buscaglia. Estreno del 4 de junio, teatro El Galpón, sala Atahualpa. *

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