Claros y oscuros de un recital de tango
Junio es, para los tangueros, el mes de Gardel. Esta fue, al parecer, la razón para que el miércoles pasado más de veinte artistas, uruguayos y argentinos, ofrecieran un recital en el Teatro Solís con el título de «70 años de eternidad».
El espectáculo lo abrió la orquesta típica uruguaya Matos Rodríguez que dirige el violinista Juan Manuel Mouro y a la que se agregaron en calidad de artistas invitados, los guitarristas Mario Núñez, Julio Cobelli y los cantantes Ricardo Olivera y Oscar Nelson.
Esta agrupación, integrada por calificados músicos, interpretó varios temas del repertorio gardeliano en prolijas versiones. También dejaron oír otras composiciones de gran popularidad: «Taquito militar», «La Cumparsita», pero como sucede con todos los conjuntos uruguayos, lo hacen ajustándose estrictamente al sonido y estilo tradicional de los años cincuenta. Sin arriesgar con nuevos arreglos musicales o en ejecutar temas más cercanos en el tiempo. Como quién dice, nos quedamos en Maracaná.
Todas las composiciones eran unidas por un texto, que era leído «en off» por Ignacio Suárez, en el cual se reiteraban conceptos y exaltaciones, por momentos extensas y tediosas sobre la nacionalidad de Gardel, «tan uruguayo como el dulce de leche», según lo manifestado en un momento del discurso.
Nadie entendió, la razón por la cual la orquesta, remató su actuación invitando al maestro Atilio Stampone, para que desde el piano la acompañara en el tango de César Zagnoli, «Náutico Club», lo que pareció ser un homenaje, dentro del espectáculo, de uruguayos y argentinos hacia la figura del recordado «Potrillo».
El plato fuerte de la noche lo constituyó el quinteto de Atilio Stampone. Alrededor de doce temas sirvieron para demostrar las concepciones musicales del prestigioso maestro a través de las cadencias creativas de sus arreglos o expresándose en largos solos de piano.
Las innovadoras versiones creadas, hace varios años, para «Responso» de Aníbal Troilo, junto a los arreglos del tango de Pedro Mafia, «Taconeando», en donde cruza lo rítmico, lo camerístico y lo canyengue, se convirtieron en uno de los puntos más altos de su recital. «Mi amigo Cholo», un tema de su autoría, fue una demostración de cómo debe ejecutarse un tango con juegos armónicos para elevar una composición de gran belleza melódica.
Pero hubieron, otras agradables sorpresas, como la versión de «La puñalada», donde hizo armonizar el ritmo de la milonga, el candombe y hasta figuras del zamba brasileño. A ello se debe sumar la interpretación de «El choclo», junto al cálido mensaje del tango «Viejo gringo» que lleva su firma y la de Eladia Blázquez.
Desde el piano, el maestro Stampone, con ajustado sonido y una gran fuerza conductora logra hacer arrancar a sus músicos destacadas manifestaciones de buen gusto y elevado nivel estético. En ese grupo se debe subrayar el trabajo del contrabajista Guillermo Ferrer, la labor bandoneonista de Carlos Buono, el romanticismo del violín de Martín Grande y los exactos toques guitarrísticos de Angel Irazú.
La voz de Jorge Guillermo no aportó nada atendible y parece demostrar que la crisis de valores cantables, en el tango, es tan severa en Argentina como en Uruguay.
Esta nota pretendió ser ilustrada con alguna fotografía del recital, pero ello no es posible por una resolución de las autoridades del Teatro Solís, quienes no permiten tomas fotos durante los espectáculos. Esto, nos parece bastante absurdo. *
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