Sangre en las botas
En «Sangre en las botas», el escritor y periodista argentino Omar A. Ramos construye una novela que mixtura la realidad con la ficción, en los tiempos más duros de la dictadura militar que asoló a su martirizado país.
Situando su relato a fines de la década del setenta del siglo pasado, el autor elabora un descarnado retrato de la rígida disciplina imperante en una escuela de armas de Campo de Mayo, describiendo la permanente humillación y degradación a la que eran sometidos los civiles que cumplían el servicio militar obligatorio.
Omar A. Ramos no escatima detalles para denunciar la sistemática violación de los derechos humanos de los alistados y la cultura del odio que se inyectada a los jóvenes, durante los tiempos de la aberrante «guerra sucia».
Demostrando haber investigado minuciosamente el tema mediante historias y testimonios, el novelista propone al lector compartir un itinerario al infierno. En efecto, la cotidianidad del establecimiento militar está reconstruida hasta en sus más mínimos detalles.
El régimen de subordinación a los mandos habitual en los códigos castrenses adquiere bajo la pluma del autor un rigor y un realismo aún más contundente, al describir la cotidianidad del cuartel en tiempos del despotismo liberticida.
Mientras intercala episodios reales de lo sucedido en la Argentina desde 1976 hasta la reapertura democrática, el narrador sitúa a sus dos personajes protagónicos en el paisaje de la peripecia novelesca. Se trata de dos estudiantes uno de historia, que es un militante comunista encubierto, y otro de psicología, que está rindiendo sus últimos exámenes para graduarse.
Ambos, acostumbrados naturalmente a la convivencia en la sociedad civil, experimentan un fuerte impacto al ingresar a la escuela de armas, para cumplir con las exigencias del servicio militar.
Evocando a través de la boca de otros personajes marginales el sangriento enfrentamiento armado que enfrentó a militares y guerrilleros en Monte Chingolo, la historia va adquiriendo tintes de pesadillesco dramatismo.
Mixturando la novela con el alegato político, Omar A. Ramos indaga en la psicología del autoritarismo cerril, cuando un despótico sargento define su particular concepto de la justicia, con la vulgaridad característica de un fascista ignorante.
Pacientemente adiestrado como si se tratara de un mastín, el soldado considera que la Justicia militar es la única herramienta válida para enfrentar a la «subversión», que es toda forma de oposición al régimen imperante.
El autor plantea la dicotomía entre los discursos explícitos que son necesariamente amordazados por el temor y los implícitos, representados por los monólogos internos de los dos atribulados protagonistas.
En ambos casos, más allá de meros ideales e íntimas convicciones, prevalece obviamente el instinto de supervivencia, para soportar el calvario de la vida cuartelera, los arrestos a rigor, la tortura física y psicológica y las permanentes presiones de los mandos de tropa.
Reflexionado en torno a la necesidad de seguir creyendo a propósito del encuentro entre uno de los protagonistas y un viejo anarquista, el novelista reproduce una oportuna cita de nuestro Eduardo Galeano: «¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve, para caminar».
Sin renunciar a su permanente descripción de la fauna uniformada que habita en esa «escuela» del odio, el autor reproduce recurrentes cuadros de paranoia belicista y el alerta enardecido ante un eventual rebrote guerrillero.
Abundan arengas y convocatorias a los soldados a «defender a la patria» y acusaciones al «terrorismo internacional», por montar una presunta campaña de desprestigio contra el régimen, por violar los derechos humanos de miles de civiles.
Omar A. Ramos propone otros golpes bajos, cuando conduce al lector a través de más laberintos tortuosos: la sistemática desaparición y fusilamiento de presuntos desertores. Las represalias, que habitualmente se practicaban para castigar faltas menores, procuraban tener un efecto aleccionante sobre la tropa.
El autor denuncia también una verdadera industria de la delación entre pares. A esta actividad se solían sumar algunos presos políticos que, con tal de sobrevivir y no soportar más el calvario de la tortura, se aliaban a sus enemigos en prácticas de espionaje.
Con la maestría de un experto observador e investigador de conductas humanas, el creador describe la tensa atmósfera de temor y desconfianza imperante en la escuela de armas, donde para no caer en desgracia el desafío era ganarse la confianza de un superior y situarse bajo su égida.
El escritor corrobora que los estudiantes por ser civiles con inquietudes intelectuales eran considerados todos unos «terroristas». Los dos protagonistas experimentan en carne propia el rechazo de sus oficiales carceleros y la persecución a la que eran sometidos para que revelaran sus ideas y motivaciones.
La propia correspondencia que llegaba o salía del cuartel, era minuciosamente leída y censurada, para evitar eventuales filtraciones de lo que sucedía dentro de los muros de esa auténtica bastilla custodiada por la jauría uniformada.
Sin renunciar al alegato y la denuncia, el relato comparte la limitaba vida privada de sus personajes fuera del perímetro cuartelero, sus pasiones, sus sueños, sus temores y sus aún sobrevivientes utopías.
En ese contexto, la vida «robada» fuera de la «cárcel» militar particularmente el amor adquiere una relevancia y una significación de auténtica experiencia emancipadora.
La pluma de Ramos se traslada de los ámbitos pestilentes y degradantes del establecimiento militar, a la intimidad del hogar de los protagonistas. Tampoco soslaya imágenes de la Argentina que agoniza lentamente y la pobreza de las villas miseria, síntoma inequívoco del inminente advenimiento del neoliberalismo depredador.
En el propio lenguaje de muchos militares de baja graduación aleccionados por sus superiores y por algunos «asesores» civiles, se advierte el desprecio por la gente humilde, víctima de un modelo perverso que eclosionó durante la dictadura y puso al país de rodillas en plena democracia.
La novela reflexiona acerca de la guerra psicológica practicada por la tiranía usurpadora contra los intelectuales, a los cuales se consideraba peligrosos, «terroristas» y enemigos de la patria.
Obviamente, se interpretaba que los estudiantes estaban educados para pensar y para disentir, en un régimen en el cual la condición para permanecer vivo era callar y acatar.
El novelista pone en boca de oficiales ignorantes y fanatizados, un discurso de apócrifo patrioterismo, que no transa con la razón ni las ideas antagónicas que consideraban foráneas.
Cualquier pretexto resultaba válido para la caza de brujas, porque la máquina trituradora de cuerpos y conciencias debía ser incesantemente alimentada.
Ramos no omite críticas a la actuación de la Iglesia Católica durante el período autoritario, al transformar al capellán del cuartel en una suerte de juez y gendarme de conciencias morales. La catequesis de la sumisión estaba al servicio del autoritarismo mediante las amenazas con la ira de Dios, para quienes pecaban adhiriendo a una ideología atea y colectivista.
El autor corrobora que el clero vio en la dictadura militar a un poderoso y seguro aliado para enfrentar a las fuerzas progresistas, que luego del Concilio Vaticano II, intentaron renovar los anquilosados esquemas de la institución eclesial.
El escritor también reproduce fragmentos de un discurso del dictador Jorge Rafael Videla, al celebrarse el día del ejército en 1978. La alocución estaba impregnada de fanatismo
y permanentes invocaciones a la patria y Dios, lo que retrata de cuerpo entero la falacia y la soberbia del autoritarismo.
Omar Ramos evoca en su novela algunos acontecimientos deportivos de la época, como la copa del mundo ganada a domicilio por la selección argentina de fútbol en 1978 y la corona conquistada un año después en Japón, por los juveniles albicelestes encabezados por Diego Armando Maradona.
La referencia a estas dos hazañas deportivas no es casual, ya que, en su momento, operaron como una suerte de anestésico contra la tragedia que se cernía sobre el hermano país del Plata.
«Sangre en las botas» es una novela testimonial, porque describe sin cortapisas un tiempo histórico estigmatizado por la intolerancia y la prepotencia liberticida.
El autor describe paisajes humanos desolados y de atmósfera pesadillesca, mediante un lenguaje tenso y despiadado, que estremece, remueve e impacta la reflexión del lector.
(Ediciones B)
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