El polígrafo y el hombre
Hace aproximadamente unos ocho años, conocí a Sarandy Cabrera, uno de los más jóvenes representantes de la generación del 45.
Había leído parte de su obra poética y tenía alguna referencia de su rica peripecia vital, pero el mano a mano con Sarandy ya fuera en la redacción de LA REPUBLICA o en su casa junto a Inés me reveló una personalidad fuera de lo común.
La conversación con el poeta pistola en mano era siempre enriquecedora. En el acuerdo o en el disenso y vaya si habremos discrepado respecto de diversas cuestiones charlar con Sarandy significaba un regodeo intelectual. Se tratara de literatura, de política o de arte, sus apreciaciones agudas solían sorprender por la originalidad del punto de vista, por el descubrimiento de una paradoja o por la sentencia imprevista o ingeniosa.
Hombre de vasta cultura, jamás le vi una postura soberbia y mucho menos pedante: sabía ser auténticamente humilde y era capaz de descubrir la riqueza interior de la gente sencilla.
Inclasificable en alguna corriente política determinada, tampoco es posible encasillar a Sarandy en escuela literaria alguna. Fue, esencialmente, un transgresor. Más allá de su inocultable sinofilia y de su decidida ubicación en la izquierda, fue incapaz de callar sus críticas y de aceptar ninguna «línea»; creo que en el fondo era un ácrata.
Sarandy incursionó prácticamente en todos los géneros literarios y fue, asimismo, un sutil crítico de arte.
Paralelamente a su compromiso social y político, Sarandy supo cultivar un fino sentido del humor. Es así que al lado de su poesía comprometida, fue capaz de abordar con singular éxito una poesía humorística y, por momentos, francamente cómica. Sus versos libertinos y procaces, reunidos en un volumen en el que también se incluye una incursión en lo escatológico («poemas al santo pedo»), son una muestra de ingenio irreverente de la más alta factura.
Como no soy crítico literario, prefiero conservar el recuerdo del Sarandy amigo y cálido anfitrión. Jamás olvidaré las veladas en su casa, donde solíamos reunirnos con el pretexto que fuera para leer poesía, contar cuentos, discutir, entre vinos y platos que preparaba con Inés para agasajarnos.
En estos tiempos globalizados y posmodernos en que reina la chatura cultural, será difícil soslayar la ausencia de Sarandy Cabrera. Como he dicho, muchas veces me tocó discrepar de algunas de sus temerarias opiniones sobre tópicos diversos. Pero quiero rescatar, más allá del disenso, el valor intelectual y la calidez humana de Sarandy, dos valores bastante devaluados en el mundo de hoy. *
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