"PUNTO Y RAYA": UN FILME VENEZOLANO QUE MIXTURA LA COMEDIA NEGRA CON LA TRAGEDIA COLECTIVA

La violencia está en nosotros

En nuestra América Latina, este fenómeno se ha tornado endémico desde hace casi medio siglo, inicialmente por los antagonismos ideológicos devenidos de la hoy descongelada «guerra fría» y luego por la instauración de dictaduras genocidas digitadas por el poder imperial.

Más allá de la recuperación de las democracias políticas en la mayoría de los países de la región, el crecimiento de la pobreza, la marginalidad y la exclusión opera como un disparador de los recurrentes estados de tensión.

Uno de los polos de mayor ebullición en el continente es, sin dudas, Colombia, país latinoamericano en el que conviven, simultáneamente, tres poderes radicalmente enfrentados entre sí: el oficial o legal representado por el gobierno, el de la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas), que controla vastas extensiones territoriales, y el del narcotráfico.

El filme venezolano Punto y raya, producido por el cineasta uruguayo José Novoa y dirigido por su esposa Elia Schneider, es un a menudo despiadado retrato de la violencia endémica instalada en la selvática y conflictiva frontera que separa a Venezuela de Colombia. El filme, que contiene abundantes apuntes de humor negro, narra las azarosas peripecias de un desertor del ejército venezolano y un soldado colombiano que lucha supuestamente por su patria.

La película, filmada con economía de recursos, imágenes dicromáticas y sepia, demuestra, no obstante, el indudable talento de un equipo de producción que, en el pasado, nos impactó con recordadas obras de la talla de Sicario y Garimpeiro, ambos filmes ya vistos en nuestro país.

El relato marca los antagonismos entre los dos personajes, a quienes separa una frontera que excede a lo meramente geográfico: la ética. Sin embargo, ambos comparten la peripecia de la supervivencia en condiciones realmente complejas, ya que, a su modo, son dos perdedores.

Extraviados en la espesura de una selva peligrosa, Cheito y Pedro se transforman involuntariamente en víctimas de guerras absurdas, entre insurgentes y narcotraficantes e incluso entre las tropas de los dos países, que luchan por territorios que ni ellos mismos saben a quién pertenecen. La narración  a la que la directora Elia Schneider imprime una sugestiva agilidad  evoluciona entre cruentos enfrentamientos armados, encuentros con guerrilleros y plantaciones de cocaína custodiados por narcotraficantes fuertemente armados, entre otras tantas vicisitudes. Sin embargo, aún en las secuencias de mayor tensión dramática, el relato no abandona su tono paródico, pese a que denuncia algunas conductas humanas inmorales, la corrupción institucionalizada en el poder y posturas bastante caricaturescas.

Por debajo de esa pátina deliberadamente satírica, los realizadores se las ingenian para construir un fresco humano casi siempre explícito, que desnuda, sin eufemismos, la tragedia de dos pueblos fagocitados por la violencia, el odio irracional, la pobreza y la marginación social.

Mediante una cámara inquieta y hurgadora, Punto y raya se asoma a una realidad a menudo ignorada, retratando algunos de los traumas más despiadados y recurrentes de América Latina, mediante un lenguaje que mixtura el drama con la comedia. *

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