MARIO BENEDETTI Y DANIEL VIGLIETTI VOLVERAN A PRESENTAR ESTA NOCHE SU RECITAL A DOS VOCES

Suma de talentos en el Teatro Solís

La sala estaba llena a reventar. La presencia del novelista, poeta, ensayista, Mario Benedetti, y del músico, compositor, cantante, Daniel Viglietti, reunió a un público muy variado con presencias importantes del mundo intelectual y político de nuestro país. No exageramos al decir que en mucho tiempo no habíamos tenido la oportunidad de vivir y gustar de un espectáculo tan logrado de principio a fin.

El recital, como siempre, integrado por canciones y poemas entrelazados, unidos y complementarios, está muy vivo, tras el tiempo transcurrido desde que Benedetti y Viglietti, lo crearon allá por el año 1978, en México.

Esa estructura poético-musical lleva en su seno la renovación del testimonio, en el sentido de que esa línea argumental pervive y se va adaptando a la realidad de nuestros días en función de la creatividad literaria y musical de los intérpretes.

El comienzo con «Cielito de los muchachos»  primera vez en que Viglietti canta un poema de Benedetti en la historia de A dos voces  va a pautar los múltiples significados y la hondura del concierto. Hay una veintena de canciones y otros tantos poemas para disfrutar.

Junto a los textos «El puente» y «Harapos», temas del repertorio del cantor argentino Antonio Tormo como «Puentecito de mi río» y «Mis harapos», se destaca, quizás como un sentido homenaje de Viglietti a una figura ya desaparecida, pero que influyó, como alguna vez él lo ha contado, en su decisión de cantar.

En este recorrido hay pasajes para memoriosos, como la evocación de Soledad Barrett, militante paraguaya, amiga de Mario y de Daniel, que fuera marcada con una esvástica en nuestro país, a comienzos de los años sesenta, por las hordas fascistas, en plena democracia.

En el recital también surge la figura del Che Guevara, la presencia de la lucha zapatista en Chiapas, y el drama de los desaparecidos. Allí, la canción de Viglietti sobre el texto de Circe Maia y el intenso poema de Benedetti «Desaparecidos», se conjugan con entrañable emotividad que golpea todas las conciencias y eriza la piel cada vez que se los escucha.

En el programa aparece la «Milonga cañera» de Zitarrosa, que exalta la lucha de los «peludos» en los cañaverales de Artigas, junto al poema de Benedetti dedicado a Raúl Sendic. O la mítica «Anaclara», que es una canción paradigmática que tiene la virtud de unir todos los tiempos uruguayos, abrazada a ese hermoso poema de Mario que es «Bienvenida». La mezcla de canciones de Atahualpa Yupanqui y de Violeta Parra, con las palabras de Benedetti -la voz pausada y clara del maestro que se encuentra en la plenitud de sus dotes creativas y expresivas- fluyen desde el clásico «Defensa de la alegría» hasta poemas como «Lento pero viene», «Tiempo sin tiempo», «Una mujer desnuda y en lo oscuro».

Los bises se suceden luego bajo los aplausos: «A vivir», y la particular fuerza de «El chueco Maciel». Renace la figura de Jorge Salerno poniendo música a poemas de Julián García en «Antojo» y «La llamarada», esta última canción unida al poema «Pregón», y coreada por el público y hasta por el propio Mario Benedetti . La gente despidió enfervorizada a estos dos símbolos vivientes que despiertan la admiración y el reconocimiento en tantas partes del mundo.

En los camarines del Solís, junto a Mario Benedetti, la noche del estreno, Daniel Viglietti nos confesaba: «Pensamos con Mario que en el camino nuevo que se abre en el país, frente a ese desafío, este «A dos voces», bien podría llamarse hoy «A dos alegrías». Para la función de hoy sábado 12 las entradas están agotadas desde hace varios días. *

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