"La brisa de la vida", en la Alianza
La situación es gastada: una esposa o ex esposa (Frances, una escritora), va a enfrentarse con la amante, hoy ex amante (Madelaine) a propósito del disputado Martin, un abogado libertino evocado, insistente y gris, por ambas mujeres otoñales.
¡Cuántos encuentros incómodos o fortuitos, que ni la imaginación ni la realidad propician, se han inventado en teatro sin mejor resultado que diálogos verbosos y faltos de ingenio!
He aquí un par de reflexiones cuya agudeza haría palidecer de envidia a Oscar Wilde: «Cualquier experiencia» (para un escritor) «es un buen material» o «Los libros son más fáciles de manejar que la gente». La traducción infama a nuestra lengua: el habla es chata y vulgar, con frases ridículas como «desde lo profundo de mi corazón», errores de vocabulario debidos a la rutina, como traducir «evidence», que es «prueba» en sentido forense, por «evidencia», que nada significa en el derecho; no faltan las expresiones que se quieren «fuertes» como si Martin se cogió o no cogió a su actual y joven novia antes de casarse, que disuenan en boca de dos damas intelectuales como las protagonistas. En cuanto a la acción dramática, simplemente no existe. Frances llega sin ser invitada; las mujeres se miden, se rozan, divagan, se quedan conversando; a la mañana siguiente Frances se va, sin cambios en ninguna de las dos vidas.
Ambas actrices dan sus partes con la muy escasa convicción que dimana del texto. Suelen decir de memoria un texto farragoso, al que no viven. Inevitablemente, los «furcios» aparecieron: no revelaron un déficit en las aptitudes interpretativas de Gelós y Groisman, sino la escasa sustancia del libreto.
LA BRISA DE LA VIDA, de David Hare, en traducción de Fernando Masllorens y Federico González del Pino, con Graciela Gelós y Susana Groisman. Escenografía de Adán Torres y Diego Aguirregaray, vestuario de Diego Aguirregaray, iluminación de Martín Blanchet, música de Sylvia Meyer, dirección general de Mario Ferreira. En Teatro Alianza, sala 2. *
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