Obras teatrales con denominador común
La idea aparece en seguida, apoyada por el viento caliente calor del triunfo de ayer: la escuela de teatro. Con medio día de dedicación se tiene para pagar el presupuesto y se podrá entonces… sigue la fábula de la lechera y el cántaro de leche.
Pero llega el momento en que los alumnos quieren actuar. Quizás saben que John Gielgud escribió que para formar un actor se necesitan quince años; ciencia ficción. ¡Por algo los cursos son de tres o cuatro años! Se gradúan; les dan, tal vez, un diploma; quieren actuar, porque para eso estudiaron. Las salas se ofrecen en buenos términos económicos; bienvenidos sean quienes le completen la programación. Los actores, pese a todo el pregonado «profesionalismo» y a que hay que «vivir del teatro» aceptan morir por el teatro, actuando por nada, o por breves viáticos, o por promesas de ganancias futuras, que es lo mismo que nada. La cartelera se inunda de espectáculos insuficientes, superficiales y faltos de preparación, cuyo único efecto es ahuyentar al público general del teatro. ¿Cómo no preferir el cine, con los diálogos acerados de «Closer» y su angustioso escrutar el destino, con las actuaciones de Jude Law y Julia Roberts, con la guía de Mike Nichols? El público no se resigna a escenarios con goteras, a butacas incómodas, sucias o remendadas, a textos frangollados. Esto se vuelve contra el teatro; los actores se quejan de que es un gremio con el 95% de desocupación. Los desocupados quieren actuar, que llaman «trabajar», e intentan la aventura otra vez, como una nueva salida de Don Quijote y el círculo recomienza.
En Manual de supervivencia para la mujer casada, Graciela Rodríguez como directora une su nombre, que atrae público cuando actúa, a un libreto de Andrés Tulipano y Jorge Denevi hecho a la disparada en base a viejos chistes, posiblemente exhumados de «Plop!» o «Telecaptaplúm». De los actores apenas reconocemos a Alejandro Martínez y de las tablas a Daniela Marotta, que no es actriz pero se planta con aplomo. Arcaico y repetitivo como masticar algodón. Pasemos.
Con Shakespeare comprimido podemos hablar de un fracaso. El director Mario Ferreira, que puso en escena con humor irreverente a «Sueño de una noche de verano», tiene gracia, un vigoroso sentido artístico, inteligencia, sentido del ritmo, del equilibrio y la proporción; creemos que es también muy generoso, tanto de su tiempo como de su talento y de su nombre. El texto original viene de Londres, donde «Shakespeare comprimido» tuvo un éxito extraordinario; pero hay un fondo de conocimiento de Shakespeare que el espectador inglés tiene y que el uruguayo no tiene. Muchos detalles se escaparán al público común; las alusiones suelen caer en el vacío; ¿de qué obra era esta frase? Los actores, egresados de la Escuela Municipal de Arte Dramático, se apoyan por demás en la «intervención» del público, que en realidad no interviene sino que padece, se distrae, se inquieta. Todos ríen, porque todo sale mal, gastado efecto. De Shakespeare se vio poco; de humor algo menos.
Me llaman barro aunque Miguel me llamen un desmañado texto de María Varela, utiliza a Miguel Hernández, cuenta algunos instantes de su vida, dice algunos de sus poemas en fragmentos; en otros puntos rellena con frases que quieren ser poéticas y no pueden. No hay un mínimo de la lectura atenta de los poemas de Hernández que la obra debió tener; no hay ni el esbozo de un fragmento de escena, como sí lo había, sobre el mismo poeta español, en «Compañero del alma» de Adriana Genta. Hay algo que quiere hacer las veces de coreografía y que parece un ir y venir de clase de gimnasia; hay un recitado irregular y librado a las fuerzas de cada uno, que incluye momentos deplorables, a cargo de actores que no tienen la menor idea de la poesía ni de cómo decirla y otros momentos en que se oye a alguien que va camino a la excelencia.
Pero Vodevil se lleva la palma. En algún sentido el espectáculo es extraordinario: pocas veces hemos visto tantos actores a la vez, tanto movimiento, tanto entrar y salir de personajes, tanta palabra dicha, susurrada, gritada. La idea del autor, Hugo Daniel Marcos, es que un vodevil debe contener gente que entra y que sale frenéticamente, encuentros amorosos furtivos que se descubren o que no se ven aunque estén delante, disfraces, trajes que se quitan y ponen, lencería a la vista. Pero si el autor tiene una idea del rumbo, ha omitido todo esfuerzo para llegar a su fin. En el vodevil los personajes no piensan, actúan movidos por el sistema nervioso o por impulsos eléctricos; pero el dramaturgo debe pensar por todos. Un mecanismo de relojería; no una batahola. Cuando el autor se cansa de su intriga recurre, como no podía ser de otro modo, al castigado «teatro dentro del teatro». Todo era un ensayo, la pieza viene ahora. Naturalmente, la pieza y su ensayo son un fracaso, todo sucede a destiempo y nuevas situaciones absurdas sustituyen a las anteriores. Lo lamentamos por el entusiasta elenco; pero el vodevil, más que muchos otros géneros, requiere actores extraordinarios que realcen cada escena, minuto a minuto. La empresa era imposible y posiblemente el director Ramón Alvarez lo comprendió así; siempre cabe el gesto de resignación, «es lo que hay». Estamos de acuerdo con esta invocación al principio de realidad; pero lo que hay es muy poco. *
MANUAL DE SUPERVIVENCIA PARA LA MUJER CASADA, de Andrés Tulipano y Jorge Denevi, con Yamila Castilhos, Daniela Marotta, Alessandra Moncalvo, Alejandro Martínez, Daniel Romano y Alexis Savia. Vestuario de Ruben Reyes, luces de Haydée Choca, música de Alfredo Leirós, coreografía de Daniela Marotta, dirección general de Graciela Rodríguez. En teatro de La Candela.
ME LLAMAN BARRO, AUNQUE MIGUEL ME LLAMEN, de María Varela, sobre textos de Miguel Hernández. Con Martín Castro, Yamel Clavelli, Susana Fuhrmann, Pablo Grimoldi, Silvana Mangini, Lupe Mannise, Pablo Modernell, Martín Pacheco, Gabriela Palazzo, Miriam Pelegrinetti, Emiliano Russo, Carlos Scuro, María Vidal, Graciela Vera y Bertha Moreno. Coreografía de Cristina Martínez, música y arreglos de Gregorio Bregstein, sonido de Betsey Segovia, luces de Hugo Leao. En el Teatro Circular, sala 1.
VODEVIL, de Hugo Daniel Marcos, por El Tinglado. Con Carina Méndez, Andrea Alberti, Roberta Sarubbo, José María Novo, Adrián Pérez, Edgardo Karval, Serrana Guerra, Natalia Bermúdez, Ricardo Gracián, Marcelo Martínez, Moriana Pena y Carlos O’Neill, dirección de Ramón Alvarez. En teatro El Tinglado.
SHAKESPEARE COMPRIMIDO, de Long, Singer y Borgeson, versión de Fernando Masllorens y Federico González del Pino, con Diego Arbelo, Damián Olveira y Leandro Núñez. Escenografía de Dante Alfonso, vestuario de Diego Aguirregaray, iluminación de Pablo Cotignola, ambientación sonora de Sylvia Meyer, dirección de Mario Ferreira. En teatro del Notariado.
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