Hace 130 años nacía Florencio Sánchez
Era hijo de Josefa Musante y Olegario Sánchez, fue bautizado en la iglesia del Carmen y su familia se trasladó a Treinta y Tres y posteriormente a Minas, cuando apenas tenía siete años de edad.
La vida de Florencio Sánchez fueron treinta y cinco años intensos, apasionantes, en donde conoció desde los mayores elogios hasta las más crueles calumnias.
Su personalidad recorrió diversas facetas, estudiante, empleado en la Junta Económica y Administrativa de Minas ( hoy Intendencia de Lavalleja), periodista, escritor, dramaturgo y revolucionario en las filas de Aparicio Saravia.
Con apenas 17 años, viaja por primera vez a Buenos Aires en 1892, donde se relaciona con periodistas y escritores vinculados al teatro criollo de la época. En diversos escenarios de la ciudad porteña se representan obras de Orosmán Moratorio, Abdón Aroztegui y Víctor Pérez Petit. Pero los mayores aplausos se los lleva el drama folletinesco Juan Moreira, representado en el legendario circo de los hermanos Podestá.
Vuelve a Montevideo para enrolarse en las filas de Aparicio Saravia. Esta etapa de su vida le servirá de experiencia para un descreimiento a todo lo que se consideraba un culto del coraje. Escribe el ensayo Cartas de un flojo, denunciando una lucha que cobraba demasiadas vidas inocentes en los dos bandos; Sánchez no creía en esa suerte de machismo, ni en el individualismo caudillista. Esta posición le valió duras críticas.
Vuelve a Buenos Aires a fines de 1898 y se relaciona con un político de peso y autoridad como Lisandro de la Torre. Se radica en la ciudad de Rosario, donde ejerce el periodismo en el diario La República y el 26 de junio 1902 estrena La gente honesta, el 13 de agosto M´hijo el dotor y el 2 de octubre el sainete Canillitas.
En esta trilogía de obras comienza a hacer sentir, con aguda observación y firmeza narrativa, su personalidad de escritor comprometido con las protestas sociales y las angustias de la gente.
Un teatro universal
«Esa será mi obra. Desentrañar del mismo seno de la vida, del drama de todos los días y de todos los momentos las causas del dolor humano, y exponerlas y difundirlas como un arma contra la ignorancia, la pasión y el prejuicio. No lo hemos perdido todo en la desgarrante contienda de los siglos. Hay síntomas de que la conciencia y la piedad subsisten en el hombre». Este texto que pertenece a su obra Nuestros hijos, resulta ser una declaración teórica sobre su orientación y los procedimientos creadores de toda su actividad de dramaturgo.
Todo lo suyo, lo hace consustanciado con las dificultades y sufrimientos de los humildes, de sus aspiraciones y de sus frustraciones. Refleja la lucha del hombre por sobrevivir en su entorno y condición social. En sus obras, todo está basado en que el medio se impone al individuo, lo condiciona, lo desmorona y lo destruye.
A diferencia de sus contemporáneos argentinos como Gregorio Laferrere, Eugenio Cambeceres, Leopoldo Lugones y Alberto Vaccarezza, quienes mueven sus personajes dentro de un pintoresquismo regional donde proliferan el gringo, el gallego, el gaucho, el conventillo, el arrabal, Florencio comienza a presentar personajes que orillan los peligros del alcoholismo, la prostitución, la decadencia económica, que los lleva a la degradación y a la pobreza. Ãl proyecta sus personajes y toda su obra hacia el universalismo, que es la meta de su teatro.
Florencio liquida con su obra los estereotipos de un mal llamado «teatro nacional». En una conferencia que dictó en Buenos Aires sostenía: «Esto del teatro nacional, señores míos es una verdadera sofisticación. El teatro no tiene bandera. Es universal, humano… Un rancho de paja y terrón por decorado, unos cuantos «canejos» y «ahijunas», cuando no expresiones de la jerga lunfarda porteña, con pasiones y sentimientos de importación teatral. Con estos elementos se fabricaba una obra nacional».
Los muertos, Barranca abajo, En familia, La pobre gente, La gringa apuntan aspectos en donde todo está tratado por el genial dramaturgo sin retóricas, con crudo realismo, con recursos parlamentarios y técnicas teatrales que siguen resistiendo, en la mayoría de los casos, el paso del tiempo.
Toma contacto con el mundo de la burguesía cuando en 1906 estrena El pasado una obra donde una familia de fuerte poder económico, con buena formación cultural, se plantea el dilema de una relación amorosa, definida de ilegal, haciéndolo con ojos hipócritas y con poses prejuiciosas, muy del gusto de las clases dominantes que intentaban imponer su estilo de vida a la sociedad de los comienzos del siglo XX.
En Los derechos de la salud, plantea el drama de los enfermos, quienes durante años encadenan a los sanos a su destino. Por su parte en Nuestros hijos se refiere al tema de la maternidad que encierra una forma ilegítima, condenando socialmente a la protagonista.
Estos tres dramas los estrena entre 1906 y 1908, pero en medio de ellos pone en escena en julio de 1907 el sainete Marta Gruni, cuya acción se desarrolla en el patio de un conventillo, donde la protagonista hace imperar la libertad de amar sin los prejuicios de las clases altas.
Sus últimos años
El ciclo brillante de Florencio Sánchez fue cortado brutalmente por su muerte y cuando se hallaba en su madurez de dramaturgo. En 1907, en un viaje a Montevideo comienza sus gestiones para trasladarse a Europa y obtiene una pensión votada por la Cámara de Diputados. En 1909, el presidente Claudio Williman lo designa para concurrir a la Exposición Artística de Roma. Al año siguiente, encontrándose en Milán es internado en el hospital de la caridad de esa ciudad, donde fallece de tuberculosis el 7 de noviembre de 1910.
A 130 años de su nacimiento sus obras esperan, desde hace un tiempo, ser representadas en nuestro país con soplos renovadores, pero rescatando la verdadera intención de Florencio Sánchez. La Comedia Nacional puso a mediados de 2001, en el Teatro Victoria, Barranca abajo, luego se olvidaron del dramaturgo. *
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