Escrito por: MARIA CARMONA

Liscano, nacido en Uruguay en 1949, integró el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, y estuvo preso bajo la dictadura militar uruguaya entre los 22 y los 35 años de edad. Fue en la cárcel que empezó a escribir. Liberado en 1985, se exilió en Suecia, donde publicó su primer libro. En 1996, regresó a Uruguay.
Las traducciones francesas de su novela El camino a Itaca (editorial Belfond) y del libro de cuentos El informante y otros relatos (editorial Inédit 10/18) salen a la venta simultáneamente mañana en Francia
En ParÃs, donde viajó para asistir al lanzamiento de las dos obras, el escritor evocó en entrevista con la AFP sus años de prisión y de exilio, su inquietudes de escritor y sus influencias literarias.
-¿Se siente haber perdido o que le robaron años cuando se ha pasado gran parte de la juventud preso?
-Nunca tuve la sensación de juventud perdida. Mi juventud es esa. En la cárcel me hice hombre, conocà a mis mejores amigos, me salieron canas. No siento que haya perdido nada. Yo no serÃa escritor, no tendrÃa esta cara ni esta voz si no hubiera estado preso. Esa es mi vida, tuvo muchas cosas malas y dolorosas, pero también muchas cosas buenas. Cuando me encuentro con mis compañeros queda siempre ese calor en el corazón de gente que eligió un camino, un compromiso y que pagó un precio por ello. Eso sÃ, no acepto que, desde un punto de vista ético, cualquiera pueda juzgar ese compromiso de unos jóvenes que, en el acierto y en el error, pusieron todo lo que tenÃan, no para beneficiarse, sino para cambiar una situación de injusticia que llevaba siglos. No soy tan ingenuo como para decir que todo lo que hicimos estuvo bien o que me alegra haber estado preso. Pero esta es mi vida, no tengo otra. Yo era tupamaro. De esa época reivindico, no polÃticamente sino éticamente el compromiso con la realidad en la que uno vive, frente a la indiferencia o el dejar pasar que vinieron después.
-¿Cómo empezó a escribir?
-Estudiaba matemáticas, pero en la cárcel era difÃcil avanzar sin un maestro al lado y yo no lo tenÃa. Cuando llevaba ocho años preso, vi que no podÃa continuar. TenÃa muchos años por delante, no habÃa ninguna perspectiva de salir. Decidà entonces escribir, como desafÃo personal y para pasar el tiempo.
Fue un año de mucha represión en la cárcel, que ya es decir, pero también en la cárcel habÃa perÃodos en que la represión era más dura. La represión sobre la actividad intelectual y creativa era grande.
Creo que es el intento de quitarle al individuo toda posibilidad de arraigarse en algo, aunque sea en la propia actividad. Escribir estaba pues prohibido.
-¿Cómo hizo para escribir y guardar los escritos?
-Papel y bolÃgrafo habÃa porque estábamos autorizados a escribir cartas. Yo no escondÃa los escritos, los dejaba ahÃ. A veces se los llevaban.
En el año 84, cuando se empezó a hablar de la posibilidad de que se liberaran presos, yo empecé a escribir en letra muy pequeña y a proteger los papeles.
Después hubo una historia que parece inventada. Un compañero que iba a salir en libertad tenÃa una guitarra, y le pedà que me sacara los papeles. El desarmó la guitarra, pegó mis papeles adentro, la volvió a encolar y salió con la guitarra y los papeles. Eran siete libros, y con el correr de los años se han publicado todos.
-Al leer su obra se piensa inmediatamente en Kafka. ¿Se reconoce en esa influencia o se trata de un resultado de su experiencia personal?
-Creo que es el resultado de las dos cosas, el gusto por la literatura de Kafka o de Buzzatti, y la vida. Porque el absurdo de Kafka refleja bien la vida de las cárceles, de una burocracia enmarañada e incomprensible, en la que las cosas están por encima de los individuos y los individuos son tratados como cosas de segunda categorÃa.
Soy más bien ecléctico en cuanto a influencias, pero sà tengo una tendencia a divertirme con las cosas absurdas, de manera que me inspiran Kafka, Beckett, Felisberto Hernández o esa cosa arrasadora que tiene Celine en Viaje al fin de la noche.
-El desarraigo es un tema recurrente en sus libros. ¿Se siente un desarraigado?
-Cuando volvà a Uruguay empecé una etapa de arraigo en mi propio paÃs, y espero que ésta sea la última etapa, después de los trece años de cárcel y los once de exilio. Son muchos años fuera de la sociedad uruguaya, y creo que eso se nota en mis libros.
Es verdad que casi todos mis personajes tienen un desarraigo, han sido abandonados por algo o han abandonado algo. Incluso se nota en el lenguaje, en la cárcel hay un lenguaje que no evoluciona como el de la sociedad, y al haber vivido muchos años en el exterior se adopta un español internacional para ser comprendidos por todos.
El vivir en dos lenguas también influye en cómo se escribe. Los crÃticos dicen que eso se nota en mi lenguaje, que es difÃcil de situar en un lugar preciso.
-¿Cómo evalúa la situación actual del Uruguay?
-Con la victoria de la izquierda tenemos la gran esperanza, la gran ilusión, de cambiar lo que se pueda, porque en los paÃses dependientes las cosas no se pueden cambiar fácilmente. *
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