EL EX PRESO POLITICO Y ESCRITOR URUGUAYO CARLOS LISCANO PUBLICA SUS LIBROS EN FRANCIA

El compromiso contra la indiferencia

Liscano, nacido en Uruguay en 1949, integró el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, y estuvo preso bajo la dictadura militar uruguaya entre los 22 y los 35 años de edad. Fue en la cárcel que empezó a escribir. Liberado en 1985, se exilió en Suecia, donde publicó su primer libro. En 1996, regresó a Uruguay.

Las traducciones francesas de su novela El camino a Itaca (editorial Belfond) y del libro de cuentos El informante y otros relatos (editorial Inédit 10/18) salen a la venta simultáneamente mañana en Francia

En París, donde viajó para asistir al lanzamiento de las dos obras, el escritor evocó en entrevista con la AFP sus años de prisión y de exilio, su inquietudes de escritor y sus influencias literarias.

 

-¿Se siente haber perdido o que le robaron años cuando se ha pasado gran parte de la juventud preso?

-Nunca tuve la sensación de juventud perdida. Mi juventud es esa. En la cárcel me hice hombre, conocí a mis mejores amigos, me salieron canas. No siento que haya perdido nada. Yo no sería escritor, no tendría esta cara ni esta voz si no hubiera estado preso. Esa es mi vida, tuvo muchas cosas malas y dolorosas, pero también muchas cosas buenas. Cuando me encuentro con mis compañeros queda siempre ese calor en el corazón de gente que eligió un camino, un compromiso y que pagó un precio por ello. Eso sí, no acepto que, desde un punto de vista ético, cualquiera pueda juzgar ese compromiso de unos jóvenes que, en el acierto y en el error, pusieron todo lo que tenían, no para beneficiarse, sino para cambiar una situación de injusticia que llevaba siglos. No soy tan ingenuo como para decir que todo lo que hicimos estuvo bien o que me alegra haber estado preso. Pero esta es mi vida, no tengo otra. Yo era tupamaro. De esa época reivindico, no políticamente sino éticamente el compromiso con la realidad en la que uno vive, frente a la indiferencia o el dejar pasar que vinieron después.

 

-¿Cómo empezó a escribir?

-Estudiaba matemáticas, pero en la cárcel era difícil avanzar sin un maestro al lado y yo no lo tenía. Cuando llevaba ocho años preso, vi que no podía continuar. Tenía muchos años por delante, no había ninguna perspectiva de salir. Decidí entonces escribir, como desafío personal y para pasar el tiempo.

Fue un año de mucha represión en la cárcel, que ya es decir, pero también en la cárcel había períodos en que la represión era más dura. La represión sobre la actividad intelectual y creativa era grande.

Creo que es el intento de quitarle al individuo toda posibilidad de arraigarse en algo, aunque sea en la propia actividad. Escribir estaba pues prohibido.

 

-¿Cómo hizo para escribir y guardar los escritos?

-Papel y bolígrafo había porque estábamos autorizados a escribir cartas. Yo no escondía los escritos, los dejaba ahí. A veces se los llevaban.

En el año 84, cuando se empezó a hablar de la posibilidad de que se liberaran presos, yo empecé a escribir en letra muy pequeña y a proteger los papeles.

Después hubo una historia que parece inventada. Un compañero que iba a salir en libertad tenía una guitarra, y le pedí que me sacara los papeles. El desarmó la guitarra, pegó mis papeles adentro, la volvió a encolar y salió con la guitarra y los papeles. Eran siete libros, y con el correr de los años se han publicado todos.

 

-Al leer su obra se piensa inmediatamente en Kafka. ¿Se reconoce en esa influencia o se trata de un resultado de su experiencia personal?

-Creo que es el resultado de las dos cosas, el gusto por la literatura de Kafka o de Buzzatti, y la vida. Porque el absurdo de Kafka refleja bien la vida de las cárceles, de una burocracia enmarañada e incomprensible, en la que las cosas están por encima de los individuos y los individuos son tratados como cosas de segunda categoría.

Soy más bien ecléctico en cuanto a influencias, pero sí tengo una tendencia a divertirme con las cosas absurdas, de manera que me inspiran Kafka, Beckett, Felisberto Hernández o esa cosa arrasadora que tiene Celine en Viaje al fin de la noche.

 

-El desarraigo es un tema recurrente en sus libros. ¿Se siente un desarraigado?

-Cuando volví a Uruguay empecé una etapa de arraigo en mi propio país, y espero que ésta sea la última etapa, después de los trece años de cárcel y los once de exilio. Son muchos años fuera de la sociedad uruguaya, y creo que eso se nota en mis libros.

Es verdad que casi todos mis personajes tienen un desarraigo, han sido abandonados por algo o han abandonado algo. Incluso se nota en el lenguaje, en la cárcel hay un lenguaje que no evoluciona como el de la sociedad, y al haber vivido muchos años en el exterior se adopta un español internacional para ser comprendidos por todos.

El vivir en dos lenguas también influye en cómo se escribe. Los críticos dicen que eso se nota en mi lenguaje, que es difícil de situar en un lugar preciso.

 

-¿Cómo evalúa la situación actual del Uruguay?

-Con la victoria de la izquierda tenemos la gran esperanza, la gran ilusión, de cambiar lo que se pueda, porque en los países dependientes las cosas no se pueden cambiar fácilmente. *

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