El eterno retorno de la pintura
Es un tema que se plantea y se discute desde que el filósofo Hegel rubricó la muerte del arte. Precedida por el atentado de la ETA, la recién inaugurada AR.CO, feria de arte madrileña, apuesta a la pintura. Entre las muchas que se diseminan por el mundo AR.CO es la menos interesante, adicta al mundanal ruido, como lo demuestran los 200 mil visitantes que concurren cada año. Esos visitantes van al recinto ferial a disfrutar de una verbena distinguida, que gratifica socialmente, aunque estén ajenos a las obras y a las charlas o coloquios que se realizan. El aumento del precio de la entrada a partir de la actual edición obedece a la nueva orientación de los organizadores al desestimular la asistencia masiva y crear un público más atento a la recepción del arte. La más importante de todas, la de Basilea, prevista para el mes de junio, apenas si convoca 50 mil personas. La mayoría no es especialista en arte, sin duda. Pero las galerías son seleccionadas con lupa y la audacia de los nuevos lenguajes alternan con el arte del siglo XX y sus maestros, algo que no siempre es posible encontrar en los grandes encuentros internacionales de larga tradición.
En estos días, la Galería Saatchi de Londres se ufanó en titular una exposición de media docena de artistas como El triunfo de la pintura. Eligió seis artistas (re) conocidos en encuentros internacionales para demostrar que la pintura volvió, aunque sin fuerza. No pudo ser más desdichada y tramposa la elección. Todos son artistas veteranos y algunos fallecidos. Mal pueden representar la situación actual. Aunque la pintura siga siendo mayoritaria, las generaciones recientes prefieren las instalaciones, fotografía, video, los lenguajes multimedia que se imponen sin prisa y sin pausa.
En la Saatchi se exhiben obras de Martín Kipperberger (murió en 1997 cuando se realizaba la Documenta X de Kassel), y su pintura es apenas un aspecto de una obra más vasta y compleja, caracterizada por la subversión permanente, la mezcla irreverente entre lo popular y la tradición histórica del arte, de una agresividad y un erotismo, por momentos, de una crueldad insoportable. Marlene Dumas es una pintora sudafricana radicada en Holanda al igual que el belga Luc Tuymans (una de las desilusiones de la última bienal paulista) de discreta obra, aunque muy apreciada por los marchands. Hermann Nitsch, perteneció al accionismo vienés de hace 40 años, denominado también arte tortura (llegó a cortarse los testículos en un happening), ahora se dedica a la pintura dejando atrás su pasado feroz difundido en fotografías documentales, mientras Jörg Immendorf, un neoexpresionista domesticado, un mediocre discípulo del maestro Joseph Beuys, se repite a lo largo de décadas. El sexto es Peter Doig, de menor difusión. La Colección Saatchi, célebre por los escándalos que provocó en el puritanismo estadounidense (al igual que en Gran Bretaña) al presentar a los jóvenes iconoclastas británicos, los abandonó de repente y sin misericordia, luego del incendio de una parte de su colección, y decidió apostar a los buenos negocios de las telas pintadas.
Entre la abundante literatura referente a la pintura y su destino, a su inevitable ciclo histórico, conviene recordar sólo dos frases definitorias y anticipatorias del problema, escritas en la primera mitad del siglo. Una, procede del novelista, pintor y ensayista D. H. Lawrence: «Todo lo que era susceptible de ser pintado estaba ya pintado y cada pincelada que pudiera trazarse en el lienzo había sido dada». La otra pertenece a Oswald Spengler: «Todas las artes no las obras singulares, sino el arte en su conjunto- son mortales. Llegará el día en que el último retrato de Rembrandt deje de existir, pues aunque la tela pintada quede intacta habrá desaparecido el ojo capaz de percibir esta forma de lenguaje».
Además, sería instructivo que muchos fervorosos defensores de la presunta vigencia de la pintura leyeran o repasaran los libros de Paul Virilio, para saber dónde están parados en materia de percepción visual. O, simplemente, observaran el demencial ascenso del turismo (los turistas, esos insectos felices, compran cuadros y cuadritos al desembarcar de los cruceros, otra nefasta manía consumista) que reduce la realidad a un souvenir, porque si bien impulsa la economía y la diversidad cultural, también transforma la vida y el arte en mercancía, la tradición en folclore maquillado, los paisajes en postales, las playas en vertederos, los lugares de culto en mercado de baratijas, como sentenció, con implacable lucidez, Yves Michaud. Si el entorno social se modificó es inevitable que los modos tradicionales de representarlo también lo acompañen.
No todas las obras del arte actual alcanzan el nivel óptimo de convicción y rotundidad creadora, no todos se llaman Bill Viola, Bruce Nauman, Paul Mc Carthy, Matthew Barney, Pipilotti Rist, Douglas Gordon o Stan Douglas, para mencionar algunas personalidades sólidas, referentes obligados del firmamento artístico actual, elegidas entre los cien grandes del arte internacional por la revista alemana Capital, según una encuesta (siempre discutible) entre museos de arte contemporáneos, coleccionistas y subastas. La generación del segundo milenio, incluso la uruguaya, optó por la complejidad de la práctica artística que no se reduce, por cierto, al planismo de una tela pintada. *
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