Una aguda mirada sobre la eutanasia
Mar adentro ha sido el más elogiado, premiado y discutido filme español de la pasada temporada, ganador de varios galardones internacionales (entre ellos el premio Europeo a mejor actor y mejor director y un León de Plata en Venecia) y aspirante a otras distinciones, entre ellas el Globo de Oro al actor (Javier Bardem) y película extranjera. Ganó esta última y Bardem perdió (ante Leo Di Caprio, por El aviador), pero en cambio logró colocarse entre las cinco candidatas al Oscar a mejor filme en lengua no inglesa, representando a España en lugar de La mala educación de Pedro Almodóvar que también soñaba con ese premio. También arrasó en la entrega de los premios Goya, con catorce estatuillas sobre quince candidaturas.
Una parte de las polémicas sobre la película derivan de su tema, que pone sobre el tapete el problema de la eutanasia y sus disyuntivas éticas y médicas. Lo hace a partir de un caso real, el del marinero gallego Ramón Sampedro, que quedó tetrapléjico a los veinticinco años a consecuencia de un accidente en la playa, y peleó largamente con las autoridades españolas reclamando el derecho a una «muerte digna». Cuando la Justicia española rechazó su pedido, el hombre logró que familiares y allegados le proporcionaran el requerido cianuro (otras fuentes dicen arsénico), aunque según se supo hace poco las cosas no salieron exactamente como los interesados deseaban: quien participó en el acto, y que ha sido llamada sin vueltas «asesina» por los familiares de Sampedro, ha contado que la agonía fue más larga y menos indolora de lo que se esperaba.
La opción estética del director Amenábar ha sido empero asordinar los aspectos morales y políticos y las reacciones sociales en torno al tema, convirtiendo su filme en un acercamiento intimista a un drama humano. La injustamente desprestigiada palabra «melodrama» ha sido esgrimida (no necesariamente con un sentido peyorativo) a propósito del filme: Amenábar y su guionista Mateo Gil son muy conscientes de los alcances emocionales de su asunto, y los explotan a fondo. Hay que ser de piedra para no adherir a los padecimientos de este enamorado de la vida que (por eso mismo, según lo entiende), no quiere prolongarla indignamente.
La composición protagónica de Javier Bardem es el eje del filme, y Amenábar la aprovecha adecuadamente. En lo exterior hay un visible cuidado de maquillaje (el equipo de maquilladores, que incluye a la uruguaya Mara Collazo, es el mismo de Las horas), para mostrar la transformación física y del deterioro del personaje, que debe soportar también sin embargo, la indagatoria de primerísimos planos a que el director lo somete para investigar su interioridad. En ese manejo de los matices de la sicología emocional se ubican los mejores logros del filme, en el que Amenábar parece estar evolucionando desde las habilidades narrativas, pero también los despliegues de técnica y efectismo que caracterizan sus primeros trabajos. (Tesis, Abre los ojos, Los otros), para incursionar en territorios de mayor sobriedad expositiva, quizás impuestos por el propio tema que encierra a su personaje en un espacio limitado (hay de todos modos algunos alardes de técnica a los que el cineasta es afecto). Alguien recordaba hace poco que John Ford había dicho alguna vez que Monument Valley era el segundo mejor paisaje cinematográfico del mundo: el primero era el rostro humano. Amenábar parece haber aprendido la lección. *
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