Don Quijote de La Mancha
l único bastión capaz de detener a esas fuerzas oscurantistas que nos retrotraen a una nueva Edad Media en pleno siglo XXI es sin dudas la cultura, herramienta indispensable para construir la democratización del conocimiento y el espíritu crítico.
En ese contexto de aguda crisis planetaria de la sensibilidad, la Real Academia Española asumió el monumental desafío de reeditar «El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha», el inmortal clásico de Miguel de Cervantes Saavedra, a casi cuatro siglos de su primera edición, registrada en 1605.
Esta obra indispensable de la literatura universal, llega a los anaqueles de las librerías en una publicación conjunta de la Asociación de Academias de la Lengua Española, que integran 21 países del mundo iberoamericano, entre los que naturalmente se encuentra Uruguay.
Para facilitar un masivo acceso del público y la más amplia difusión de esta obra consular de la literatura castellana, de común acuerdo, se estableció un precio de venta económico, que quizás no cubre ni siquiera los costos de impresión.
La versión de esta obra maestra ocupa 1.100 páginas y la fijación del texto, con sus notas, está a cargo de Francisco Rico. El volumen se completa hasta las 1.360 páginas, con un extenso y revelador prólogo del novelista peruano Mario Vargas Llosa y estudios a cargo de Martín Riquer y Francisco Ayala.
El volumen – finamente encuadernado y con tapas duras – contiene otros trabajos de análisis de destacados intelectuales, como José Manuel Blequa, Guillermo Rojo, José Antonio Pascual, Margit Frenk y Claudio Guillén, a lo que se añade un completo glosario de 7.000 entradas de palabras, locuciones, proverbios y refranes propios del lenguaje cervantino.
La reeditada obra recupera naturalmente le épica mitológica del caballero de la triste figura, enjuto y huesudo personaje que cabalga por las llanuras de La Mancha sobre su viejo rocinante, tan desahuciado como él. Su compañero de aventuras es obviamente el patético gordinflón escudero Sancho Panza y su no menos desaliñado asno.
En el difundido relato, el ingenioso hidalgo sigue el curso cardinal de su locura, inflamada por la febril lectura de las novelas de caballería, que constituían un universo que ciertamente jamás existió.
El propósito de este personaje de rasgos paródicos y hasta grotescos, es recrear el mito de un mundo justo, mitigar el sufrimiento de los más débiles, combatir el abuso de los más fuertes y el exceso de poder.
En su elocuente «Discurso sobre las armas y las letras», el propio Quijote se lamenta que ya la guerra no es una contienda de destrezas y talentos, un desafío individual donde está en juego el honor y el valor, sino una impiadosa orgía de sangre donde el tronar de los cañones y la artillería dirimen las supremacías a grandes distancias.
La utopía de Alonso Quijano, devenido por su enfermiza fantasía en caballero andante, como atinadamente lo afirma el novelista Mario Vargas Llosa en su prólogo: «es realizar el mito y transformar la ficción en historia viva». De ello se infiere el propósito, no de recrear un pasado que es un mero espejismo, sino de construir la utopía perfecta, recurrente en el decurso de la historia, el tiempo y el espacio.
En el devenir del extenso relato, la ficción madre legítima de la obra se fagocita paulatinamente a la realidad, pese a las pequeñas catástrofes y golpizas padecidas por el paródico personaje y su fiel escudero.
En esa lucha contra los molinos de viento, la nada y el todo de su enajenada epopeya, el Quijote elabora una radical alegoría entre el Bien y el Mal, en la que colisionan dos mundos paralelos que discurren por territorios antagónicos.
Esa locura, que en determinado momento parece mimetizarse con la cordura, es ciertamente contagiosa porque «contamina» a numerosos personajes circundantes, que procesan sus propios miedos e inseguridades evadiendo a la realidad.
Uno de los temas sin dudas capitales de la obra refiere a los valores, como la justicia, la moral y la libertad, que, en el caso de Cervantes, tiene un sentido autobiográfico. Como se recordará, el autor padeció duros períodos de reclusión.
En la extensa novela, la libertad asume un sentido simbólico, que la asocia el pleno usufructo del albedrío, los derechos individuales naturales más allá de lo meramente jurídico y la inalienable autodeterminación de la voluntad.
El personaje simboliza todos esos capitales humanos intangibles, manifestándose como un acérrimo enemigo del autoritarismo y la esclavitud, a la cual naturalmente no es ajena la pobreza y otras lacras sociales.
En esta actitud, hay incluso un claro desafío al poder que adquiere dimensiones exacerbadas, que en los siglos posteriores marcará el rumbo de la historia real del mundo, con el desmoronamiento de las monarquías y el advenimiento de los sistemas republicanos de gobierno.
El Quijote representa el paradigma total por antonomasia, porque condensa en su personalidad la ética de la solidaridad y la vocación de servicio a sus semejantes, tan dramáticamente devaluados en tiempos contemporáneos.
Uno de los rasgos sin dudas más notables de la emblemática obra es su narrativa de anticipación. Cervantes construye un relato que contiene numerosos relatos o historias implícitas, pero a la vez manipula deliberadamente los tiempos.
Esta técnica que revolucionó los cánones literarios de la época es característica de la novela moderna y naturalmente del cine, que suele construir su arquitectura narrativa mediante flashbacks.
La pluma del autor fractura los tiempos del relato, mediante la superposición de eventos y otras estratagemas escriturales. Incluso, no es casual que algunos personajes de la segunda parte de la obra demuestren haber leído la primera.
Un aspecto relevante y ciertamente novedoso para la literatura de la época, es que numerosos agonistas se transforman a su vez en relatores, en una suerte de reivindicación de la añosa tradición oral, fuente esencial y materia prima de la literatura de todos los tiempos.
Un aspecto no menos relevante de la épica cervantina o quijotesca, son los lenguajes del relato. Quizás Quijote sea un alter ego de Cervantes, pero las criaturas de ficción que comparten sus territorios literarios tienen su propia voz, sus sentimientos, sus gestualidades y sus sueños.
La perennidad del Quijote no se limita meramente al estilo, la técnica o el manejo de los tiempos narrativos que sabiamente construyó el gran Cervantes.
Lo más trascendente de este extenso relato de héroes y antihéroes perdedores, venturas y desventuras, claros y oscuros y radicales fracturas entre la realidad y la ficción, es el legado en valores que sin dudas atesora la magistral obra.
Es un clásico por antonomasia, porque en lo sustantivo parece haber sido escrita ayer o en el siglo pasado. Los cuatrocientos años que han transcurrido desde la publicación de la primera edición, sólo han coadyuvado a alimentar la grandeza de esta epopeya mayor de las letras universales.
El tema nuclear de «Don Quijote de la Mancha» más allá de eventuales disquisiciones dialécticas es la condición humana, que Cervantes retrata minuciosamente, a través de numerosas situaciones y los personajes que ocupan los paisajes del relato.
El Quijote es cómico pero también es intrínsecamente trágico, porque la frontera entre esos dos territorios aparentemente antagónicos, es casi siempre imperceptible.
El libro es una caricatura despiadada, más que de la época del autor, de todas y cada una de las épocas de la milenaria historia de la humanidad.
Los
relatos contenidos en la novela que puede leerse perfectamente bien por partes y sin un criterio rigurosamente cronológico oscilan siempre entre la fantasía como proyecto existencial y la fantasía como quimera.
Sus personajes mixturan lo ridículo con lo grotesco y hasta lo patético, como parte de una articulada síntesis que desestima toda visión idílica de la realidad, aún en aquellos pasajes más jocosos.
El Quijote es surrealista por la desaforada alienación de su personaje protagónico que muere precisamente cuando recupera la cordura, pero – sin apartarse de la ficción – puede ser también contundentemente realista, por la habitual crudeza en el desenlace de algunos cuadros y situaciones.
Aunque apela recurrentemente al absurdo, la obra de Cervantes es alegórica, metafórica y ciertamente hasta didáctica, lo que explica su universal intemporalidad.
Esta nueva reedición de «El ingenioso hidalgo Don Quijote de
La Mancha» comporta todo un acontecimiento para la cultura universal, por la brillante contextura literaria de la obra y la perdurabilidad de los valores que reivindica. *
(Edición de la Real Academia Española)
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