UN BALANCE DE LA CINEMATOGRAFIA QUE PUDO VERSE ESTE AÑO EN NUESTRO PAIS

Lo mejor de la pantalla grande

Tal puede ser el caso de Las invasiones bárbaras de Denys Arcand (Oscar a Mejor Película Extranjera) ya que no muchos filmes pueden aglutinar tantos temas de peso como la eutanasia, el desencanto político, la amistad, los enfrentamientos generacionales, la corrupción o la droga -entre otros- y salir airosos de la propuesta. Estas «invasiones bárbaras», suerte de continuación de La decadencia del Imperio Americano resultó una de esas magistrales excepciones que dieron cátedra en la pantalla grande del año que finaliza. Una gran película. Vale la pena subrayar, también, el documental galo Ser y tener de Nicolas Phillibert que abordó el universo de una escuela rural de la campiña francesa, profundizando además en el contexto de sus «actores». Un trabajo de plena emotividad y riguroso ojo crítico para ahondar en una realidad compleja que elevó este trabajo documental a la altura de obra maestra. Obviamente Elefante de Gus Van Sant resultó otro punto alto a tener en cuenta en el presente balance.

Esta rigurosa búsqueda casi documental que profundizó en la vida cotidiana de varios estudiantes de una preparatoria norteamericana, logró iluminar sobre nihilismos, violencias potenciales y otros desencantos dentro de un universo sutilmente cerrado.

 

Reconstrucciones y esplendores

No menos importante -a juicio de quien suscribe- resultó el alucinante filme danés Reconstrucción de un amor de Christoffer Boe, que obtuviera el Premio Fipresci como Mejor Director por este ejercicio cinematográfico que fusiona realidades paralelas, desconcertantes e incluso absurdas, en medio de una sugestiva historia de amor. Envuelto en un clima de sofisticada elegancia, el largometraje alcanzó picos de excelencia estética logrando plasmar un especial estado de ensueño para el disfrute cinéfilo.

Otro filme que jugó con realidades y ficciones en un sutil juego de confrontación fue Esplendor americano, de Shari Springer Berman y Robert Pulcini. Basado en la historieta homónima «American splendor» de Robert Crumb, (que llevó al papel las auténticas anécdotas del oficinista Harvey Pekar, un típico antihéroe estadounidense) el largometraje rompió esquemas narrativos para intercalar fragmentos de la vida real del auténtico Pekar con dibujos animados y escenas ficcionadas donde los actores se entrecruzaban con los protagonistas reales de las historias. De lo mejor del año, sin dudas.

El mismo calificativo puede otorgarse a la inusual experiencia de El arca rusa dirigida por Aleksandr Sokurov, un trabajo inconmensurable que, en una sola toma de noventa y seis minutos pasa revista a la historia de Rusia a través de un recorrido por el Museo Hermitage. Con una concepción estética que anula el montaje, Sokurov y el cameraman germano Tillman Buettner lograron una deslumbrante obra artística que, entre otras cosas, reivindica la esencia el nacionalismo ruso, adopta una actitud parricida frente a ciertos convencionalismos cinematográficos clásicos y despide, con orgullo, las pasadas glorias del imperio.

El mismo deslumbramiento, por cierto, produjo el filme épico Héroe de Zhang Yi Mou, una auténtica maravilla del séptimo arte.

También Good bye, Lenin del cineasta germano Wolfang Becker puso algunas cosas en su sitio a través de un singular enredo guionístico, en forma de comedia, que sirvió como pretexto para consolidar una certera sátira sobre rigideces ideológicas enfrentadas a procesos acelerados de cambio.

Homenaje melancólico de las utopías y sueños perdidos de toda una generación, Good bye, Lenin supuso un punto alto en la cartelera de la presente temporada. Otro punto a tener en cuenta fue Corazones abiertos (Premio Fipresci Mejor Director en el Festival de Toronto), de la realizadora Susanne Bier donde un accidente automovilístico se convertía en el factor detonante que desataba pasiones insospechadas en los involucrados. Quien también volvió a estar en el candelero fue el director Quentin Tarantino con Kill Bill (II), continuación que terminó uniendo todas las piezas del largometraje anterior para redondear una historia delirante sobre la venganza de una asesina profesional traicionada por su propio jefe.

En resumen, el largometraje resultó un tributo cinéfilo, entre otras cosas, al spaghetti western, a los filmes de artes marciales y a todo producto de acción cuyo espíritu popular se reivindicó a través de un homenaje de hipnótica fascinación. Este componente de fascinación también estuvo presente en Shrek (II), continuación de las andanzas del ogro verde que se convirtió en uno de los diez largometrajes más vistos en la historia del cine. Es que la propuesta de Andrew Adamson, Kelly Asbury y Conrad Vernon -directores del proyecto animado- resultó un ejercicio enteramente disfrutable para chicos y grandes, además de revertir mitos y prejuicios de los cuentos de hadas.

Mención especial para Perdidos en Tokio, de Sofía Cóppola, Jinete de ballenas, de Niki Caro, 21 gramos, de Alejandro Gómez Iñárritu y El gran pez, de Tim Burton.

 

Rupturas y testimonios

Por su parte, Dogville de Lars Von Trier marcó un corte rupturista en su propuesta estética. Para los espectadores que conocían la trayectoria del cineasta danés (Rompiendo las olas y Bailar en la oscuridad), la despojada ambientación de Dogville no debe haberlos sorprendido demasiado.

Sin embargo, detrás de esa aparente edición cinematográfica de una pieza teatral (sin mayor apoyo visual que algunas líneas de contornos arquitectónicos dibujadas en el piso y poco más) se presentó una visión bastante cínica, inquietante y demoledora de la naturaleza humana. Continuando con el balance podríamos decir que Mi vida sin mí de la barcelonesa Isabel Coixet resultó otra experiencia cinematográfica de primer nivel. Avalada por diversos premios internacionales (Premio Goya Mejor Guión Adaptado y Mejor Música, Premio CEC Mejor Actriz Secundaria, Premio del Jurado de las Filmotecas Alemanas, etcétera) esta historia sobre una mujer que acusa el diagnóstico de una enfermedad terminal y decide disfrutar al máximo los últimos días de su existencia logró superar posibles golpes bajos para constituirse en una trascendente experiencia cinematográfica.

Mientras tanto Te doy mis ojos de Iciar Bollain (que literalmente arrasó con los Premios Goya de España) marcó una experiencia cinéfila inexcusable a través de un cruento retrato sobre la violencia doméstica.

El filme logró un perfecto equilibrio dramático y, además, dio lugar a la excepcional labor de sus intérpretes (Luis Tosar y Laia Marull). No fue una película «agradable» pero alcanzó -qué duda cabe- la estatura de testimonio mayor. (Algo que no ocurrió con el supuesto «documental» Fahrenheith 9/11 de Michael Moore que, en realidad, resultó una campaña publicitaria anti-Bush realizada por un militante demócrata que terminó manipulando imágenes e información de la misma manera que hizo el presidente norteamericano para justificar la invasión a Irak. Un fiasco, más allá de alguna que otra verdad revelada y reveladora que surgió en la producción.

En esta apretada selección no está de más nombrar La piscina de François Ozon, una especie de thriller erótico que rompió los esquemas en cuanto a las convenciones del género; al entrañable filme coreano Camino a casa, dirigido por la realizadora Lee Jung-Hyang, donde se contaba la relación de una abuela que vive en las montañas y su nieto, un chico malcriado de la ciudad, durante unos d

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