La guerra de los sexos a control remoto
En su momento, en pleno auge de reivindicaciones feministas, el largometraje original titulado «The stepford wivews» (que fuera dirigido por Bryan Forbes) tuvo particular suceso y amplia resonancia internacional aunque -hoy por hoy- el asunto no parece hacer tanta gracia entre el público del siglo XXI.
Este cambio radical –de la aceptación al rechazo– puede tener varias explicaciones no demasiado fáciles de discernir, sobre todo cuando las principales críticas negativas para con la película parecen venir del sector femenino. En definitiva, el filme muestra un barrio residencial privado donde todas las mujeres parecen muñecas Barbie convertidas en sumisas amas de casa. Hasta a (Nicole Kidman) que ha sido despedida de una importante cadena televisiva y sufre un shock traumático por dicho motivo. Junto con su esposo (Matthew Broderick) y sus hijos, intentarán rehacer su vida fuera del vértigo de la gran ciudad pero, poco a poco, irán advirtiendo algunas rarezas que hacen de ese supuesto paraíso un lugar inquietante. El secreto oculto, en resumen, parece tener que ver con la alta tecnología, el lavado de cerebros y la «supremacía» a control remoto de los hombres que quieren a sus mujeres dentro del hogar, siempre bien arregladas, dispuestas para cocinar, limpiar y hacer el amor.
Para armar esta sátira –que no deja de tener su costado ácido y algo sangriento– el director británico Frank Oz (que había hecho una locura parecida con La tiendita del horror, en 1986) apela a un grotesco continentado por el refinamiento visual de sus imágenes idílicas. Todo es perfecto pero ridículo. Podría decirse que, en su conjunto, la producción está correctamente planteada, tira bastantes dardos sobre el machismo y hasta subraya el aceleramiento que muchas mujeres (al igual que los hombres) han adquirido en su cotidiano vivir dejando de lado algunos componentes afectivos y el necesario diálogo con su pareja. Es cierto, algunos trazos que hace, por ejemplo, al perfil psicológico de la protagonista delatan cierta superficialidad (Kidman, al principio es una siniestra ejecutiva mediática que juega con el sentimiento de la gente y poco después se preocupa sólo del «amor verdadero»), pero esos estereotipos podrían aceptarse dentro de los cánones de una comedia delirante donde se mezcla un poco de ciencia ficción y fantasía absurda.
Entonces, las preguntas que surgen podrían ser: por qué parece molestar tanto esta película; ¿es que toca algún resorte sensible dentro de la comunidad occidental del nuevo milenio?; ¿los hombres se sienten realmente desplazados? Y ¿por qué parece molestarle también a las mujeres? ¿Se sienten ridiculizadas? ¿Acaso no se capta la sutil ironía que, en la trama, da cuenta de la autoría intelectual del proyecto en una vuelta de tuerca bastante irónica? En resumen, la película tiene algo que incomoda. Habría que descubrir de qué se trata. Sería buen tema para un capítulo aparte de La sensibilidad uruguaya. Vale la pena verla y reflexionar un rato con la media naranja.
Las mujeres perfectas (Estados Unidos; 2004). Dirigida por Frank Oz. Guión: Paul Rudnick, basado en la novela de Ira Levin. Producción: Scott Rudin, Donald De Line y Edgard Scherick. Fotografía: Rob Hahn. Edición: Jay Rabinowitz. Música: Mansfeld, Joel McNeely. Vestuario: Ann Roth. Con Nicole Kidman, Matthew Broderick, Bette Midler, Glenn Close, Christopher Walken, Roger Bart, Lorri Bagley y Jon Lovitz. *
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