Homenaje a la disidencia
El sacrificio de las minorías en el altar de los derechos de la «colectividad», «el pueblo» o «la gente» ha sido una constante de la epopeya humana. Los intereses transpersonales son los dioses propiciatorios ante los cuales los herejes, excomulgados, disidentes, rebeldes, revolucionarios, excéntricos, solitarios, raros y diferentes, que se niegan a someterse a cierta idea de «civilización» deben desaparecer. Las hogueras de la Inquisición arden todavía; y arderán todo lo que sea necesario para mantener el poder de quienes manejan los postes, los haces de leña y las antorchas; y es interesante que venga de España esta «La última noche de Giordano Bruno», que guarda simetría, a través del tiempo y del espacio, con otras muertes más cercanas, como la de García Lorca en 1936. Y aún tiene simetrías con «Galileo Galilei» de Brecht, que se ofrece hoy en el mismo teatro El Galpón. El planteamiento es el mismo, pero resuelto al revés, con Galileo renegando de sus convicciones ante la sola exhibición de los «instrumentos». Y Giordano Bruno expresa muy bien cómo y por qué el problema no es de palabras, que importa y mucho lo que nuestra boca dice; que las palabras son las guardianas de las ideas.
A los dos personajes de la obra de Sicco, el inquisidor, el cardenal Santa Severina (Francisco Mateo) y Giordano Bruno (Juan Carlos Moretti), el director Javier Esteban Lamarca agrega a una mujer (Mercedes Asenjo), que sucesivamente puede ser la consciencia de Giordano Bruno, su pasado, su memoria, su abogada y hasta su apuntadora. No es difícil creer que alguien hable por él, ya que Giordano Bruno, al cabo de ocho años de confinamiento y malos tratos está en el límite de sus fuerzas; y encontramos cierto paralelo en esta duplicación con la duplicación de la torturada de «Paso de dos» de Eduardo Pavlosky, donde la agonizante (e innominada) Susy Evans hablaba desde la platea con la voz de Marta Galleazzi. Con esta duplicación de Giordano Bruno la obra adquiere una dimensión distinta. En los momentos en que puede pensarse que Bruno no está ya a cargo de su propia vida, la mujer aparece como su otro yo, como un resto de humanidad que pudo sobrellevar la cárcel y el martirio; en otros momentos la disociación de Bruno en dos personas parece aludir a la tentación de partir la consciencia en dos, de transformarse en Galileo y decir «Haz lo que digo y no lo que hago», lucha por la integridad en la que el héroe triunfa, despojado hasta de sus harapos, en el mismo momento en que va a morir en la hoguera.
Por estas actuaciones Juan Carlos Moretti y Mercedes Asenjo obtuvieron muy recientemente el premio a la mejor actuación del XXV Certamen Nacional de Teatro «Arcipreste de Hita» de Guadalajara. Es un honor para El Galpón, que supo como Giordano Bruno renacer de sus cenizas, y donde Moretti se formó como actor e iluminador, este regreso con gloria, superadas, esperamos que definitivamente, las hogueras y confiscaciones de nuestra propia Inquisición militar. Habíamos visto esta obra, con la misma puesta en escena e interpretación, en el teatro Villafranquino del delicioso pueblo castellano de Villafranca del Bierzo. El espacio de ambas salas es muy distinto: la salida de Giordano Bruno desnudo hacia su hoguera en el Campo dei Fiori pudo impresionarnos un poco más en Villafranca del Bierzo, por la extensión del recorrido y porque sale directamente hacia una plaza. La versión del mismo Sicco que vimos en el teatro Stella era diametralmente opuesta, porque concentraba la obra en la mínima sala 2, con lo que la atmósfera de confinamiento y de torturante intimidad entre el inquisidor y Giordano Bruno llegaba a límites casi intolerables.
La versión de Esteban Lamarca en El Galpón es un término medio: la salida es más breve, aunque no menos angustiosa, y las discusiones tienen, como en Villafranca del Bierzo, un ámbito más abierto, más de mesa redonda, más adecuado a la discusión de ideas; que no todo es acoso y tortura en el proceso a Bruno. En cambio, el escenario prácticamente circular de la sala Atahualpa permitió a la personificación de la consciencia o al doble de Giordano Bruno (Mercedes Asenjo) un contacto muy directo y más eficaz con el público, al que logró comprometer, por esa misma proximidad, más sólidamente que en la versión de Villafranca. Del mismo modo, las demostraciones geométricas de Bruno y su manejo de piedras para representar cuerpos celestes, fue mucho más inmediata en la sala Atahualpa.
Esta proximidad nos permite apreciar mejor cierto simbolismo de la iluminación, que en la distancia del escenario de Villafranca se nos había escapado: cómo las mínimas velas encendidas, propias de una piadosa liturgia, son las mismas que encendieron las hogueras de Rouen, Ginebra o Roma. Pero como sucede con la discutida Trinidad, si nos permite la comparación el cardenal Santa Severina, son tres fases distintas, todas válidas, de un solo verdadero y conmovedor drama. *
LA ULTIMA NOCHE DE GIORDANO BRUNO, de Renzo Sicco, en traducción de Lola Manzano y versión de Javier Esteban Lamarca, con Mercedes Asenjo, Juan Carlos Moretti y Francisco Mateo. Espacio sonoro de Nacho Martín, iluminación de Juan Carlos Moretti y Javier Esteban Lamarca, dirección de Javier Esteban Lamarca. En el Teatro El Galpón.
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