Los olvidados (17): el pintor francés Monvoisin

Aunque estuvo sólo 12 días en Montevideo, Auguste Raymond Monvoisin (1790   1870) fue, entre todos los pintores viajeros del siglo XIX, el de mayor espesor creativo, el antecedente de una iconografía rioplatense de excepcional envergadura que contaminó la obra de Blanes. Su influencia sobre Blanes hoy parece indiscutible. El pintor uruguayo debió conocer los cuadros de Monvoisin en sus temporadas en Buenos Aires y Chile, a través de los mismos círculos sociales que recibieron a ambos artistas. Pocas veces, en la historia del arte, en corto tiempo, un artista ejerció un dilatado magisterio estético.

La estadía de Monvoisin en Buenos Aires no se caracterizó por su extensión, apenas sobrepasó los tres meses. Fueron suficientes para el profesionalismo de Monvoisin que lo condujo a elaborar algunas obras mayores de su producción, indicativas de un gran talento: El soldado de la guardia de Rosas, El gaucho federal, ambos cuadros de una autenticidad pictórica y verosimilitud documental lejana de la teatralidad idealista blanesiana, dos versiones de La porteña en el templo, varios retratos entre los que se distingue el de Enrique Lezica y Thomson, una deliciosa composición al lápiz, todos fechados en 1842 y otros, ejecutados en Chile, que Blanes no pudo ignorarlos, antecedentes de su propia obra, que estaban a mano y auscultaban la misma realidad que él: la actividad mundana, las costumbres del campo, los gobernantes de turno.

Monvoisin (firmó Quinsac Monvoisin o Monvoisin de Quinsac), dotado para el dibujo desde niño, provenía de una familia de la alta burguesía tradicional, cerca de Burdeos, Francia. Con su hermano mayor ingresó a la Escuela de Bellas Artes de esa ciudad y ambos obtuvieron numerosas distinciones en los estudios, entre 1808 y 1812. Hizo sus primeras cuadros para la iglesia local, representándose a sí mismo como San Luis. Su nombre pasó a ser un referente de la pintura regional y en ocasión de la visita real a Burdeos hizo el retrato de la hija de Luis XVI, sobrina de Luis XVIII, obteniendo una buena cantidad de dinero como para proseguir los estudios en París. Fue admitido en la Escuela de Bellas Artes en 1816, en el taller de Guérin, de donde salió Géricault, y tuvo de compañero y amigo a Delacroix (incorrectamente se deslizó esta afirmación en la nota dedicada a Pallière en el número anterior).

Monvoisin se debatió entre el neoclasicismo de Ingres y el romanticismo de Delacroix, aunque las fronteras entre los dos maestros y la aparente rivalidad de sus estéticas, se diluyeron al observar temas y tratamientos plásticos. Al principio siguió los preceptos académicos de la pintura histórica y sus largos, descriptivos nombres (Aquiles entregando a Néstor el premio de la sabiduría, tituló uno de sus cuadros) con la intención de conquistar una beca de estudios a Roma. No lo consiguió, aunque la intervención personal del rey, que había conocido en Burdeos, le permitió lograr su objetivo. En 1821 se encontró en Roma y residió en la famosa Villa Medicis. Al terminar la beca, en 1825, se casó con la pintora italiana Doménica Festa aunque, como escribió en su Diario «bien funesto (el casamiento), luego de origen de todas las tribulaciones que he sufrido hasta hoy». Al volver a París, se orienta hacia el retrato (de su familia, de personajes históricos, varios encargos oficiales) obteniendo transitorios éxitos que no satisfacen su sensibilidad tocada por la pesadumbre dolorida del «mal del siglo». Como sus contemporáneos, sintió la atracción de Oriente, en particular Grecia y la masacre de los turcos, pero sus pinturas no tuvieron el reconocimiento esperado. Al separarse de su esposa, debilitada su salud, Monvoisin, que había hecho retratos de varios diplomáticos chilenos, decidió viajar al país trasandino solicitado para crear una Academia de Bellas Artes. En 1842 hizo la larga y tormentosa travesía de 112 días, y recaló, para descansar, en Montevideo. Aquí abandonó el barco y se dirigió a Buenos Aires camino de Santiago. Estuvo tres meses en la capital porteña, se vinculó a las familias patricias (dejó un retrato, inacabado, de Rosas, con la barba de los unitarios) y se marchó súbita y misteriosamente a Chile. En Santiago fundó la escuela de pintura y trabajó mucho y bien, registrando a los principales personajes de la política y la sociedad hasta lograr una consagratoria condición, entre 1843 y 1845. Ganó fama y fortuna. Viajó a Lima, París, 1845-1847, y Río de Janeiro, 1847-48, donde pintó el retrato del emperador Pedro II que suscitó encendidos elogios. Regresó a Chile y permaneció de 1847 a 1857. Regresó definitivamente a París para morir en los días de la Comuna de 1870. Antes, recordó su experiencia americana y dejó la emocionante tela Los refugiados de Paraguay (1859).

Lo admirable de Monvoisin, además de su facundia pictórica, son dos innovaciones. A falta de tela, en determinado momento, pintó sobre cueros vacunos. La otra, es de mayor enjundia por su curiosa intrepidez: inventó el collage a mediados del siglo XIX. Por los numerosos encargos de retratos, Monvoisin no siempre disponía del tiempo necesario para entregar el encargo. Encontró una solución más rápida que, a pesar de inédita, fue recibida con beneplácito: en vez de pintar las puntillas y encajes de los vestidos de las señoras de alcurnia, los pegaba sobre la pintura fresca sin que ese recurso disminuyera el potencial expresivo de la obra. Los historiadores del collage nunca registraron el nombre de Monvoisin. N.D. M. *

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