La Renga, rumbo al Velódromo Municipal

La banda argentina La Renga aterriza nuevamente en Montevideo. Lo del aterrizaje no es antojadizo, si se entiende que este grupo de amigos del proletario barrio porteño de Mataderos dejó de ser una posibilidad de futuro para transformarse en una suerte de Zeppelin desmedido, pero con la salvedad de que parece estar lejos de estrellarse. Es que el combo encabezado por Chizzo, Tete y Tanque es en la actualidad la banda de rock más popular del Río de la Plata, abrazados a un fenómeno que combina la estética guevarista con la independencia de acción, dándose el gusto de hacer lo que desean en el momento que quieren.

Hay quienes dicen que están ocupando el agujero negro dejado después de la implosión de los Redondos, algo que parece real, más allá de las notables diferencias estéticas y de propuesta musical. Resulta que la enorme manada que se quedó huérfana después del desbande ricotero encontró en La Renga el refugio, el motivo para continuar con la misa indescriptible que es el rock de masas. Pero todo tiene un motivo. La banda existe desde el año 1987, al año siguiente tocaron por primera vez en vivo y en 1989 grabaron Esquivando charcos, material que vio la luz recién en 1991. A paso firme y seguro. En forma independiente en el año 1993 editaron Adonde me lleva la vida y el fenómeno le llamó la atención a la multinacional Polygram. El asunto se canalizó con la edición de Despedazado por mil partes, ya en 1996 y con la producción de Ricardo Mollo. Ese disco significó el quiebre definitivo en la carrera de la banda. Plagado de canciones de formidable factura, donde Balada del diablo y la muerte adquirió cotización de clásico definitivo. La historia jamás sería la misma.

A partir de ahí, el grupo comenzó a congregar a un número cada vez mayor de gente y se erigió en la cabeza de toda una generación que necesitaba algo en que creer. Todo condensó en la edición del «disco de la estrella», donde El Revelde, con v, pasó a ser el himno de los desangelados de ambas márgenes del río como mar.

A esa altura ya habían venido a Montevideo y al público local ya le constaba la fiereza del directo y la energía descontrolada de una banda que estaba a punto de ponerse los pantalones largos. Eso pasó en 2000, cuando la Esquina del Infinito le dio lugar a Insoportablemente Vivo, imponente disco doble, en vivo y con película incluida, todo grabado y filmado en River, la gran catedral del rock argentino que sólo se había habilitado para los Redondos. Ahí sí, con la mayoría de edad ya alcanzada, pocas dudas podían quedar sobre la validez de este tsunami sonoro que no ha dejado nada en pie. Ya sin Mollo y retornando a la independencia editorial, La Renga se animó a grabar su último disco, Detonador de sueños, en directo y en su sala de ensayo. El producto final resultó un disco arrasador, crudo, violento, muy bien tocado y cercano al barrio del más clásico heavy metal, donde la voz de Chizzo adquirió un volumen estremecedor, al tiempo que su habilidad con las seis cuerdas sorprendió a propios y ajenos, mientras que el tándem Tete en el bajo y Tanque en la batería estructura una de las más poderosas bases de los últimos tiempos, sin apartarse un milímetro de esa honestidad inoxidable y la inquebrantable voluntad de no convertirse en una banda operativa a los intereses financieros de la industria.

Se podrá afirmar, con acierto, que sus pasos artísticos no son de los más arriesgados.

El rock es, en la visión de La Renga, una forma de canalizar sentimientos y una forma de entender la vida, alejada de toda pretenciosidad estética y basamentando su camino en algo que no se encuentra tirado en ninguna esquina del infinito: la honestidad.

La fiesta será el sábado en el Velódromo a partir de las 21.00 horas y como ellos mismos dicen, después de pedirle prestada la canción a Neil Young: el rock and roll no morirá jamás. *

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