Cantautor electrónico
Cuando Jorge Drexler declaró a un colega argentino, no hace mucho, que «el folclore no está reñido con la electrónica», en rigor está defendiendo una actitud estética que inauguró a partir de la edición de su disco Frontera. Los resultados, en ese momento de su carrera, fueron gratificantes a tal punto que insistió con la fórmula posteriormente en Sea y en consecuencia en Eco.
El asunto es que después de un malogrado concierto el pasado año, en Sala Zitarrosa, en el que Drexler quiso darse el gusto de hacer versiones menores de sus compositores preferidos (Los Beatles, Caetano, Beck, entre otros), el cantautor retornó a casa (su lugar, Montevideo) y, ya prestigioso y emblema del establishment cultural, a la casa mayor (Teatro Solís) para presentar formalmente los materiales de su disco Eco.
El concierto, como era de esperarse, obtuvo un plus de atención y de adhesión fervorosa para este hijo pródigo con residencia en Madrid. Aplausos y ovaciones en un por momentos cálido universo donde las canciones se dispararon causando la incidencia esperada en los miles de receptores. Pero habrá que decir que si el espectáculo realmente tuvo un desarrollo y un crecimiento notable fue, básicamente, por la banda que arropó la hechura de cantautor que en definitiva viene a ser Jorge Drexler. Pero precisamente cuando Drexler, al promediar el concierto optó por quedarse a solas con su público, fue esa relación de guitarra y voz lo que acható el arranque virtuoso, intenso y hasta vibrante del espectáculo. Ese Drexler solitario, dentro de una puesta en escena despojada que valió para todo el diseño del concierto aun cuando ha ganado en fluidez escénica, pareció más contenido, más prisionero de la silla y la guitarra y, en esencia, de ese modus operandi expresivo. Drexler, allí, puede llegar a ser monótono y hasta carecer de temperamento. No fue para nada lo mejor del concierto, aunque así arrancó su ya extensa peripecia artística: en calidad de cantautor.
No obstante es un estimulante compositor, un cantante que está intentando manejar con mayor firmeza la gama de matices de su registro y un letrista que posee hallazgos poéticos más que considerables, si se quiere hasta espléndidos. Pero mano a mano con el público, si bien no se cortó la química fundada con el público, ya definitivamente no es su mejor posición escénica y a la vez expresiva.
El concierto fue grosso y obtuvo momentos inspiradísimos cuando Drexler y su combo encararon una saga de canciones que tuvieron una formidable resolución y ejecutividad en términos colectivos. Hay que subrayar las muy creativas intervenciones del tecladista Luciano Supervielle (un arreglador fantástico y, en escena, el comandante del concierto), de los percusionistas (excelentes Edú Lombardo, Martín Ibarburu por Uruguay, Pedro Barceló proveniente de España) y, sobre todo, del guitarrista valenciano Huma que practicó unas miniaturas finísimas y que le otorgaron una coloración formidable al todo del show. También la performance del bajista Rodríguez que dobló voces con Frexler fue muy solvente.
Por el escenario transcurrieron Fernando Cabrera con una performance que lo comprueba como el mayor compositor, junto a Eduardo Darnauchans, de los últimos 25 años en la música popular uruguaya y el brasileño Paulinho Moska con un swing que bien lo necesitaría Drexler. El carioca practicó una memorable versión de «La edad del cielo», incluso podría decirse que mejoró a la original. Con los invitados, que se sumaron a la hora de los bises, se marcó el momento cumbre del espectáculo
En suma, se trató de un show con vaivenes. Drexler debe seguir trabajando consigo mismo. Ya logró soltarse un poco más y, como dice una de sus canciones, logrará su definitivo fluir. *
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