Los olvidados (15): Escultor Nerses Ounanian

Lunes 06 de septiembre de 2004 | 3:41
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Como muchos artistas uruguayos, Nerses Ounanian tuvo una muerte joven. Dibujante, grabador, pintor, ceramista vinculado al taller de López Lomba, pero fundamentalmente escultor, Ounanian, de ancestros armenios, nació en la isla de Samos en 1920 y ocho años después llegó con su familia a Montevideo, dejando atrás el recuerdo del genocidio instrumentado por los turcos en 1915. Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes con Antonio Pena y Edmundo Prati. Realizó su primera exposición individual en 1950, integrada por dibujos y esculturas. En 1954 y 1955 viaja por Europa recorriendo, en año y medio España, Francia, Bélgica, Holanda, Alemania, Grecia y Turquía, instalándose en París durante ocho meses. Será un periplo decisivo para su (corta) trayectoria. En el viejo continente se puso en contacto con el arte de todos los tiempos y en particular con la escultura moderna. El rumano Brancusi, el inglés Henry Moore, el italiano Berto Lardera, dejaron la impronta visible en las obras ejecutadas luego de su regreso.

Antes del viaje, Ounanian, se debatía entre formulaciones estéticas contradictorias. Hombre reflexivo, de talante sereno, siempre dispuesto al diálogo y al intercambio de ideas en las famosas tertulias del Café Tupí Nambá (compartía la mesa con Barcala y Espínola Gómez, sus grandes amigos), Nerses Ounanian era una personalidad típica de aquellos tiempos, los años cincuenta, en que la cultura (cine, teatro, música, literatura, arte y periodismo) tenía un brillo (nacional e internacional) de excepcional intensidad. Del maestro de maestros, Antonio Pena, recogió el oficio y la síntesis formal, pero adhirió desde el comienzo al cubismo, sin abandonar el naturalismo. No tenía mucho colegas cercanos que lo estimularan. Yepes y el expresionismo, mientras María Freire comenzaba su corta aventura en el arte madí, en la investigación con los nuevos materiales, varillas de hierro, plexiglas, madera pintada. Germán Cabrera iniciaba, tímidamente, escapar de la figuración. Más secreta era la obra de Rodolfo Uricchio, otro integrante del grupo madí, rescatado del olvido hace pocos años por Mario Sagradini. La línea dominante era ofrecida por salones nacionales y municipales y allí la escultura se concentraba en el sector de los “gestos estúpidos” por la diseminación de la figuración académica de hombres y mujeres en actitudes diversas.

Fue una ardua lucha de Nerses Ounanian por resolver las contradicciones y establecer una síntesis de opuestas tendencias. Del estatismo pasó al dinamismo figurativo, resolviendo las formas por planos orientados en múltiples sentidos que movilizan el espacio exterior. Sin olvidar sus raíces mediterráneas, con una mirada que escudriña el arte etrusco, mesopotámico y cicládico (quizá a través de Picasso, Brancusi y Moore), Ounanian neutralizó los efectos decorativos y descriptivos de Maternidad, para investigar las posibilidad del movimiento impuesto por la temática abordada, Equilibrista y Futbolista. De inmediato, como si supiera la brevedad de vida, se adensa en la abstracción, utiliza chapas recortadas y varillas de hierro, otorgando a la composición un logrado cinetismo y produce una serie numerosa de obras. Dejó 150 (entre dibujos, pinturas, grabados y esculturas) que integran el acervo del Museo Nacional de Artes Visuales. Una calle montevideana lleva su nombre y es de su autoría el monumento a los mártires armenios en el cruce de las avenidas Agraciada y Joaquín Suárez. N. D. M. *

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