Cuatro estrenos teatrales
Así por ejemplo, con Damas se estrena Luis Fourcade como dramaturgo. Lo conocemos como muy buen actor, con una larga y fecunda trayectoria en El Galpón, donde interpretó hace poco con precisión y brillo al protagonista de El chalé de Gardel. Pero actuar no es lo mismo que escribir; y toda la dedicación, paciencia, trabajo, arte y sutileza que Fourcade actor ha puesto como intérprete, es aquí todo lo contrario: sigue la línea de menor resistencia, reitera diálogos, presenta situaciones muy vistas. Todo autor debe ser original, y creemos que Fourcade, si hubiera sido consecuente consigo mismo y no con su idea, un tanto convencional, de lo que debe ser una obra de teatro, habría podido ofrecernos algo realmente valioso; pero prefirió partir de una idea prestada, que ya habíamos visto en un obra de Alvaro Ahunchain, y arranca con tres mujeres bloqueadas en el baño de un cine por una cerradura trabada; algo hay también de la penosa escena inicial de Las novias de Travolta, de Tulipano. Muchas cosas pueden pasar en un encierro, y van, según Pascal, desde enloquecer hasta alcanzar la santidad y A puerta cerrada de Sartre mostró el partido que puede sacar un dramaturgo de una situación límite. Pero Fourcade se conforma con hacer hablar a las tres mujeres. Ellas cuentan una historia que parece la misma: quejas de un hombre, sea el marido, un compañero o un amante; el nudo del asunto es una situación harto inverosímil que no revelaremos aquí, pese a que cualquier espectador medianamente asiduo la adivinará en los diez primeros minutos. Una de las últimas etapas del proceso de escritura -si quieren decir de creación, digamos «creación»- es eliminar lo superfluo; un director amigo nuestro llama a esto «limpieza» y los norteamericanos le llaman «edición»; es la última fase, pero hay que hacerla y Fourcade ha faltado en este punto.
Cabaret electoral es la última contribución de Horacio Buscaglia al teatro. Las anteriores han conocido la excelencia (Memoria para armar), cuyos méritos, retrospectivamente, parecen deberse mucho más a la calidad de escritora de María Condenanza y a la interpretación de Paola Venditto que a los cargosos efectismos de Buscaglia; en las demás empresas «serias» que intentó, que incluyeron Antígona y La Celestina, los efectismos fueron más vacuos todavía.
Es en el humor donde creemos que Buscaglia se siente más a gusto; es casi siempre un humor de segunda mano, como el chiste de las ventajas de la cópula sobre la masturbación, que se lo oímos hace años a Carlitos Perciavalle; la combinatoria de textos «políticos» vacíos, que ya empleó Jorge Esmoris, viene de revistas tan añejas como La tía Vicenta; hay fragmentos valiosos como la defensa de la vagancia por Julio César Castro y otros insoportables, como siempre que Buscaglia se considera calificado como animador o cuando se presenta a un intérprete de los quilates de Walter Reyno en un personaje más ridículo que cómico.
Mama, yo quiero un novio, de José Lammers, renueva una idea de interés que ya ensayara hace años Gabriela Fiore en Cuesta abajo: explorar las posibilidades dramáticas del tango, donde hay para todos los gustos y tonos. Pero precisamente esta variedad es lo que hasta ahora ha hecho naufragar estos experimentos.
El tono trágico de «El ciruja», el tango que le gustaba a García Lorca y que se hizo traducir al español por el mismo Gardel, con su brevedad homérica y su contenida emoción, es muy distinto del tono vengativo, sexista, machista y racista de «Como la mosca»; las bravuconadas de «Como abrazado a un rencor», con su retórica ácrata, son preferibles a los gimoteos de Enrique Santos Discépolo. A la idea inicial de Mama, yo quiero un novio, como a Damas, le falta desarrollo y coherencia entre sus partes, lo que la reduce pronto a una selección de tangos, que los actores cantan con escasa fortuna.
El casamiento, de Nikolai Gogol, cuestiona en primer término al autor, cuyo Diario de un loco, pese a la insistencia de su producción en nuestro medio, nos ha resultado siempre plúmbeo y sin chispa; El casamiento es, consecuentemente, aburrido y sin gracia.
El director Jorge Denevi es un artista en cuyo diccionario no existe la palabra imposible y donde la palabra ambición ocupa varias páginas; trata de remontar vuelo con Gogol tratándolo como si fuera Feydeau, empresa en la fatalmente hubo de sucumbir. Los actores, que pertenecen, si no nos equivocamos, a la escuela de teatro de La Gaviota, son solventes y serios y aún prometedores; pero las misiones imposibles suelen ser, ay, imposibles. *
DAMAS, de Luis Fourcade. En Teatro del Centro.
CABARET ELECTORAL, sobre textos de Horacio Buscaglia, Carlos Liscano, Marciano Durán, Julio César Castro y Milton Fornaro. En Teatro Circular.
MAMA, YO QUIERO UN NOVIO (LA HISTORIA QUE LOS TANGOS CUENTAN), de José Lammers. En Teatro Abierto de Montevideo.
EL CASAMIENTO, de Nikolai Gogol. En teatro Stella D’Italia.
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