Humor, sexo y patologías sociales
En un mundo contemporáneo cada vez más traumatizado por genocidas aventuras bélicas y despiadados cuadros de injusticia y desigualdad, el síndrome de la inestabilidad emocional se ha instalado en el siempre vulnerable tejido social.
Este fenómeno, que ha adquirido una dimensión inquietante, tiene múltiples orígenes: la incertidumbre laboral, los problemas de baja autoestima, el temor a ser víctima de un asalto, una agresión o un copamiento y el estupor que suele provocarnos la inminencia de una guerra de proporciones planetarias.
Todas esas situaciones coadyuvan a incrementar sustancialmente la afluencia a los consultorios de los psicoterapeutas y el consumo de fármacos, meros paraísos artificiales que actúan como anestésicos contra la angustia.
Woody Allen, uno de los realizadores sin dudas más talentosos, creativos e irreverentes de la segunda mitad del siglo pasado, se ha transformado en un agudo intérprete de las más comunes manías y obsesiones humanas. En La vida y todo lo demás (Anything else), el revulsivo realizador norteamericano construye una nueva y delirante parodia, ambientada –como es habitual– en su amada y cosmopolita Nueva York.
El protagonista de la historia es Jerry Falk (Jasón Biggs), un joven escritor de humor televisivo, cuya atribulada existencia cotidiana gira en torno a su trabajo y su más bien conflictivo universo afectivo.
El personaje, que oficia como una suerte de relator de su propia peripecia, se relaciona con mujeres complejas, asiste a frecuentes citas con un analista y soporta estoicamente a un alienado manager.
Su vida se torna aun más caótica, cuando inicia un romance con una desorbitada actriz (Christina Ricci) que no para de consumir anfetaminas, sexualmente es una absurda mixtura entre la ninfomanía y la frigidez y, como si no fuera suficiente, padece el complejo de Edipo.
Además, para colmo de males, la madre de la joven se instala en el pequeño apartamento de ambos, demoliendo virtualmente la intimidad de la pareja. Para capear el temporal, el abrumado escritor acude a un veterano guionista (Woody Allen), que oficia como su consejero, tanto en lo que atañe a su actividad profesional como a su vida afectiva.
Allen construye una comedia de trazo delirante, que gira en torno a sus habituales ejes temáticos: el sexo, las relaciones de pareja, las obsesiones y los judíos segregados.
En esta oportunidad, el cineasta añade a su habitual menú la inseguridad elevada al rango de paranoia, quizás aludiendo subliminalmente al síndrome instalado en su país a partir del 11 de setiembre de 2001.
Sin embargo, el filme no se aparta del habitual repertorio de Woody Allen. Abundan los diálogos de sesgo pretendidamente intelectual, algunos chistes bastante trillados y personajes excesivamente estereotipados, como el manager que encarna Danny de Vito. Aunque el filme obviamente entretiene, particularmente a los incondicionales, falta el habitual humor ácido, despiadado e inteligente que identifica al célebre cineasta independiente. *
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