Nostalgias del mayo francés
Continuando esta línea de reflexiones, podría decirse que la primera parte del largometraje cumple acertadamente con dichas expectativas en una suerte de homenaje cinéfilo donde se recuerda (y se rinde tributo), entre otras cosas, a la nouvelle vague, a Truffaut, a Samuel Fuller a la vez que se recuerda el caso de Henri Langlois despedido de su cargo como director de la Cinemateca Francesa.
Su título inicial iba a ser Paris 68 y queda clara esa intencionalidad de recrear el Mayo francés y la condición claramente utópica de esos tiempos que ni siquiera imaginaban los posteriores desencantos posmodernos.
Para ilustrar esta historia, el director de La luna propone el encuentro de tres personajes desinhibidos e inconformistas (dos jóvenes y una chica, hermana de uno de ellos) que juegan a la transgresión en plena ciudad luz mientras el estallido francés parece próximo a detonar.
Esta primera parte no esta exenta de cierto romanticismo idealizado y es posible que muchos amantes del cine podamos sentirnos identificarnos con esos personajes apasionados por la magia de la pantalla grande que intercambian opiniones sobre Buster Keaton y Chaplin. Aquí, en el planteo donde se pasa revista a seres que viven por amor al cine, Bernardo Bertolucci logra las mejores cartas del largometraje, mientras traduce vivencias que los protagonistas toman como referentes modélicas de sus rebeldías.
Más adelante, sin embargo, cuando el cineasta intenta ponerse a tono con la época histórica que intenta retratar, los acontecimientos comienzan a diluirse en una nebulosa que poco agrega a ese pasado donde la ilusión y el fracaso parecían condenados al choque. Es que esa colisión entre posturas irreales y el mundo de verdad (los hermanos pertenecen a una acomodada familia burguesa que paga y tolera sus conductas, por ejemplo) apenas se esboza en las secuencias finales y no logra enfatizar el carácter sugerente que, quizás, debería haber tenido para redondear una obra que había prometido mucho en sus comienzos. Entre pasajes y citas de Scarface o La reina Cristina de Suecia, el filme establece un mundo privado de libertades varias (que incluye la sexual) en clave relativamente anárquica y hasta con algunos toques que promueven al escándalo (como la escena en donde uno de los personajes que se masturba frente a la foto de Marlene Dietrich marcando una pose que impresiona como frenética oración religiosa ante la imagen de un santo).
Claro que desde el Ãltimo tango en París a la fecha ha transcurrido bastante agua debajo del puente y hay otras imágenes (reales) que hoy por hoy resultan más terribles que cualquier pornografía.
Subrayando lo señalado anteriormente podría decirse que, cuando el director metaforiza la historia a través de algunos íconos audiovisuales (como Marilyn Monroe representando a la libertad que dirige al pueblo galo en el cuadro de Delacroix) o ironiza con dichos que señalan a Mao como un gran director con millones de extras, se trasluce apenas la posible estatura que el filme pudo tener. De todas maneras el registro nihilista de una generación aparece, por lo menos, reseñado en Los soñadores, aunque la producción en su conjunto quede con gusto a poco y uno salga de la sala pensando que a Bertolucci le quedaron muchas cosas por decir.
Los soñadores. (The dreamers). Reino Unido, Francia e Italia, 2003. Dirigida por Bernardo Bertolucci. Guión de Gilbert Adair sobre la novela «The holky inocentes» de su autoría. Fotografía: Fabio Cianchetti. Edición: Jacopo Quadri. Producción: Jeremy Thomas. Con Michael Pitt, Louis Garrel, Eva Green, Robin Renucci, Anna Chancellor, Florian Cadiou y Jean-Pierre Léaud. *
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