Errante en la sombra
La música no es una mera ecuación de sonidos armónicamente concatenados, sino un lenguaje universal que transpone todas las fronteras geográficas y culturales, para instalarse en el corazón y el espíritu del eventual consumidor.
Esta gratificante experiencia polifónica es también una representación de identidades y construcciones simbólicas,
que a menudo retratan sentimientos e idiosincrasias.
En ese contexto, el tango es una de las iconografías sonoras más elocuentes de la cultura rioplatense, porque sintetiza un sentir popular que se traslada a través de los vasos comunicantes del ritmo y la pasión popular.
Su frecuente definición como música ciudadana encuadra perfectamente con el tango, que, al ser bailado, comporta toda una ritualización de la vida, siempre cargada de apelaciones y sugerencias.
Asimismo, sus letras suelen colarse en los intersticios del alma humana, allí donde habitan el placer, el dolor, las angustias y las tragedias cotidianas.
Los territorios del tango son únicos pero a la vez compartidos, porque representan la cotidianidad a flor de piel y la condición humana en estado químicamente puro.
Esa intemporalidad dotada siempre de una identidad propia, transforma al tango en universal, porque suele capturar las más intensas turbulencias de la peripecia existencial.
En «Errante en la sombra», el aclamado novelista argentino Federico Andahazi mixtura el formato narrativo con el subyugante lenguaje del tango, en un relato ambientado en la esplendorosa Buenos Aires de antaño.
En ese espacio urbano cuasi mítico, que hoy sólo persiste en el imaginario colectivo, transcurre la historia de un tanguero contemporáneo de Carlos Gardel, que eligió vivir a la sombra del legendario cantor.
La peripecia del personaje es rigurosamente construida mediante letras de tango, que representan el sentir popular de una época.
Con la naturalidad y el artificio propios de los protagonistas de
los mejores musicales, los personajes de esta novela se expresan cantando y bailando, en medio de una historia que parece una parodia de sí misma.
Con esa novedosa técnica literaria, el autor transita raudamente los territorios emocionales y afectivos de un tiempo singular, relevando minuciosamente todas sus pasiones y sueños.
En esta obra, el autor ratifica la calidad de su prosa, la que impregna de la poesía, la identidad y los mitos de una era de fulgores reales que luego el tiempo transformó en meros espejismos.
Federico Andahazi emergió inesperadamente a la fama en 1996 con «El anatomista», que pese a ser su primera obra publicada, se transformó en un excepcional éxito editorial.
Previamente, el libro fue premiado por la Fundación Fortabat, pero luego detonó un escándalo de proporciones por su osado contenido. En plena democracia, la obra estuvo a punto de ser censurada e incluso el volumen se llegó a vender con un insólito listón que desaconsejaba su lectura.
A esa novela siguieron, sucesivamente, «El árbol de las tentaciones», «Las piadosas», «El príncipe» y «El secreto de los flamencos», lo que alimentó el hoy sólido prestigio del autor.
(Editorial Alfaguara)
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