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Conversaciones con la alpargata

No en vano cuando los autoritarismos suponen que los pueblos se someten a sus prepotentes voluntades, suelen eclosionar revoluciones o recurrentes respuestas contestatarias.

La historia de la humanidad es sin dudas – una épica libertaria permanente, que demuele las fronteras del tiempo y se transmite genéticamente a través de las generaciones.

Esa vocación por el disenso es la que siempre abona la palpitante fermentalidad de los debates, la construcción de los sistemas de ideas y las grandes transformaciones sociales.

Así transcurrió la peripecia de la gesta emancipadora de nuestra América, que expulsó de nuestras tierras a las monarquías imperiales y fundó un continente independiente de todo poder extranjero.

Sin embargo, los acontecimientos contemporáneos corroboraron que la tentación expropiatoria es una conducta compulsiva de las potencias, que hoy nuevamente apuntan sus baterías al corazón de la soberanía de los pueblos.

En los días previos a la presente jornada, que marcará el comienzo del maratón electoral, asistimos a una suerte de baile de disfraces. Muchos de los responsables de la catástrofe nacional visten apócrifos ropajes democráticos, cuando realmente han sido los verdaderos constructores de la arquitectura plutocrática que nos gobierna desde hace más de un siglo.

Como sucedió otrora con los usurpadores uniformados, los personeros del sistema también desarrollan su propio ejercicio de autoritarismo encubierto.

Con absoluta impunidad, descargan sobre la atribulada población una suerte de paranoico carnaval mediático, que desnuda claramente la disponibilidad de cuantiosos recursos financieros.

Sin embargo, esas sofisticadas técnicas para anestesiar conciencias a las que se apela en cada momento de decisión, seguramente no resultarán exitosas.

El más poderoso instrumento de interpretación de la historia es obviamente la memoria colectiva, porque atesora en el devenir del tiempo todas las culpas y las miserias humanas.

Basta reconstruir la ecuación de causalidad para inferir   claramente   cuál es el origen de muchos de los peores males que aquejan a nuestro Uruguay. Cuando se ensaya esta indispensable relectura de la realidad, caen los baladíes argumentos de las manidas causas exógenas y otros tantas calamidades importadas.

Es indudable que el largo proceso de la pérdida de identidad de la sociedad uruguaya comenzó hace más de cuatro décadas y se acentuó durante la dictadura, cuando todas las voces opositoras fueron salvajemente asfixiadas por la prepotencia de los gendarmes de la clase dominante y los intereses extraterritoriales.

En ese período en el que se abolió la disidencia y el espíritu crítico, miles de presos políticos y combatientes uruguayos padecieron prisión en condiciones infrahumanas, radicalmente divorciadas de la letra y el espíritu de las convenciones internacionales.

Uno de ellos fue el escritor, dramaturgo y hoy también periodista Mauricio Rosencof, que, como otros compañeros   en calidad de rehén   padeció la tortura y la incomunicación en varias dependencias militares del territorio nacional, hasta la reapertura institucional de 1985.

Rosencof fue una de las figuras más emblemáticas de la guerrilla urbana uruguaya que operó durante las décadas del sesenta y el setenta del siglo pasado, que luchó arriesgando su propia vida por construir el proyecto de país que soñaba.

Sin embargo, pese a permanecer confinado en las condiciones más despiadadas, mantuvo enhiesta su cordura, su dignidad y su integridad emocional e intelectual.

Una prueba cabal de su fortaleza y su espíritu indomeñable a toda prueba, es la intensa actividad literaria que desplegó tras abandonar las bastillas de la tiranía.

La obra de este paradigmático autor incluye   entre otros recordados títulos – «Las ranas», «Pensión familiar», «Los caballos», «La rebelión de los cañeros», Memorias del calabozo» (conjuntamente con Eleuterio Fernández Huidobro), «El bataraz», «Las cartas que no llegaron», «Los trabajitos de Dios», «Piedritas bajo la almohada» y «Las agujas del tiempo».

En muchas de sus obras, aflora la minuciosa reconstrucción autobiográfica de su propia experiencia de confinamiento, que se transforma en contundente testimonio de la barbarie.

Uno de sus libros sin dudas referentes es «Conservaciones con la alpargata», que reeditó recientemente el sello nacional Ediciones de la Banda Oriental, a casi veinte años de su primera aparición.Con la perspectiva del tiempo que siempre madura la reflexión, esta selección de poemas creados clandestinamente en oscuras y claustrofóbicas cámaras de tortura, constituyen un lacerante fragmento del horror vivido en carne propia por el autor.

Estos elocuentes textos fueron escritos en el pozo de los cuarteles, impresos en hojillas de fumar y sacados  burlando los estrictos controles de los carceleros militares  en los dobladillos de la ropa interior del escritor prisionero.

Los versos breves y libres de encorsetadas estructuras, emergen del fondo del abismo, transformándose en una suerte de dramático himno al drama de la soledad.

La mayoría de estos poemas trasuntan la claustrofóbica atmósfera del encierro, los espacios físicos opresivos, el olor a muerte y la desolación, alzándose como una elocuente metáfora de la libertad enfrentada al autoritarismo, la humillación y la degradación física y moral que soportaron estoicamente miles de uruguayos.

La poesía de Rosencof sobrevive con los escasos retazos humanidad que le quedan, en una suerte de dramático viaje iniciático por los territorios del un infierno del que muchos jamás retornaron.

Sometido a esas condiciones extremas, el autor demostró ser un paradigma de fortaleza física y espiritual, de galvanizada entereza para desafiar a la lógica y la razón, sin perder la cordura.

En ese contexto, la alpargata muta de entidad inanimada en personaje con vida propia, como un vehículo de comunicación con el mundo real que sobrevive también a la dictadura más allá de la frontera de los barrotes.

Años después, en «El bataraz» (1999), Mauricio Rosencof transformó a un gallo imaginario en su compañero de celda y en un protagonista de sus vivencias del calabozo.

La poesía del dramaturgo reflexiona en torno a la noche y la luz, en una dicotomía esencial que rompe imaginariamente con la soledad del aislamiento y con la compulsiva ceguera del prisionero encapuchado.

La alpargata se convierte por momentos en un animal (gato), que también comparte el calvario del preso, en un tiempo sin tiempo, sin horizontes espaciales ni percepciones sensoriales.

El escritor reconstruye las largas vigilias prisioneras, el ritual de los tres pasos y la vuelta y la celda como frontera física que no limita los espacios de la memoria.

Afloran miles de imágenes del afuera añorado, la nostalgia de la naturaleza, de los seres amados y la renovada celebración de la vida, cuando la muerte parece inminente.

Rosencof otorga protagonismo a la lluvia, que sólo se experimenta como una percepción auditiva y al rigor del frío, ambos representados como una suerte de ansiada intemperie.

El autor parece alucinar, pero igualmente espanta a los fantasmas de la locura. Se rebela y sigue respirando, en medio de la oscuridad y la soledad que le oprimen el alma.

En los poemas creados en el Penal de Libertad, una suerte de hotel cinco estrellas en comparación con el despiadado enterramiento en los cuarteles, Mauricio Rosencof recupera el contacto con el mundo exterior, a través de la ventana.

Estos versos marcan el regreso al presente, a la relativa recuperación de la noción del t
iempo y a la observación de su rostro en el espejo, que le permite confirmar que aún existe.

A partir de la luz que se cuela por la ventana del penal, el autor preso reconstruye el todo como real y comienza a reubicarse en ese cosmos al cual pertenece, que le fue hurtado por el autoritarismo. Con un lenguaje de intenso lirismo, Mauricio Rosencof recrea sus vivencias de la pesadilla padecida, tejiendo  mediante versos de singular contundencia  la peripecia de alguien que sobrevivió al peor de todos los infiernos. El autor emprende un intenso periplo literario por los territorios del dolor, la soledad y el suplicio, que exorciza mediante el amor a la vida, a sus más caros afectos y a sus profundas convicciones.

En esta obra sin dudas indispensable, se conjugan la estética de la escritura con la ética de la dignidad, en un ejercicio dialéctico que recupera la perdurabilidad de los valores y los sueños.

(Ediciones de la Banda Oriental)

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