ESTRENO DE LOS SOÑADORES, DE BERNARDO BERTOLUCCI, EN CINEMATECA 18

El amor en los tiempos del mayo francés

El título de la novela en la que se ha basado el nuevo filme de Bernardo Bertolucci es The Holy Innocents (1988), del escritor inglés Gilbert Adair y, a pedido de Bertolucci, se hizo cargo del guión de Los soñadores. El filme es bastante adecuado, representa con enorme fidelidad el tono, el humor y la atmósfera que sobrevuelan esta película cálida. Es que Theo (Louis Garrel), Isabelle (Eva Green) y Matthew (Michael Pitt) son unos santos.

Ellos son los hermanos Theo e Isabelle, hijos de padres liberales. En el seno de esta familia de artistas nadie hace lo que dice. El padre es un escéptico ex poeta, pero que ahora ve con desconfianza al movimiento estudiantil de mayo y al líder espiritual Mao. Y si bien sus hijos le reprochan esa actitud, ellos mismos son incapaces de comprometerse a fondo con ese movimiento que defienden ante el padre.

El que crea que el filme de Bertolucci  ubicado en territorio de El conformista y Ultimo tango en París  sublima los sesenta, la juventud o al mismo París, se podría llamar a engaño a pesar de declaraciones del propio Bertolucci, quien ha exaltado el carácter mágico y transformador de los 60 y ha estado muy cerca de proferir expresiones cristalizadas como «queríamos cambiar el mundo» o «teníamos una utopía» a la hora de promocionar su filme.

Los soñadores no exalta los 60, sino ciertas cosas que ocurrieron en esa década por primera vez, y la película acierta plenamente en esa sensación de mundo nuevo. La idea clave la dio Bertolucci al rememorar que en los sesenta «fusionábamos todo, el cine, la política, el jazz, el rock, las drogas, la filosofía en un estado de permanente descubrimiento».

Los soñadores es un filme de mezclas. No es sexo ni política, ni cinefilia: es la mixtura de todo, básicamente, impuro sexo e impura ideología. Aquí lo revolucionario es la fusión, la interdependencia de los planos, las escenas que rebotan unas en otras. Los soñadores está llena de consignas brillantes («Los franceses nunca tendrán rock») o («El hecho de que Dios no exista no le da derecho a querer ocupar su lugar», como dice Theo de su padre).

En esa espiral de la década dorada, en el centro de la época, se sitúa la historia triangular de Isabelle, Theo y Matthew. Bertolucci no descuida a sus personajes. Los dos hermanitos  amantes platónicos o no tanto  caen rendidos a los pies del amigo americano a tal punto que lo seducen, se olvidan del mayo francés que transcurre afuera en las calles y, aprovechando la ausencia de los padres, se encierran con él en la casa para consumar sus relaciones peligrosas. He aquí la juventud bien representada: una discusión seria sobre quién es mejor, si Keaton o Chaplin, o un disco de Janis Joplin pasado quince veces seguidas, grafican la inestabilidad, la altisonancia y la soberbia de los veinteañeros.

Si bien Francia es el centro del mundo y de los mitos concentrados de la época (las bibliotecas atestadas de libros, la Cinemateca construida en un palacio, la lluvia persistente y encantadora, y las consignas en las columnas de la universidad), agazapada, desde otra visión del mundo, en los antípodas, reposa la guerra de Vietnam, con toda su fealdad y su falta de justicia poética. Theo y Matthew discuten al respecto.

Matthew rechaza la violencia, es pacifista. Theo, estetizante y maoísta, cree ver belleza en la violencia. Los soñadores puede interpretarse como el intento de corrupción de un recto norteamericano por unos franceses locos y los intentos de ese estadounidense por normalizar a sus amigos. En la realidad las costumbres norteamericanas han conquistado el mundo, pero los franceses toman su revancha: Matthew es ideológicamente vencido por la superioridad de la sutileza francesa. «Yo pensé que él había estado dentro tuyo», le dice Matthew a Isabelle al comprobar que ella era virgen. «Ã‰l siempre está dentro de mí», contesta ella, impecable. Es una bella derrota, eso sí, la del norteamericano. La seducción de los hermanos es finísima y en el fondo le permiten elegir, en un típico gesto libertario de la época.

Los tres jóvenes actores trabajan de manera notable y transmiten a la perfección el espíritu de la «époque», a punto tal que cuesta bastante imaginarlos transitando por las calles normales de una ciudad del presente. Con antecedentes familiares cinéfilos, los franceses Eva Green y Louis Garrel son debutantes, mientras que Michael Pitt ya ha enfrentado a grandes como Gus Van Sant, Larry Clark y Barbet Schroeder, así que es muy probable que ninguna orden de Bertolucci lo haya escandalizado demasiado. Objeto de deseo principal del filme, este muchacho logra la mutación de carilindo americano a algo mucho más complejo, sin caer tampoco en el lugar común del chico-fetiche aburrido de la vida.

Es seguro que Bertolucci no la concibió así, pero por estos días Los soñadores funciona a la perfección. El erotismo suave y beatificador ejercido sobre unos cuerpos frescos con sereno placer; contra la resurrección del odio, un poco de amor en los 60 franceses, refinado y hedonista, si no fue un asunto perfecto, al menos fue hermoso. *

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