CARLOS GARDEL: 69 AÑOS DESPUES DE MEDELLIN

Con el misterio se edificó su leyenda

El hombre dejaba de existir entre las llamas, para dar paso al mito.

Comienza a nacer la leyenda del Zorzal Criollo, el Morocho del Abasto, el Bronce que Sonríe, el que cada día canta mejor y con una pícara agudeza rioplatense, el Mudo.

Un nuevo aniversario de su muerte, en los comienzos de un nuevo siglo, no promueve mayores novedades, sino la certeza de que en la devoción de unos y en el rechazo de otros, su voz y su imagen son la señal indiscutible de una cultura y una identidad de esta región del mundo, con alcance de proyección internacional.

Todavía, hoy, cuando se dice que alguien es Gardel, significa reconocerlo como lo mejor en lo suyo, es una especie de contraseña reservada sólo a los rioplatenses.

Es que la credibilidad que gira en torno a Carlos Gardel, como artista auténtico, creativo, original y de avasallante personalidad, ha resistido todos los embates de las crisis más variadas y hasta ha llegado a crecer y no solamente, «porque cada día cante mejor». Posiblemente la explicación de este singular enigma debe andar por algún lado, traspapelada entre esa enorme cantidad de preguntas sin respuestas que nos planteamos todos los días.

Todos somos Gardel

Carlos Gardel, al parecer, nunca está en cuestión. No se discute, simplemente se le siente. Porque, en definitiva, todos los nacidos en esta región del mundo tenemos algo suyo. Desde quienes lo eluden manifestando que oírlo los deprime, hasta aquellos que con devoción casi religiosa lo disfrutan, todos los días, al comienzo de las horas pares por Radio Clarín.

Entre quienes lo padecen y quienes lo disfrutan, Gardel es, hace rato, un personaje legendario y más allá de la inevitable nostalgia de muchos, en cada aniversario de su muerte se nos presenta la oportunidad de identificarnos en esa especie de solidaridad que su canto y su figura ha ido hilando entre los rioplatenses, más allá de la discusión de su nacimiento.

Gardel es de acá, de esta región del mundo, es nuestro y a este hecho no renunciamos nunca.

A tantos años de su trágica muerte es ocioso repetir o hablar, una vez más, sobre la historia del máximo cantor de tangos. Todo lo que surge a 69 años de su muerte y de entre los hierros retorcidos de la catástrofe de Medellín es algo que sabemos de memoria.

Una historia que ha sido, muchas veces, bastardeada por una cantidad de mentiras, de leyendas, de intereses y de hechos inventados.

La historia de Carlos Gardel nunca será enteramente publicable, existirá siempre una especie de neblina intencionada para que muchos pasajes de su vida queden en el misterio. Porque, precisamente en el misterio de su vida y de su canto, Gardel edificó su propia leyenda.

Horacio Ferrer, en sus delirios de poeta, intenta describir ese misterio en uno de sus más hermosos trabajos «Fábula para Gardel»: «... Ayer me preguntaste, hijito mío,/ Por primera vez,/ ¿quién es/ ese Carlitos, ese fantasma/ tan arisco,/ empecinado/ con seguir guardado/ en la cueva con asma/ de su disco./ Y entonces te conté/ cuanto sabía/ Más hoy mirándote,/ pensándote,/ besándote/ sé un poco más./ Y es que el hijo/ del hijo/ de tu hijo un día,/ un día de junio, soleado,/ frío y seco/ que vendrá,/ lo mismo que vos/ preguntará/ por él./ Y una caliente/ zafra de ecos,/ ecos de la voz de nuestra gente, /ecos de tu voz, /chiquito, y de la mía,/ inexorablemente,/ contestará:/ Gardel, Gardel, Gardel.» *

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